Una que no se baila

Treinta años atrás, atronó por los parlantes bajo la bola de espejos “Losing My Religion”, un tema del grupo estadounidense R.E.M. que era tan triste como emocionante y del que nadie hubiese podido imaginar que alguna vez iba a hacerse escuchar en un boliche de Córdoba.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

R.E.M.En aquel 1991 cordobés, la música que se bailaba en las discotecas provenía de al menos un par de variantes que empezaban a hacerse escuchar en ese momento, como prefacio de una nueva década que ya tenía características propias, al menos en lo que a sonoridad podía referirse. Atrás quedaban los estertores de la música disco, el pop electrónico y la moda del rock nacional que habían musicalizado las pistas de baile en los ochenta. Otros eran los ritmos que se insinuaban en el horizonte y los deejays, cuya importancia iba en crecimiento, supieron avistar aquello que habría de imponerse.

De un lado, la música house, que desde finales del anterior decenio se mostraba en franco avance extendería sus dominios al colonizar las listas de hits que rotaban en las radios de frecuencia modulada. “Gonna Make You Sweat” de C&C Music Factory, “Gypsy Woman” de Crystal Waters o “Get Ready For This” de 2 Unlimited son apenas tres ejemplos de lo que era el repertorio danzante de ese entonces, dentro de un amplio espectro al que se integraban Madonna con “Justify My Love”, Vanilla Ice con “Ice Ice Baby”, Londonbeat con “I’ve Been Thinking About You” y Enigma con “Sadeness”.

Pero no sólo de estos sofisticados productos de importación se nutrían los disc Jockeys a la hora de animar la fiesta. La movida tropical ya se había establecido como un fenómeno masivo gracias a éxitos como “¿Qué tendrá el petiso?” de Ricky Maravilla, “La pollera amarilla” de Gladys La Bomba Tucumana, “Violeta” de Alcides y “La güera Salomé” de Lía Crucet. En ese mismo año, Clericó con Cola versionó con gran suceso el tema “Te ves buena” del panameño El General y también se sumó a ese tropel de canciones latinas que condimentaban con su color las madrugadas de la diversión urbana.

De estas dos fuentes se proveían las cabinas de las discotecas en los horarios más álgidos de la noche, cuando hacía falta alimentar con combustible premium el espíritu festivo de los parroquianos, que habían pagado su entrada para pasarla bien y que abarrotaban de pedidos a quienes se encargaban de preparar los tragos. Hasta que llegaba esa instancia culminante, el crescendo rítmico permitía deslizar alguna que otra pieza no tan dinámica, aunque sí o sí debía ser conocida por el público, para que la gente pudiera cantarla a los gritos, ya que no se prestaba para moverse con desenfreno.

Y así fue como 30 años atrás, atronó por los parlantes bajo la bola de espejos “Losing My Religion”, un tema del grupo estadounidense R.E.M. que era tan triste como emocionante y del que nadie hubiese podido imaginar que alguna vez iba a hacerse escuchar en un boliche. Tal era la difusión radiofónica que había recibido esa gema del rock alternativo, que su performance discotequera era saludada con una ovación por los bailarines, por más que ni de casualidad se prestara para lucir su destreza corporal. Los noventa empezaban a despuntar ese collage bizarro que vendría a ser su marca en el orillo.

A tres décadas de aquello, la mandolina ejecutada por el guitarrista Peter Buck y la voz lastimera y suplicante del vocalista Michael Stipe continúan remitiendo a un estado de ánimo intensamente emotivo, como si el tiempo no hubiese pasado para “Losing My Religion”. Un episodio de “Song Exploder”, que empezó como un podcast y terminó como una serie de Netflix, está dedicado a esa composición publicada como single en febrero de 1991, a manera de adelanto del disco “Out Of Time” que apareció un mes más tarde y que consagró a R.E.M. como una banda de renombre mundial.