Encuentro en una ciudad casi quimera (Primera Parte)

Cuando Córdoba cumplía catorce años, se dieron cita en ella grandes misioneros jesuitas venidos de España, de Inglaterra, de Italia, de Portugal. Llegaban de sus destinos próximos, el Perú y el Brasil, a planificar la tarea sobrenatural que los traía a este continente, aliados al plan de conquista de tierras, cuerpos y almas.

Por Víctor Ramés
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Ejemplar del ibro del Padre Lozano, de cuyo Primer Tomo se extrae la historia de los Jesuitas en Córdoba.

Radicado en Córdoba alrededor del año 1720 y designado cronista de la Compañía en 1730, el Padre jesuita Pedro Lozano dejó pilas de páginas sobre la historia del territorio desde los orígenes, y de la orden de Loyola en la provincia del Paraguay, hasta sus días. También escribió una Historia de las revoluciones de la provincia del Paraguay, 1721-1735, y un libro de título interminable: Descripción chorográphica de terreno, ríos, árboles, y animales de las dilatadísimas provincias del Gran Chaco, Gualamba, y de los ritos y costumbres de la innumerables naciones de bárbaros e infideles que las habitan. Con un cabal relación histórica de lo que en ellas han obrado para conquistarlas algunos gobernadores y ministros reales, y los misioneros jesuitas para reducirlos a la fe del verdadero Dios publicada en 1733 en Córdoba.

Si se quiere conocer los primeros pasos de los misioneros jesuitas en esta parte del continente, hay que pasar por el padre Lozano. Él, a su vez, escribió su Historia a partir de documentos anteriores que muchas veces cita en su relato.

La ciudad de Córdoba fue surcada por las órdenes religiosas desde temprano. En lo referente a los jesuitas, según lo establece Lozano en su Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, estos llegaron a Córdoba debido a gestiones del primer Obispo, el dominico Fray Francisco de Victoria. Pusieron en marcha sus sandalias en esta dirección, partiendo de Tarija el 31 de agosto de 1586, los padres Francisco de Angulo y Alonso de Barzana, a quienes se sumaría el Padre el Juan Gutiérrez, acompañados del Hermano Juan de Villegas. Angulo traía consigo los avales del Santo Tribunal de la Inquisición cuya “celosa conducta” alaba Lozano, en el “cargo de Comisario en las tres Provincias del Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, donde ejerció aquel empleo con tal desvelo, en que no se manchase la pureza de la Fe Católica, que limpió las dichas Provincias de hombres sospechosos”. Por su parte, el “Venerable Padre Alonso de Barzana tenía ya merecido el glorioso renombre de Apóstol del Perú, con que le apellidaban todos universalmente”, y clamaba que lo enviasen “a tierras espaciosísimas de Gentiles, donde no hubiese penetrado aún la luz del Evangelio”.

No eran solo los nativos quienes debían ser evangelizados, sino también los propios españoles, como lo expresa el padre Joaquín Gracia, en su importante obra Los Jesuitas en Córdoba, de 1940: “Toda la Provincia tucumana necesitaba de quien desbastase la rudeza de sus naturales, más incultos que sus selvas, y alumbrase las tinieblas de su ignorancia, en la que vivían envueltos los mismos españoles, los cuales, en vez de servir de guía a los indios con sus costumbres cristianas, les eran tropiezo y escándalo con sus costumbres depravadas.”

Los jesuitas se detuvieron en las ciudades intermedias, donde predicaron, bautizaron, convirtieron a propios y ajenos. Respecto a Salta, cuenta Lozano que “había volado a esta ciudad la fama de los nuevos misioneros, con grande crédito de su santidad, y deseos ardientes de experimentar en beneficio de su nueva república los efectos de su apostólico celo. Conforme a estos deseos fueron las extrañas demostraciones de alegría en que se explican todos los ciudadanos, sin poderles cautelar la humildad de los nuestros.”

Se detuvieron luego en la ciudad de Esteco, “en lo temporal, la más florida de toda la Provincia de Tucumán”, aunque, por otro lado, refiere Lozano que allí “era universal la corrupción de costumbres” por haber carecido de sacerdotes durante veinte años. Y al cabo de un mes de estadía, dice el autor que “parece increíble que pudiesen tres Sacerdotes, en el corto espacio de solo un mes, conseguir tal mudanza, cual se admiró en la Ciudad, igualmente en los Naturales, que en los Españoles”. En Santiago del Estero, ciudad donde residía el Obispo Francisco de Victoria la llegada de los jesuitas fue apoteósica. La ciudad de más antigua fundación fue escenario de grandes hazañas espirituales entre el pueblo, y representaba el punto de partida de sus actividades siguientes. El Obispo Victoria mismo se dejó infundir entusiasmo y ansias por los sermones de los ardientes jesuitas, y despertó en él el deseo de visitar su Obispado. “A este fin -dice Lozano- determinó que “le acompañasen en ella los Padres Angulo y Barzana, quedándose en Santiago el Padre Gutiérrez, y el Hermano Villegas. La primera parte, a que quiso encaminar la Visita, fue esta Ciudad, donde era deseada su presencia, como que nunca habían visto a su Pastor, y sería utilísima la ida de los Misioneros, que en su dilatado distrito tendrían copiosa materia donde emplear su apostólico celo; y teniéndolos a su lado, lograría os aciertos a que anhelaba; porque fiaba más de sus dictámenes y oraciones, que de todas las diligencias de su prudencia.”

Dejamos un poco en suspenso la marcha hacia Córdoba del Obispo de Tucumán Francisco de Victoria, junto a los Padres Angulo y Barzana, para abrir una segunda línea narrativa que el propio Victoria puso en marcha, al despachar un enviado al Paraguay con el propósito, dice Lozano, de que “solicitase del Provincial de nuestra Compañía en aquellos Estados, enviase algunos fervorosos Jesuitas, que le ayudasen a llevar el insoportable peso que se había cargado sobre sus hombros en la Mitra de Tucumán; y le encargó los encaminase por mar al Puerto de Buenos Ayres…”.

Según el cronista de la Compañía, en respuesta al pedido de Victoria, “cinco fueron señalados, todos Sacerdotes: conviene a saber, los Padres Leonardo Armini, Napolitano (…), Juan Soloni, Catalán; Thomas Filde, Irlandés; Manuel de Ortega y Esteban de Grao, Portugueses. (…) Hiciéronse a la vela alegres, y gozosos en el Río Geneyro; y aunque gozando de navegación bien próspera, no experimentaron zozobra alguna en el golfo, estuvieron para irse a pique cerca del Puerto, cayendo en manos de Piratas, no lejos de el de Buenos Ayres, con los sucesos que dirá el Capítulo siguiente.”