La economía es una ciencia oculta

La insistencia en acuerdos de precios y salarios muestra a una dirigencia negada a aprender de la evidencia acumulada, ignorando el funcionamiento básico de la economía.

Por Javier Boher
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La economía es una disciplina científica de las ciencias sociales que se encarga de estudiar -entre otras cosas- la producción, distribución, intercambio y consumo de bienes y servicios, así como también de los mecanismos involucrados en dichos procesos. La fijación de los precios como resultado de un equilibrio entre lo que se demanda y lo que se ofrece también entra allí.

Pese a que una parte de la misma es evidentemente práctica (todos los adultos deben sobrevivir en base a una cierta cantidad de recursos de que disponen) gran parte de la misma es inaccesible para el común de los mortales. De hecho, asimilar la economía doméstica a la de un país es uno de los errores más comunes de parte de los que buscan minimizar la necesidad de dicha ciencia.

Esto es tan cierto que hay un rechazo muy marcado de una parte del espectro político a los postulados económicos básicos, que lleva a sus dirigentes a proponer e insistir con recetas absolutamente pasadas de moda, desacreditadas con muchísima evidencia histórica sobre su fracaso.

La idea de que el capitalismo es intrínsecamente malo lleva a muchos dirigentes a oponerse a cuestiones básicas de una economía de mercado, tratando de influir en el mercado mucho más que lo que éste permite. Cuando se sale a la ruta para emprender un viaje, el copiloto elige la música, ceba mate o controla el aire acondicionado, pero no se pelea por el volante: si eso ocurriera, la probabilidad de chocar sería enorme.

Otra vez, como tantas otras veces antes, el gobierno apela al voluntarismo para resolver problemas económicos concretos. Si la economía depende en gran medida de las expectativas, quizás deberían probar yendo por el camino de generar expectativas positivas, contrarias a las señales que están dando.

En estos días en los que hay que empezar a negociar paritarias y a afinar los lápices para administrar el año que empieza (con un presupuesto que ya quedó desactualizado a pocos meses de realizado) se vuelve a escuchar el mismo canto de sirenas: precios máximos, subsidios, retenciones y todo ese lisérgico cóctel intervencionista que sólo puede deparar un destino trágico.

La contracara de esas decisiones políticas para contener (como sinónimo de retrasar, no de eliminar) la inflación es el solapado anuncio de un techo para las paritarias: licuar ingresos para contener el consumo o la fuga hacia otros medios de ahorro que no sean pesos que han perdido más valor que la palabra del COE.

La idea de que se pueden manejar desde un escritorio todos los precios de una economía es absurda, ya que produce muchas más distorsiones perjudiciales que beneficios concretos (más allá de la posibilidad de un triunfo electoral en el corto plazo). En el afán del burócrata de tener todo bajo su control, cada vez más cosas se le escapan.

Así se llega a una pesadilla en la que cada paso del individuo depende de algún trámite para reintegro, de un formulario para ser excluido de un régimen, para recibir algún tipo de asignación o compensación o para acogerse a alguna categoría especial. No puede disponer de su salario libremente, sino con descuentos que administrarán otros burócratas que elegirán por él qué es lo que le conviene o a quién deberá ayudar.

Año a año el salario real va decayendo, la inflación no se detiene y se frenan las inversiones en áreas estratégicas, lo que funciona como combustible para que toda la rueda siga girando de la misma manera, perjudicando a los trabajadores.

Si los que defienden ese nivel de intervencionismo infantil lo hacen, es porque no están atados a las consecuencias del mismo. Como amigos -o integrantes- del poder, los beneficios para ellos no se interrumpen nunca. Sus salarios multiplican varias veces los de los trabajadores peor remunerados, aunque no se los somete a un escrutinio tan exhaustivo de su productividad como le pasa al asalariado promedio.

La economía para esta clase de personajes es una ciencia oculta por múltiples motivos, pero principalmente dos saltan rápidamente a la vista. Primero, que no creen en ella, como si en lugar de una ciencia fuese una especie de religión o ideología sin comprobación científica. Segundo, porque la asocian a la década del ‘90, esa que les gustaría borrar por las profundas consecuencias sociales que trajo la aplicación fría de las teorías económicas.

Así, la economía permanecerá oculta a los ojos de los iluminados políticos que quieren convencernos de la cuadratura del círculo, sin darse cuenta de que la política no puede estar disociada de la ciencia que estudia de qué manera se pueden distribuir de manera más eficiente recursos que son escasos. A la larga, y por otro camino, el precio a pagar por no entenderlo será el mismo que pagaron los economistas de los ‘90 que renegaron de la política: desigualdad, pobreza, exclusión y mucha -pero mucha- bronca.