Impensada consecuencia

Descubrir que podían realizar una grabación que los dejara conformes sin la necesidad de trasponer la puerta de sus viviendas, fue una revelación inusitada para muchos músicos, que han comenzado a adoptar ese método ya no como una obligación sino como un ritual creativo.

Por J.C. Maraddón
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grabaciónLas cuarentenas, aislamientos y distanciamientos han cambiado los hábitos de las personas de una forma tan radical que, probablemente, deberá pasar un tiempo todavía para poder dimensionar hasta dónde han llegado esas modificaciones y qué derivaciones traerán de aquí en adelante. Todos somos conscientes de que muchas de nuestras conductas se han debido adaptar a las nuevas condiciones, pero siempre bajo la premisa de que pronto las cosas volverían a ser cómo eran antes y, por ende, cualquier variación en el rumbo sería momentánea, hasta tanto la vida se enderezara y retornara a los carriles por los que transitaba un año atrás.

Con el correr de los meses, descubrimos que en algunos aspectos algo de eso apunta a ser permanente y varias de las rutinas que hemos incorporado han empezado a ser internalizadas, como por ejemplo aquellas relacionadas con la higiene de las manos. También se han desarrollado con mayor énfasis el trabajo y el estudio a distancia, a través de apéndices tecnológicos que han sido muy útiles y que probablemente ya no sean dejados de lado, más allá de que la situación sanitaria alguna vez mejore y el modo presencial deje de representar un grave peligro para el contagio.

Los músicos, esa raza tan especial que con su talento nos regocija el alma, forman parte de una mayoría que ha debido reconvertirse y que ha visto coartado un alto porcentaje de sus posibilidades laborales. Gran parte de ellos, ante la inconveniencia de ensayar, tocar en vivo y entrar a estudios de grabación, se abroqueló en sus casas y profundizó su labor compositiva, valiéndose de los dispositivos hogareños que por estos días no pocos poseen y que garantizan una calidad de grabación y edición que es más que digna. La falta de otras opciones transformó a esas sesiones en una salida razonable.

Algunas de esas producciones, incluso, han sido compartidas a través de las redes sociales por sus intérpretes, como una forma de mitigar la ansiedad de los fans y de proveer de entretenimiento a aquellos que debían estar aislados y que necesitaban alimentar el espíritu, además del cuerpo. Junto a los vivos en Facebook e Instagram, estos registros han constituido el eslabón que permitió una continuidad artística para esos profesionales que no se resignaban a mantenerse quietos. Con posterioridad, varios de esos testimonios fueron remodelados en estudios o se regrabaron bajo los parámetros técnicos que se exigen a escala industrial.

Sin embargo, descubrir que podían realizar una grabación que los dejara conformes sin la necesidad de trasponer la puerta de sus viviendas, fue una revelación inusitada para muchos artistas, que han comenzado a adoptar ese método ya no como una obligación sino como un ritual creativo. Y al proliferar el sistema, las empresas que proveían de los programas y los recursos para poder concretar esos proyectos se tuvieron que arremangar y multiplicar su producción, ante una demanda que, según todo indica, ha llegado para quedarse, tal como lo certifican ciertos artículos aparecidos en la prensa musical de los Estados Unidos.

Primero fueron los músicos independientes quienes mostraron su preferencia por esta forma de trabajo, pero inmediatamente las figuras de moda también se avinieron a las nuevas modalidades, en un proceso de democratización que se dio de modo natural y que situó a todos casi a la misma altura. Y en este sentido, hay quienes vaticinan que el asunto llegará aún más lejos y que, como impensada consecuencia, cuando todos dispongan de las mismas herramientas, habrá un consumo interactivo en el que el público retroalimentará el circuito y no se limitará a parar la oreja ante lo que le es ofrecido.