Formosa libre y soberana

En los confines de la patria, la civilización y el buen gusto está Formosa, dominios de Gildo Insfrán, territorio olvidado por la ley, la república y la justicia.

Por Javier Boher
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formosa-insfrànDe pie, amigo lector, que no todos los días nos tomamos el tiempo para reconocer a un dirigente ejemplar del norte del país. Hoy le vamos a dedicar unas palabras a Gildo Insfrán, el gobernador del cuarto de siglo, patrón de Formosistán.

Le voy a ser sincero: tengo sensaciones encontradas respecto al señor. Por un lado, hay que mantenerse vigente durante 25 años. Convengamos que El Chavo y Los Simpson deben ser los únicos que después de ese tiempo siguen siendo los favoritos de la gente. Por el resto, desde el 95 hasta ahora, tantas cosas han cambiado…

Le hago un repaso rápido: casi no había celulares, faltaban cuatro años para que se funde Mercado Libre, todavía dolía el dóping de Maradona y el Sultán de Anillaco estaba siendo reelecto post reforma constitucional. Acá gobernaban los radicales: imagine cuánto tiempo pasó que ya están todos muertos.

Eso sí, no importa cuántas cosas hayan pasado ni lo meritorio que sea mantenerse. Montar un estado policial y autoritario en el fondo de la casa no parece ser algo para poner en el currículum. Es como contar orgulloso que llevás 25 años de convivencia pacífica con tu señora porque te gusta andar de trampa en whiskerías. No parece ser un argumento muy convincente.

Por supuesto que eso no pasó de golpe, que el tipo llegó al poder y rápidamente montó una tiranía represiva. La cosa fue tan progresiva que nadie se dio cuenta, como la rana hervida. Un día estaban celebrando que había ganado las elecciones y un par de años después tenían su cara en los cuadernos de comunicados de la escuela pública.

Lleva un par de meses siendo noticia por el riguroso método aplicado para prevenir el contagio de coronabicho: cerraron las fronteras y no había excusas para entrar. Ni siquiera que se quería llevar algo de contrabando o que era un paraguayo que quería ir a votar.

¿Querés ir a ver un familiar enfermo? No se puede pasar si no lo ordena Gildo, el padre de todos. ¿Tenés que ir a hacer la denuncia porque te usurparon una propiedad? Nadie puede ser dueño de lo que es de Gildo. ¿Querés ir a hacer turismo? No se puede entrar porque acá no hay nada que ver.

Después la cosa se puso mucho más democrática, republicana, con sensibilidad y justicia social. ¿Hay un posible positivo? Al gueto. ¿No quiere? No puede elegir. ¿Quiere denunciar lo que pasa?Una amable escolta de cieguitos lo irá a buscar a su casa. ¿No se quiere quedar en el cálido y confortable lugar destinado a los posibles positivos? Encuentre la inspiración, porque no se va a ir. ¿Cree que no es positivo y que se va a contagiar? Eso dicen todos. ¿Está embarazada y lo pierde? Para eso no hay respuesta irónica con la que pueda sacarle una sonrisa, porque es inefable.

¿Sabe qué es aún menos divertido? La horda de aplaudidores y armadores de observatorios de violencia menstrual hacia les persones no binaries que intentan justificar lo indefendible para los militantes que viven en diez cuadras a la redonda de las universidades nacionales de los grandes centros urbanos, desde las que se sientan a buscar formas de decir que eso es culpa del neoliberalismo extranjerizante.

Ya nos conocemos, estimado. Para mí, la única forma de avalar eso es desde una cosmovisión ideológica en la que el fin (que a esta altura ya no sabemos muy bien cuál es) justifica los medios. Hay que tener ganas de militar detenciones ilegales para quedar bien con los amigos que cantan “Hasta siempre, comandante” porque tienen la cuenta en dólares.

Se me va terminando el espacio, así que no queda mucho más para agregar. Sólo le puedo decir que acá el Estado es medio bobo. Si además al bobo le dejamos la posibilidad de que salga a meter palo y encarcelar por orden del político que sea, la cosa es bastante peligrosa. ¿Sabe a qué me hace acordar? A los hijos bobos de “La gallina degollada”, de Horacio Quiroga. No importaba el daño que estaban haciendo, los bobos no se daban cuenta.