Llegaron los papeles de la Sputnik V, ahora faltan las vacunas

Confirmados los estudios que faltaban para asegurar la efectividad de la vacuna, ahora resta saber cómo será el operativo para aplicarla cuando llegue.

Por Javier Boher
Más esperados que el aguinaldo en año de malaria, finalmente llegaron los resultados de los estudios de fase 3 que debía la Sputnik V. Publicados en The Lancet, cierran parte de la discusión que ocupó el tiempo de los argentinos a lo largo de los dos últimos meses.
La mencionada vacuna -la única a la que podía acceder Argentina- fue denostada a lo largo de diciembre y enero, politizando al extremo una discusión de salud pública. Quizás el problema no haya estado en politizar una cosa más en un país en el que todo es política, sino meter la discusión en un brete partidista que impide alcanzar acuerdos.
El artículo en cuestión asegura que la vacuna rusa tiene una efectividad de casi el 92%, un muy buen número. Además hace constatar que no se registran efectos adversos de magnitud, lo que la hacen una vacuna segura (lo más importante, que no traiga más problemas que beneficios). Otro de los resultados destacados es que puede administrarse a mayores de 60 años, una de las dudas que había inicialmente (aunque con docentes, por lo acotado de la muestra, sólo gente blanca de Moscú).
Ahora bien, todo esto es lo referido a los aspectos técnicos, lo que tanto se le reclamó al gobierno desde que decidió cerrar el acuerdo con Rusia. En diciembre la falta de información era real, aunque se la tratara de maquillar con apelaciones a la fe y la confianza en los funcionarios públicos.
Las aprobaciones no siguieron los canales habituales e incluso se rechazaron los pedidos de información referidos a prospectos y estudios de fase tres. Según los responsables del ministerio de salud los datos estaban, pero no se podían hacer públicos por algún tipo de acuerdo de confidencialidad.
No quedaba más que confiar en la palabra de funcionarios de un gobierno que en sus antecedentes tenía una carga deficiente de casos (que les valió que el país sea retirado de Our World in Data), la financiación de una campaña presidencial con dinero del contrabando de efedrina, la manipulación de datos de muertos en la inundación de La Plata o que el primer nexo para traer la vacuna rusa había sido denunciado por vender medicamentos adulterados a través de un fugaz laboratorio nacional.
Anteayer, como si hubiesen marcado el agónico gol del empate en el minuto 90, los más acríticos adherentes al gobierno salieron a festejar en la cara de los que pedían los datos que finalmente habían aparecido dos meses después, cuando ya se habían aplicado 300.000 vacunas en el país.
Esbozaron numerosos argumentos ordinarios, que no respondían a los criterios científicos que se les exigía cuando aceleraron aquel emotivo “Operativo ‘Flete de lujo’ a Moscú”, que le sirvió al gobierno para poder empezar la vacunación a contrarreloj y cumplir -al menos parcialmente- una de sus promesas frente a la ciudadanía.
Hasta ahora, la desconfianza en el producto ruso era, mayormente, una proyección de la desconfianza en el gobierno, que sigue sin un rumbo claro en la lucha contra el covid.
¿Se terminó el Covid-19?
Por supuesto que no. La razón más importante es que todavía no hay disponibilidad de vacunas. De ninguna.
El gobierno anunció que vacunaría de a millones de personas en tiempo récord, aunque todos saben de los lentos tiempos de la burocracia y sus refrigerios, horas extras, premios por productividad y demás sobresueldos que no se traducen en una prestación eficiente.
Inicialmente se iba a vacunar al personal esencial, pero terminó en el escándalo de intendentes, familiares y amigos que se pusieron algunas de las pocas dosis disponibles. Supuestamente lo hicieron para concientizar, en su carácter de “influencers”. Ni a propósito la tomada de pelo les podía salir tan bien.
Según la cara visible de todo el trabajo en torno a la gestión de la pandemia, la secretaria Carla Vizzotti, a mediados de febrero deberían estar llegando un par de millones de dosis de la vacuna. 25 millones, para ser precisos. Es decir que, a seis días hábiles de llegar a esa fecha, ya debería haber en nuestro suelo la suficiente cantidad de vacunas como para inmunizar a más del 50% de la población. Extraordinario.
La pregunta, entonces, es cómo piensan aplicarla antes de que expiren las dosis, considerando las dificultades logísticas para su traslado a todos los rincones del país.
Suponiendo que ese 50% sea también el de la población a vacunar, para la ciudad de Córdoba serían algo así como 650.000 personas. Si además se estableciera un operativo con 100 vacunatorios (considerando que buena parte de los dispensarios pudiera aplicar la vacuna) habría algo así como 6.500 cordobeses por centro.
Vacunando a un ritmo de locos a razon de 12 por hora (es decir uno cada cinco minutos) se requerían 541 horas. Si los vacunatorios trabajasen 12 horas (más que las 12 semanales que trabajan algunos) llevaría 45 días aplicar la primera dosis.
Es decir que, en el mejor de los casos (si se trabajase sábado y domingo) en la ciudad de Córdoba se terminaría de vacunar después de tres meses.
Qué buena noticia la aparición de los papeles de la vacuna rusa. Ahora, ¿cómo van a hacer para ponerla?.