Una aliada inesperada: Hebe, la vegana

Hebe de Bonafini cargó contra los productores y los supermercados, recomendando ingerir proteína de otras fuentes para bajar el precio de la carne.

Por Javier Boher
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Hace ya mucho tiempo, a los inicios de la década del ‘90, un hombre de una cabellera extraña y de baile pegadizo se hizo famoso con un hitazo musical. El señor era conocido como Wilkins, que se contorsionaba en un tema que en su estribillo decía algo que sonaba como “wataneri consu”, que todos coreaban pese a no entenderlo muy bien.

Hubo muchas versiones sobre qué significaba eso. Algunos dicen que es un dialecto aborigen centroamericano, que en tiempos previos a la hipercorrección política y la inclusión de cotillón de los tiempos que corren no era tan común. Otra dice que el estribillo en realidad dice “what a very good soup”, que en un inglés medio raro significaría algo así como “qué buena sopa”.

Con la irrupción del veganismo en los grandes circuitos de comunicación, hoy se discute mucho sobre el sufrimiento de vacas, pollos, caracoles y demás, así como también sobre las formas de tener una dieta balanceada sin consumir proteínas de origen animal. Hoy, aquel Wilkins que disfrutaba la fama que lo llevó a vivir en un castillo en las sierras sería hostigado por hacer apología de la violencia especista.

De pronto y sin esperarlo, esos veganos que cruzarían al cantante por querer deglutir moluscos con caparazón espiralado han encontrado a una figura de peso para que sea su nueva aliada en la cruzada contra la carne. Hebe Pastor de Bonafini, la nonagenaria madre de Plaza de Mayo, se ha puesto la camiseta del orgullo comeyuyo. Las razones, por supuesto, no tienen nada que ver con militar un cambio cultural contra el sufrimiento animal. Se trata, antes que eso, de un nuevo capítulo de su ultraoficialismo irrestricto.

Atados a las consecuencias de una mala política económica y a la ineficacia de medidas probadamente erradas, desde el oficialismo están buscando a quién echarle la culpa por el aumento de precios de los productos de primera necesidad. Con los alimentos encabezando las preocupaciones de la gente, el campo ha vuelto a quedar en el radar del gobierno como principal chivo expiatorio.

En esta necesidad de sostener que el aumento del precio de la carne se debe a la especulación de los productores y no a toda una serie de factores propios -entre los que resaltan la voracidad e ineficiencia estatal- los ha empujado a recomendaciones de lo más ridículas. “Hay que boicotear a los productores y dejar de comprar X bien” es una de las más viejas, aunque históricamente no funcione: si los precios suben por restricción de oferta, aumento de precios internacionales o porque la moneda no vale nada, lo único que se va a lograr es que la gente consuma menos, sin modificar el precio.

Así, nuestra heroína de los Derechos Humanos dio sus recomendaciones para luchar contra los angurrientos productores de alimentos. “Tenemos que aprender a comprar y a suplantar. La lenteja, la quinoa y los garbanzos tienen muchísimas vitaminas y proteína”, cosa que es absolutamente cierta. También lo es que se producen en el campo.

Por esas vueltas de la vida, quienes hace poco más de un año insistían con que el cemento no se come, hoy están diciendo que la carne tampoco. ¿Querés una costeleta a la plancha? Hebe te recomienda milanesa de soja. ¿Un asadito con amigos? Guiso de lentejas, pero nada de ponerle carne, panceta o chorizo.

“Si hay pueblos que se alimentaron a arroz, garbanzos y lentejas, ¿por qué nosotros tenemos que comer todos los días carne?”. La respuesta a la pregunta, quizás, vaya por eso de la argentinidad y la cultura que tanto les gusta repetir. ¿Por qué comer todos los días carne?¿y por qué no?¿cuál es el problema si a la gente le gusta? El verdadero problema, en todo caso, es que no la pueda comprar.

Finalmente, es verdad que muchos pueblos a lo largo de la historia se han alimentado casi sin proteína animal. En esos tempranos ‘90, cuando Wilkins bailaba con desparpajo en medio de la fiesta y los colores de una América Latina que seguía disfrutando de la democracia y de las bondades de economías que se integraban al mundo, en Cuba estaban viviendo su “período especial” por el colapso soviético, que los dejó comiendo sólo arroz y porotos.

En el manual que editó el gobierno cubano con las formas en las que la gente se las rebuscó para atravesar las restricciones alimentarias, hay una receta que me impactó especialmente: cómo hacer para preparar las cáscaras de naranja amarga para que tengan gusto a carne. Cáscaras de naranja en lugar de carne.

El caracol es una fuente de proteína que en algunos países es muy común y en otros se reserva a una gastronomía muy sofisticada. Sin embargo, muchas veces me hice la misma pregunta: ¿cuánto hambre tiene que tener alguien para que se le ocurra buscar, preparar, cocinar y comerse una babosa con cáscara? Wilkins era pintoresco, pero atrás de comer caracoles también había necesidad.

Hoy en el país hay una epidemia de caracol gigante africano, peligrosa para el ambiente y las personas, por sus parásitos. Si alguien encuentra uno, la recomendación oficial es llamar al SENASA. ¿Sabe en qué país dicen que se los puede comer? Sí, en Cuba. Esperemos que Hebe no haya tomado nota.