Un presidente inabarcable e inexplicable

Carlos Saúl Menem transformó al país, para bien o para mal. A más de dos décadas del fin de su gobierno, las consecuencias del mismo siguen marcando la agenda.

Por Javier Boher
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Bueno, bueno, bueno amigo lector. Parece que el año va entrando en calor porque en el primer fin de semana hiperlargo del año se llenó de noticias. Por supuesto que no las podemos tocar a todas, porque no somos Juan Darthés, así que nos vamos a quedar con la más importante, un fallecimiento clave para entender una época: se nos fue Leopoldo Jacinto Luque.

Obvio que ese no es el tema de la columna, pero no podía dejar de mencionar a una figura de los campeones del ‘78. El protagonista innegable del fin de semana fue Carlos Saúl Menem, Sultán de Anillaco, apellido palindronómico y un adelantado para el tema de los memes, que con sus anécdotas bien podría reclamar el título máximo de la categoría “políticos replicados en redes”.

Algunos no han dejado de notar la gran cantidad de fallecimientos de famosos de los últimos meses (Maradona y Menem como referencias innegables) que le valdrían al presidente el apodo de “Alféretro”. No quiero sumarme a esa movida, porque no hay nada peor para alguien que lo tilden de yeta, pero no lo podía dejar pasar. Quizás en un tiempo le pasa como al difunto, al que le habían asignado tal cualidad.

Lo protocolar

Falleció un ex presidente al que le corresponden los honores del cargo. Lo llora su familia y no pocos argentinos. Es el tipo que más ejerció la primera magistratura desde la Ley Sáenz Peña y el segundo en ser electo por el Partido Justicialista a secas desde el yéneral.

Fue el Massa de su época, recorriendo todo el espectro ideológico, pero lo diferenció el hecho de que él sí fue un político exitoso. Fue gobernador de su provincia, cuando coqueteaba con el campo nacional y popular luciendo esas patillas de prócer del Billiken. Fue preso durante la dictadura, no como otros que se enteraron de lo malo de la dictadura de grandes. Fue presidente ultraneoliberal, aplaudido en el Congreso de Estados Unidos. Terminó sus días dándole su voto en el Senado en el Senado al kirchnerismo a cambio de que le metan un poco de tranquinal a la justicia.

Ahora más distendido

Dejó un legado imborrable. Transformó al país de punta a punta, rompiendo el tablero ideológico y dividiendo a la población en base a nuevos criterios. Desaparecieron los radicales, los peronistas, los socialistas, los conservadores y demás yerbas, para dividirse entre antichoreo y antineoliberalismo.

La década del ‘90 fue la más larga de nuestra historia. Todo lo que vino después de 2003 estuvo marcado por el tipo que casi logra un tercer mandato. Durante años el kirchnerismo no tuvo oposición porque la idea era que sólo se le podía oponer algo indeseable, similar al menemismo. Cuando aparecieron los autodenominados “republicanos”, le señalaron al kirchnerismo el peor defecto del menemismo, el choreo.

En su haber tiene haber convertido a la política en un espectáculo, practicando deportes, andando en autos deportivos o durmiendo con las vedettes más deseadas del país. También las marcas más negativas de los dos peores atentados antisemitas de América Latina, la voladura de una ciudad por un caso de tráfico de armas, el asesinato de un periodista que fotografió a una de las caras de la corrupción y unas cuantas cosas más (más fiambres que Paladini).

Eliminó la inflación y dio estabilidad, pero se olvidó de compensar a los que no se pudieron reconvertir rápidamente para competir con el mundo exterior. Muchos consumieron por primera vez, pero muchos otros por primera vez no podían consumir ni un puñado de calorías.

El país había estado más cerrado que peluquería el lunes y de golpe lo hicieron competir contra trabajadores que cobraban un plato de arroz por día sin protección social ni democracia en la otra punta del mundo. La apertura era necesaria, pero la exageraron hasta romper el tejido social.

Entre sus méritos estuvo el de llegar a presidente desde el interior del país, con carrera política desde lo profundo de la nación. Su liderazgo transformador -para bien o para mal- fue pensando al país a través del puerto, no desde la capital hacia afuera, como el grueso de los políticos centralistas que hubo a lo largo de un siglo. ¿Alguien cree que es fácil llegar a presidente con ese pelo, ese acento, esa cara, o ese apellido? Sin embargo les ganó a todos y tuvo la legitimidad para quebrar el movimiento obrero, abrir la economía, privatizar empresas y transformar a un país que se estaba cayendo del mapa en uno que se insertó de lleno en la globalización.

Por supuesto que ningún modelo económico funciona cuando se lo subordina a la política. Peor, cuando se lo subordina a la corrupción. Pasó con aquella liberalización, pero también con las posteriores estatizaciones del kirchnerismo, más ineficientes que municipal ofendido.

El trabajo de la democracia quedó inconcluso. Restituyó el poder civil en la Argentina, sometiendo a los militares a través de un ejercicio implacable del poder. Destruyó también la confianza en los políticos, que no resolvieron (y todavía no lo hacen) los problemas de su gente.

El aumento de la desigualdad y la pobreza no fue considerado en su real magnitud, deteriorando la cultura del trabajo y dejando a los necesitados a merced de punteros que aún hoy, a casi 20 años del fin de la convertibilidad, les siguen sacando el jugo para mantener su negocio personal. Así, economía de mercado se convirtió en una mala palabra, aunque sea la única forma en la que el mundo ha logrado llevarle bienestar a su población.

Para cerrar, amigo lector, le dejo una anécdota personal sobre lo inexplicable de Menem como fenómeno. Año 1994, llegué a Tucumán con ocho años. Fue la primera vez que vi gente revolviendo la basura para comer, o chicos de mi edad merodeando entre las mesas de los bares revisando lo que había dejado la gente.

¿Cómo se le explica a un niño que un gobernante permite que la gente viva así? Aún más difícil, ¿cómo se le explica que al año siguiente volvió a ganar la elección, a más de 15 puntos del segundo en ese distrito?. Así de inabarcable e inexplicable ha sido Menem.