Ese flequillo stone

En un entrelazado de testimonios que intercala imágenes de archivo, el documental “Rocanrol Cowboys”, ofrecido por Netflix, cuenta desde adentro la historia los Ratones Paranoicos, fans de los Rolling Stones que cumplieron el sueño de telonear a sus ídolos cuando vinieron a Buenos Aires.

Por J.C. Maraddón
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ratones paranoicoosCuando una banda musical pretende desarrollar un estilo inspirado en los Beatles, lo más probable es que deba circunscribirse a un periodo particular dentro de esa década en la que reinó el cuarteto de Liverpool. Y es que la riqueza de sus creaciones hizo que su repertorio fuese por demás variado, aunque a grandes trazos podría decirse que su obra se fue haciendo más complejo a medida que su talento maduraba. Quizás la etapa beatle más influyente haya sido aquella en la que coquetearon con la psicodelia, pero también ha sido impactante esa primera mitad de su carrera en la que todavía rendían tributo al rocanrol.

En tanto representaban un estímulo opuesto a la Beatlemanía, los Rolling Stones también ofrecieron una amplia paleta estilística durante el decenio inicial de su trayectoria. Nacidos al impulso del blues blanco que cautivaba a los jóvenes británicos a comienzos de los sesenta, ellos se abrieron a la experimentación y fueron acumulando una discografía por demás variada, en la que el lamento blusero resignaba su predominio para aceptar otro tipo de composiciones, que sintonizaban mejor con el delirio y la locura imperantes en esa Inglaterra ya no tan flemática, que cobijaba una escena artística en plena ebullición.

Cuenta la leyenda que Brian Jones, el polifacético miembro del grupo cuya injerencia autoral no ha sido reconocida en los créditos, era quien impulsaba con mayor énfasis el desprejuicio que empezó a lucir esa formación tras un primer disco donde abundaban los covers. Al promover la incorporación de instrumentos poco habituales en el rock como la marimba, el clavecín o el dulcimer, aportó una sonoridad diferente que les permitió competir con los Beatles en cuanto al atrevimiento de sus canciones. Los excesos lisérgicos obligaron a que Brian Jones fuese despedido de la banda y poco después murió en circunstancias nunca aclaradas del todo.

MIck Taylor, su reemplazante, provenía de la más rancia estirpe del blues británico y, poco a poco, los Rolling Stones fueron volviendo a cobijarse en ese género que los había acunado en su surgimiento. Se podría decir que “Sticky Fingers”, de 1971, es el disco en el que nace esa forma “stone” de hacer las cosas, como una especie de cliché que con los años iba a estandarizarse hasta volverse una marca registrada. Excepto algunos de sus coqueteos setentosos y ochentosos con el funk y el reggae, en general siguieron esa senda prefijada que tanto valoraban sus fanáticos.

A ese estereotipo sonoro rollinga se aferraron los Ratones Paranoicos, un grupo argentino de la camada de los ochenta que cultivó una pose y un estilo Stone, mechado al principio con ciertos mohínes punks que le daban un toque distintivo, sobre todo en sus letras. Mimetizado hasta en su aspecto con Mick Jagger, el cantante Juanse lideraba ese cuarteto que se ganó un lugar trascendente en una época en que muchos rockeros locales pugnaban por cobrar fama. Como una adaptación criolla de Sus Majestades Satánicas, cosecharon seguidores a destajo y anticiparon un fenómeno cultural que se iba a profundizar en las siguientes décadas.

A la manera de un entrelazado de testimonios que intercala imágenes de archivo, el documental “Rocanrol Cowboys”, ofrecido por Netflix, cuenta desde adentro la historia de esta formación que cumplió el sueño de telonear a sus ídolos cuando vinieron por primera vez a Buenos Aires. Fanáticos de ese calambre estético que afecta a los Rolling Stones desde hace casi medio siglo, los Ratones Paranoicos evitaron desempeñar el rol de una banda tributo al completar con aportes autóctonos el magnetismo de ese blues rock con el que se identificaron muchos pibes de barrio de flequillo cortado a la taza.