Acuerdo por la carne y desabastecimiento de ideas

El tan anunciado acuerdo para la provisión de carne barata deja a la vista la falta de ideas para lidiar de manera efectiva contra el problema, aumentando el riesgo a futuro.

Por Javier Boher
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carneNo existen algo así como “leyes naturales” para regir la vida de los seres humanos, como se creía hace mucho tiempo. Sin embargo, hay ciertas regularidades sociales (también llamadas estructuras) que son muy difíciles de romper. Una de las más importantes es el mercado, tan odiado por la progresía argentina.

No hay que confundir al mercado con el capitalismo, el dinero, el capital financiero y demás yerbas. El mercado es simplemente la estructura de intercambio de bienes y servicios que nos simplifica la vida al equilibrar el precio según la cantidad de productos que se ofrecen y la que se consume.

No existe ningún tipo de magia que pueda vulnerar a una maquinaria tan simple como compleja, en la que el agregado de intercambios de cientos, miles o millones de personas le terminan de poner precio a las cosas, generando incentivos para producir o consumir en mayor o menor cantidad.

Por supuesto que el mercado tiene sus defectos y allí aparece el Estado para devolverlo al sendero del funcionamiento más provechoso para todos. El problema está cuando demasiado Estado empieza a olvidarse de las reglas del mercado, perjudicando a la madre de ambos, la sociedad.

Así, la intervención poco inteligente de políticos que insisten en la cuadratura del círculo produce lo que hace tiempo se consumó en algunos otros países del mundo y que poco a poco se va materializando en Argentina. Cada vez es más difícil consumir… cualquier cosa.

Ante la falta de dólares, el gobierno procedió endureciendo las restricciones a las importaciones, con la esperanza de contener la pérdida de divisas a través de la compra de bienes extranjeros ridículamente baratos por el precio artificial de la divisa norteamericana.

Esto, a su vez, trae complicaciones en la producción de ciertos bienes que dependen de insumos importados. Prácticamente todas las actividades económicas dependen de ese tipo de elementos provenientes del exterior, algunas en mayor medida que otras.

Tanto meter mano -y el tener tan poca mano para conducir el barco en pandemia- ha terminado generando problemas muy grandes, que cada vez son más difíciles de parar con fotos con representantes de corporaciones, frases viralizadas por las redes o sobreactuando determinación política para luchar contra las consecuencias de su propia impericia.

Así llegamos, finalmente, al papelón de la carne (que viene después del papelón de intentar suspender las exportaciones de maíz). El gobierno anunció como un gran logro el haber cerrado un acuerdo con frigoríficos y cadenas de supermercado para proveer precios populares en diez cortes de carne, dos veces por semana.

Algunos creen que lo mejor sería mejorar la productividad y los sueldos para garantizarle a los trabajadores los medios para comprar más bienes, pero seguramente están equivocados y quizás esta vez sí funcione eso de pretender poner un precio máximo a un bien. Aunque niegue miles de años de evolución del mercado como estructura humana.

Con el tiempo, el desabastecimiento de ideas irá generando toda una serie de alteraciones que traerán la previsible consecuencia de menor producción, menor oferta y aumento de precios, que van a empujar a cosas que ya hemos visto en otros tiempos o lugares.

Seguramente en este contexto aumentará la faena clandestina (con el riesgo bromatológico que sabemos), la gastronomía exótica (caballo en los suburbios de la docta, gato en los rosarinos), los camiones frigoríficos de “Carne para todos”, el mercado negro y los amigos del poder que consigan licencias especiales para venderle con sobreprecio al estado y compensar la que venden barata por otros canales.

De poco sirve la Tarjeta Alimentar si lo que se compran son fideos y arroz, pero nada de fruta y verdura. No hablemos de carne, mucho menos de pescado. Cerrar un acuerdo con cuatro cadenas de supermercado y unas 1500 bocas de expendio para tratar de cubrir las necesidades de proteína animal en un territorio tan extenso como este es una burla. Con esos números, habría unos 25.000 argentinos por cada local, unos 50 supermercados para toda la ciudad de Córdoba. Suena a bastante poco; seguramente lo sea.

Pensar que se puede gobernar sólo con la voluntad es casi de adolescente. No se puede negar el funcionamiento de las estructuras sociales que ordenan las interacciones humanas, porque las consecuencias quedan a la vista: una decadente puesta en escena que -paradójicamente- no puede bajar el precio de los bienes y sólo lo logra con el de la gestión del gobierno.