Encuentro en una ciudad casi quimera (Segunda Parte)

Hace casi cuatrocientos cuarenta años, dos grupos de misioneros jesuitas se dirigieron a la ciudad de Córdoba, uno desde el Perú y otro desde el Brasil, convocados por el Obispo Francisco de Victoria para planificar la salvación de almas que ocupaban el territorio desde más de un milenio atrás.

Por Víctor Ramés
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El pirata Thomas Cavendish, que actuó en costas sudamericanas del Atlántico en el siglo XVI.

El flamante Obispo del Tucumán, Fray Francisco de Victoria, puso en marcha un plan de evangelización en la Provincia a su cargo, con sede en Córdoba. Lo cuenta el cronista e historiador oficial de la Compañía, el Padre Pedro Lozano, en el 1700. Por un lado, logró que bajaran del Perú dos sacerdotes jesuitas muy dotados y fogueados en la tarea misional, el padre Alonso de Barzana y el padre Francisco de Angulo. Era el año 1586 y, al tiempo que Victoria preparaba su partida hacia Córdoba desde Santiago del Estero, junto a estos dos religiosos de la orden de Loyola, mandó un mensajero al Paraguay pidiendo al Obispo que de allí le enviaran otros jesuitas aptos para organizar la tarea en el extenso territorio bajo su responsabilidad. Este abarcaba las ciudades de Salta, Esteco, Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán y Córdoba. Los jesuitas que partieron del Brasil fueron el napolitano Leonardo Armini, el catalán Juan Saloni, el irlandés Thomas Filds y los portugueses Manuel de Ortega y Esteban de Grao. Unos y otros debían encontrarse en Córdoba para decidir los destinos misionales del Tucumán.

Los últimos partieron por mar desde Brasil hacia el puerto de Buenos Aires, mientras el Obispo Victoria, acompañado de Barzana y Angulo, se ponían en marcha hacia la ciudad de Córdoba. Ambos relatos son dignos del interés de lectores y lectoras, 440 años más tarde.

Adelantamos que el ansiado encuentro de estos campeones de la certeza tendría lugar recién al año siguiente. Los misioneros venidos del Perú se demoraron meses predicando entre los naturales de los territorios que recorrían en su rumbo a Córdoba. Por su parte, los jesuitas embarcados en Brasil debieron vivir momentos infernales de los que lograron librarse -es predictible- por milagro. Esto da pie para una breve aventura de piratas.

El título del capítulo correspondiente en el libro del padre Lozano, desalienta cualquier posibilidad de suspenso: “Los jesuitas, que venían del Brasil, caen en manos de Piratas Ingleses, que muy maltratados los echan al Mar en una Nao, para que perezcan; pero líbralos Nuestro Señor, y aportan à Buenos Ayres, de donde pasan à la Provincia de Tucumán.”

Así introduce el historiador esta aventura de lo que parecía un viaje sencillo de cabotaje:

“Son tan inciertos los sucesos de los navegantes, como ciertos los innumerables peligros, a que va expuesta la vida, que se atreve en cuatro tablas a fiarse de la inconstancia de las ondas.

No se da paso sin riesgo, y será fénix quien hubiere surcado el golfo, sin conocer al miedo, o no haber padecido sobresalto. Según la prosperidad, con que navegaban los cinco esclarecidos Misioneros, parece se hallaban próximos a eximirse de esta común necesidad, pues miraban, no muy distante, el Puerto a donde enderezaban la proa, y anhelaban sus deseos; pero al mejor tiempo les aguó su gozo un accidente impensado, porque cuando por haber embocado por el gran Río de la Plata, se daban por seguros de insultos Enemigos, descubrieron dos velas, que en tal paraje les causaron sobresalto no ordinario.”

Los piratas ingleses (viejo epíteto) quedan de hecho dueños de la vida de los jesuitas cautivos. Vueltos personajes, en el texto de Lozano son objeto del maltrato del autor:

“Estos eran Ingleses, que mientras su infame Reyna Isabela se divertía en amores, y en derramar, cual Arpía cruelísima, sangre de Católicos en su Reino, teatro abominable de la Herejía; sus vasallos, hechos públicos ladrones, se empleaban en inquietar el Orbe, y robar las haciendas de todos, pretendiendo fabricar su fortuna de las desdichas ajenas. Aunque las memorias, de que nos valemos, no expresan quienes fuesen estos Piratas, parece sin duda, según las circunstancias del tiempo, haber sido las Naos del famoso Thomas Candisch, o Cavendisch, Cavallero Inglés, Señor de Mitiley (…)”

Puede que los propios padres prisioneros hayan, para sus adentros, recordado estas mismas cosas sobre sus captores, pero la situación inmediata aconsejaba más la oración que la afrenta. El relato de Lozano, ya sea de propia imaginación o en base a la de autores previos, desarrolla pequeños episodios en los que los piratas van discurriendo diversos modos de causarles el sufrimiento y la muerte. Cuando parecen estar de acuerdo, siempre se les ocurre una idea mejor. El dios de los católicos y el de los protestantes, primos hermanos, negociaban sus fichas sobre un tablero imaginario.

Los piratas “se encruelecieron no obstante sobre manera contra los desvalidos Jesuitas, y resolvieron sacrificarlos víctimas de su furor inhumano (…) Porque el cuchillo, o el dogal darían muerte más tolerable de lo que deseaba su mortal odio, determinaron dársela más prolija, y penosa, exponiéndolos a los rigores de la hambre, para que los lanzaron en la Isla de Lobos, que es totalmente desierta y desproveída de cuanto puede sustentar (…), mas reflexionando luego” los volvieron a la nave “para colgarlos de una antena”. Más adelante, una reacción del Padre Ortega en defensa de los sacramentos hace que lo arrojen vivo al agua, y están por hacer lo mismo al padre Filds, pero “pareciéndoles que era muy suave la muerte que estaba por padecer entre las ondas” lo sacaron del agua, “resueltos a darle, así a él como a los otros cuatro, algún género de muerte más cruel por los filos del acero”. Aquí el poder del milagro hizo que resolvieran, por último, meter a los cinco jesuitas en el casco vacío de un bote y echarlos “para que o los tragasen las ondas de aquel piélago inmenso, en que apenas se conoce de vista la serenidad, o pereciesen por falta de alimentos.” Pero “como el Señor no ha olvidado sus antiguas misericordias, ni abreviado su mano poderosa, los favoreció de manera que (…) pudieron arribar felizmente, contra toda esperanza humana, al Puerto de Buenos Ayres, donde dieron fondo.”

La ciudad del puerto vio llegar a estos cinco hombres en estado lamentable, con las ropas destrozadas cubriendo mal su desnudez, felices, alabando a Dios.