Sputnik ahora con buena prensa ayuda (un poco) a Fernández

Se advierten rostros felices en el gobierno nacional. Ayer, la prestigiosa revista científica The Lancet confirmó que la vacuna Sputnik V es segura y que su eficacia ronda el 92%. Las conclusiones de la publicación se basan en las pruebas realizadas durante la Fase III, las que habían estado vedadas para la comunidad científica occidental hasta no hace mucho tiempo atrás.

Por Pablo Esteban Dávila

sputnikSe advierten rostros felices en el gobierno nacional. Ayer, la prestigiosa revista científica The Lancet confirmó que la vacuna Sputnik V es segura y que su eficacia ronda el 92%. Las conclusiones de la publicación se basan en las pruebas realizadas durante la Fase III, las que habían estado vedadas para la comunidad científica occidental hasta no hace mucho tiempo atrás.

La certificación de The Lancet es un espaldarazo a la estrategia de Alberto Fernández de abastecerse en los escaparates del instituyo Nicolay Gamaleya ante las demoras de su primera opción, la vacuna de Oxford – AstraZeneca. Al decantarse por la alternativa rusa el presidente corrió un riesgo importante, toda vez que existían pocas certezas sobre sus reales alcances. De hecho, el periódico estadounidense The Wall Street Journal publicó a mediados de enero un artículo en el que aseguraba que la Argentina “es un campo de pruebas para la campaña mundial de vacunas de Moscú” y que, “a menos de USD 10 por oportunidad, Sputnik V fue una alternativa atractiva para el gobierno argentino, que incumplió con USD 65 mil millones en deuda externa el año pasado y cuyas reservas netas son cercanas a cero, según economistas privados”.

Ahora lejos de aquellas prevenciones y como era de esperarse, el kirchnerismo se lanzó exultante a las redes sociales para proclamar su clarividencia respecto al producto ruso y, de paso, criticar a sus detractores. No obstante, festejar la buena nueva a poco más de un mes de haber iniciado la vacunación significa reconocer que esta comenzó cuando la información disponible todavía no se encontraba debidamente certificada. En abstracto y durante las últimas semanas, cualquiera hubiera tenido derecho a coincidir con las sospechas de The Wall Street Journal. Tampoco ayudó demasiado el hecho de que Vladimir Putin manifestara públicamente que no se inocularía hasta tanto no se comprobara su eficacia en mayores de 60 años.

Lo cierto es que todo esto es cosa del pasado. La Sputnik ya tiene su mayoría de edad sanitaria y las reticencias científicas para aplicarla se han derrumbado de un día para otro. El gobierno tiene vía libre para continuar usándola a condición, por supuesto, de que el Kremlin decida proveerla en abundancia.

Pero aquí está el problema. La producción de esta vacuna se encuentra en un cuello de botella y no hay existencias disponibles para la actual demanda. Hasta ahora la Argentina solo pudo hacerse de 500 mil dosis a través de dos vuelos especiales de su aerolínea de bandera y no se sabe exactamente cuándo podrá traer más. Especulaciones hay muchas, certidumbres no tantas. No colabora a la transparencia, asimismo, el hecho de que las negociaciones sean de Estado a Estado y no con laboratorios privados cuyo interés es, precisamente, vender las mayores cantidades que puedan.

La escasez podría ser suplida con la llegada de la vacuna de AstraZeneca pero, como se ya se ha dicho en esta columna, esta viene demorada y no llegará sino hasta marzo, un horizonte demasiado lejano para la Casa Rosada. Por tal razón avanza un nuevo frente de negociación, esta vez con los chinos, cuyo laboratorio estatal Sinopharm se encuentra produciendo un inoculante contra el Covid-19.

Esta vacuna tiene su propio bagaje de dudas. Dejando de lado su baja popularidad en occidente (algo que puede ser reputado de cultural antes que de científico) y que no requiere una cadena de frío tan intensa, su efectividad no parece ser muy alta: un 79%. Además es sensiblemente más cara que la rusa y que el resto de las opciones disponibles. Tampoco se conoce mucho de su fase III ni de los estudios que la avalan, aunque esto puede cambiar rápidamente a tenor de los sucedido con la Sputnik.

Sin embargo, estas dudas no parecen ser un escollo para el gobierno, dispuesto a comprar lo que consiga en el mercado. Pero aun así se le dificulta adquirirla, pese a que, al menos en teoría, las relaciones entre Buenos Aires y Beijing son armoniosas. Si a este trance se le contrapone la facilidad con la que Chile ha negociado con la farmacéutica china Sinovac -un laboratorio privado- la entrega de dos millones de dosis, las preguntas son inevitables.

En forma previa el país ya había fracasado con Pfizer que, por ahora, se niega a proveer su vacuna sin que se conozcan exactamente sus motivos, al tiempo que no hay mayores noticias sobre algún intento de acercamiento con la estadounidense Moderna, cuyo producto parece ser de primera clase. Parafraseando a Raúl Scalabrini Ortiz, la Argentina está sola y espera, por lo menos en materia de inmunizaciones.

El gran problema para Fernández es que el tiempo es un recurso sumamente escaso para una gestión que necesita mostrar algo más que pobreza, deterioro económico y debilidad política. Vacunar es una obsesión presidencial, pero por ahora es un sueño sin posibilidad efectiva de concretarse. En el mundo faltan vacunas, es cierto, pero en la Argentina esta escasez tiene ribetes inexplicables, toda vez que, salvo la de AstraZeneca, no existe información veraz sobre cuando y cuantas llegarían al corto plazo, lo cual no deja de ser una frustración colectiva.

Tal vez que esta madeja haya comenzado a desenredarse (un poco) gracias a las estimulantes novedades sobre la Sputnik y que, gracias a ellas, las entregas comiencen a acelerarse. Ojalá que así sea porque, al ritmo que avanza la vacunación en el país, transcurrirán la menos trece años para que todos los argentinos reciban su dosis. Es un plazo tragicómico, que desnuda algo que se parece mucho a una gran improvisación nacional.