La frágil estabilidad inestable, a prueba tras un año de decepciones

La crispación se siente en el debate público, que se tensa por la acción de los intransigentes. Tras un mal año, las posibles consecuencias de ello deben ser atendidas.

Por Javier Boher
El verdadero motor de cualquier proyecto político es la esperanza. No hace falta que se enuncie de ese modo, aunque sí debe señalar un rumbo hacia un futuro mejor. No importa si existe o si son falsas promesas: alcanza con que la gente crea en ello.

Oficialismos y oposiciones están atados a esa misma lógica: los triunfos y derrotas que dan lugar a la alternancia tienen que ver con relatos más o menos coherentes que se suceden unos a otros. Del “sí se puede” al “es con todos” hay mucha menos distancia que la que se imagina. Mientras los primeros señalaban la posibilidad de cambiar las cosas, los segundos decían que no se puede lograr excluyendo a ciertos grupos.

Tanto el Frente de Todos como Juntos por el Cambio están atrapados en promesas que no muestran rumbos creíbles para la ciudadanía, que observa desilusionada la manera en la que discuten los que no pudieron resolver los problemas.

Así, nadie puede prometer ningún futuro promisorio. A lo sumo sus proyectos consisten en renovar promesas que se saben vacuas. Si nadie cree que la solución se encuentre andando, el pesimismo y la desolación irán ganando espacios, dando lugar al enojo contra el sistema que se traduce en propuestas trasnochadas de tipos que creen en la lucha de clases o ególatras que disfrutan ver sus nombres en las marquesinas de los teatros.

La paridad de fuerzas entre los principales polos en contienda hace que ninguno pueda arriesgar promesas de cumplimiento imposible, porque no saben cuándo les tocará hacerle frente. El exceso de expectativas es el peor enemigo para cualquier proyecto que pretenda construirse en el inestable terreno de una crisis económica que avanza lentamente devorando los ingresos y los sueños de los argentinos.

Los próximos meses serán difíciles, con una puja muy intensa entre los extremos de ambas coaliciones. Los intransigentes a uno y otro lado están ansiosos por la contienda electoral de este año, sabiendo que de la habilidad para erosionar la credibilidad del rival va a depender la posibilidad del triunfo. En tiempo de crisis y desilusión, no hay muchas posibilidades de que la gente crea en las promesas de campaña. Antes bien, la elección pinta para consagrar al mal menor, si existiera tal cosa.

Iniciativa y contención

El gobierno arrancó la cuarentena con altísimo capital político, que fue dilapidando progresivamente al no poder transformarlo de un activo retorico a uno más concreto. Cada intento por avanzar en distintos frentes fue contenido, desinflando su performance.
El.fin de año (posterior al affaire de los pasajes de Bullrich-Rodríguez Machado) encontró al oficialismo superando el pico de desconfianza. Allí trató de instalar nuevamente su relato, que desembocó en la segunda ola de descontento que empieza a insinuarse.
Al lo largo del año el gobierno de Fernández terminó a la defensiva (pero jamás dando explicaciones ni rindiendo cuentas) en la mayoría de lo que se propuso. La vuelta de clases, el masivo operativo de vacunación, la cuarentena, Vicentin, las retenciones, la prohibición a las exportaciones de maíz, las violaciones de DDHH en Formosa, las roturas de silo bolsas, las usurpaciones de campos, Correo Comprad y la lista podría seguir.

La única agenda en la que no afloja es su avanzada sobre el poder judicial. Allí gana de a centímetros, pero nunca retrocede. No hay que subestimar sus modestos logros, por cuánto los obtienen mientras la opinión pública se indigna con Dady Brieva, Pablo Echarri o Alejandro Fabbri.

Las promesas de cara a octubre seguramente no serán gigantescas, sino más bien austeras, porque todos saben que la gente está desilusionada con un 2020 que la dejó sin trabajo o más pobre que antes, comiendo menos de la mitad de la carne respecto a 2019 y sin creer que algo mejor venga en este 2021.

Hay que ser cuidadosos. Las elecciones legislativas no suelen tener los condicionantes de las elecciones ejecutivas, donde se acentúa el voto estratégico. Aquí la decepción puede pesar mucho si no se arma un relato que medianamente pueda contener al grueso del apoyo que cosecharon hace dos años. De cristalizar en alguna forma de voto bronca, las potenciales consecuencias pueden poner en riesgo la inestable estabilidad que supimos conseguir.