Cómo funcionaban las postas coloniales (Segunda Parte)

El Reglamento de Postas redactado en 1791 por Manuel de Basavilbaso, que se exhibía en todas las paradas del camino, permitía conocer los derechos y las obligaciones de los maestros de postas, correos y postillones, piezas vitales del servicio.

Por Víctor Ramés
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Manuel de Basavilbaso
Juan León Palliere, Parada de una diligencia en la posta, ilustración de 1872.

Las carreras de postas, medio “inventado para que las Naciones faciliten su recíproca correspondencia”, era un sistema exitosamente aplicado en la España que emprendió la conquista de estas tierras de ultramar. Sin embargo, el sistema no pudo organizarse en las vastas regiones coloniales de América del Sur hasta prácticamente mediados del siglo XVIII. En la península se reconocía, tan temprano como desde 1518, una serie de privilegios a los “Correos, Maestros de Postas, Peones en diligencia y Postillones de a caballo”, quienes constituían piezas claves del sistema. La concesión de estas “instituciones, regalías y fueros” ––que se podían perder si no se probaba una conducta apegada a la ley– era garantía para que se cumpliese el buen manejo de las postas y el consiguiente control de las rutas del reino. Se leía en el Itinerario de las carreras de posta de dentro, y fuera del Reyno, de Pedro Rodríguez Campomanes, en 1761, que “la prontitud del servicio obligó en todos tiempos a precaverles de todas las molestias, o imposiciones, que pudiesen distraer a los Maestros de Postas de su destino”. La misma inmunidad cabía a los Correos, y protegía a las Casas de Postas en general:

“La protección de los Correos que caminan en diligencia por no dejarles indefensos en sus Carreras, indujo a exceptuarles de los Bandos de Armas cortas, y de que las Justicias no los prendiesen yendo de viaje por causas civiles. (…) Esa misma seguridad se concedió a las Casas de Postas, así respecto a que los Caballos pudiesen pastar en los parajes inmediatos a las mismas Postas, aunque sean vedados.”

En 1791, en el virreinato del Río de la Plata, se imprimió un bando que contenía una síntesis esencial del Reglamento firmado por el Administrador de Correos de la gobernación, Manuel de Basavilbaso. Allí se manifestaba que, debido al incumplimiento de las leyes, “el mejor servicio del Público, su utilidad, y facilidad de los viajes se han virado prontamente por la codicia de algunos, que se han trastornado las instituciones en perjuicio de los Reales derechos, y de los Maestros de Postas, quienes también por negligencia y descuido han faltado a llenar sus obligaciones”. Con el fin de evitar estos inconvenientes y para que nadie pudiese alegar ignorancia “de las constituciones fundamentales de las Postas, exenciones y privilegios de sus Dependientes”, expresa su autor: “he resuelto que en todas las Paradas se fije este Reglamento para su puntual observancia”.

El cartel que se exponía en las postas dejaba en claro que el control estricto que se debía ejercer sobre las vías de comunicación dentro del Virreinato tenía por fin evitar que “se hagan viajes furtivamente”, facilitándole al mismo tiempo la circulación a quienes la “necesiten y emprendan con las Licencias necesarias”. Esto representaba un modo de separar en los caminos al “malhechor” de las gentes de bien.

Expone el Reglamento que “por estos esencialísimos, y muy importantes fines se prohibió se hiciesen viajes en diligencia por Correos y Particulares con otros Caballos que los de las Postas por ser una regalía privativa de la Real autoridad con que se maneja este Ramo”. Por lo mismo se indicaban penalidades para aquellas postas donde no hubiese caballos disponibles.

Los Maestros de Postas tenían prohibido dar caballos a quienes no llegasen en animales recibidos en la posta anterior, de lo contrario se exponían a severas penas de confiscación de bienes, privación de empleo y proceso judicial. Estas normas pertenecían a la Ordenanza de Maestros de Postas, y figuraban en otros títulos y capítulos del Reglamento.

Quienes se desplazaban por las carreras de postas, debía presentar ante el maestro de posta su pasaporte expedido por la policía o autoridad militar, el que debía ir acompañado de una hoja de ruta expedida por el Administrador de Correos. Si los viajeros no cumplían con ese requisito, los maestros de postas tenían prohibido darles caballos.

Los únicos funcionarios autorizados a extender partes eran los Administradores de Correos, teniendo a la vista la licencia otorgada por los magistrados, que los pasajeros debían presentar para poder salir de aquella ciudad, villa, o pueblo. Si no contaban con ella, se debía dar aviso a la Justicia.

Figuras infaltables en los caminos de postas eran los jóvenes postillones que acompañaban a los viajeros a la posta siguiente, con el propósito de traer los caballos de vuelta a la parada anterior. El reglamento ponía en caja a los postillones para el buen desempeño de su trabajo. Aunque también cuidaba de su integridad y advertía sobre el trato del que debían ser objeto según fuese el caso.

“Los Postillones deben llevar a la Posta inmediata a todos los que corren con las licencias necesarias, sin saltar ninguna otra Posta, ni usar de otros Caballos, y si lo hicieren, serán tenidos, castigados rigurosamente, como infractores de la constitución, por el perjuicio que resulta por este desorden a los demás Maestros de Postas, que tienen hechas sus contratas.”

Indica que los Maestros de Postas “pueden tener dos Postillones, con privativa facultad de nombrarlos, y despedidos con causa, o sin ella, por lo cual son responsables de sus operaciones: Deben tener diez y ocho años, y hacer el servicio personal, con lo cual gozan de los mismos fueros, y exenciones que los Maestros de Postas”. Se advierte a los últimos sobre la posibilidad de maltratos a los postillones, a la vez que señala la pena a los jóvenes por incumplimientos graves: “Se les previene cuiden de que no sirvan muchachos en que se ha hecho un abuso muy perjudicial, que se castigará en lo sucesivo con privación de empleo, y si estos dos dependientes maliciosamente desamparan en las carreras a los Correos, o Gentil-hombres, o les causan algún otro detrimento, o cometiesen contrabandos, serán condenados a diez años de presidio: su oficio está reducido a ser ayudantes de los Maestros de Postas, acompañar a los Caminantes, y volver los Caballos a la Posta.”