De los abuelos a los nietos

Franelas de microfibra, cepillos de limpieza, pinceles que quitan la suciedad de la púa, líquido rociador, fundas, cajas archivadoras y otros accesorios de vieja data, son ofrecidos en sitios especializados a partir del resurgimiento imparable que están experimentando los discos de vinilo.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

vinilosDesde que se realizaron los primeros registros fonográficos, los discos de pasta han sido el soporte más longevo que tuvo la música, hasta que los CDs terminaron imponiendo su brillo digital a comienzos de los años noventa. Antes de esa victoria del lenguaje binario, el modo analógico de escuchar una canción había prolongado su predominio a lo largo de varias décadas, aunque fue variando tanto el material para su confección como la extensión de sus contenidos (long plays, extended plays y singles), además de las revoluciones por minuto a las que se requería que girase el plato, hasta lograr que la audición tuviese la mayor fidelidad posible.

La extensión del reinado de esos álbumes y simples obligó a que se diseñaran los más diversos tipos de aparatos reproductores, desde los lujosos combinados hasta los prácticos tocadiscos, en una sucesión que ya en los años noventa dio lugar a la aparición de centros musicales, a cuyo amplificador se conectaba no sólo una bandeja, sino también una casetera, una compactera y una radio. Se trataba de verdaderos prodigios de la ingeniería sonora, que posibilitaban el uso de todos los soportes con sólo ajustar el selector de funciones para que se situara en el lugar correspondiente.

Pero, además, a lo largo de los años fue surgiendo una especie de industria paralela, que ofrecía diversos adminículos para mejorar las prestaciones de los equipos y, sobre todo, para garantizar que la audición fuese correcta. Uno de los accesorios que se tornó fundamental en algún momento fueron los auriculares, que cumplían una doble función: le deparaban al oyente el placer de apreciar los discos sin ningún tipo de interferencia externa y, a la vez, impedían que el ruido disparado desde los parlantes irritara a quienes se veían expuestos a ese barullo sin que tal ejercicio fuese de su interés.

Al mismo tiempo, proliferaban los consejos de los expertos acerca de cómo mantener los vinilos en perfecto estado y cómo hacer que, al momento de ser rozados por la púa, dispusieran al máximo su rendimiento y no presentaran defectos por culpa de pelusas o polvillos inoportunos. Cualquier melómano sabía, en aquellos años, aplicar los trucos necesarios para que nada se interpusiera entre ellos y el sonido. Luego, la decadencia de este soporte hizo que esa sabiduría cayera en desgracia, porque a nadie le importaba saber cómo hacer para conservar en buen estado algo que ya no servía para nada.

El lento pero sistemático reingreso de los long plays al mercado discográfico, que fue muy notorio en los relevamientos de ventas realizados a fines del año pasado, parece haber traído consigo la revalorización de esos tips que eran tan respetados varias generaciones atrás y que a lo largo de un cuarto de siglo carecieron de sentido. Cuando ya no bastó con consultar a los sobrevivientes de aquellos años felices, fue la misma industria la que empezó a ocuparse del tema, con la perspectiva de que ciertas herramientas anacrónicas puedan tener una segunda chance de uso en este siglo veintiuno.

Franelas de microfibra, cepillos de limpieza, pinceles que quitan la suciedad de la púa, líquido rociador, fundas, cajas archivadoras y otras muchas ayudas para coleccionistas obsesionados con preservar su tesoro, son ofrecidas en sitios especializados, junto a las instrucciones para darles un uso adecuado. La existencia de consumidores que prefieren este formato y que invierten en discos pese a su elevado precio, ha catapultado el surgimiento de un negocio asociado al de la venta de álbumes, que también va en franco crecimiento y que no ha sido afectado por la pandemia. Curiosidades de una tendencia que los abuelos pueden compartir con sus nietos.