Mejor buen ciudadano que artista militante

Ser artista y defender a un espacio politico no es incompatible. Cobrar por trabajar para el Estado, tampoco. Lo poco ético es cobrar del Estado por defender a un espacio político.

Por Javier Boher
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Como cada cosa que se tira a la arena del circo de la opinión pública, la asunción de Joe Biden a la presidencia estadounidense trajo profundas discusiones en el país. Muchos habrán discutido sobre política migratoria, otros sobre proteccionismo industrial y algunos otros sobre cómo enfrentará las consecuencias del covid. Sin embargo, el verdadero debate fue sobre los artistas.

Los que siguieron de cerca el acto pudieron ver el papel que desempeñaron numerosos artistas reconocidos internacionalmente, que forjaron su éxito independientemente de su adhesión a algún gobierno en particular. Cuando se comparaba el himno cantado por Lady Gaga con la fiesta argentina con Sudor Marika, no fueron pocos los que adujeron razones puramente estéticas a la elección de una artista sobre el otro.

Todo explotó cuando Florencia Peña tuiteó sobre la supuesta doble vara de los que se emocionaban con la presencia de los artistas en la asunción del demócrata, pero cuestionan la presencia de los artistas locales en actos partidarios del kirchnerismo.

Hay algo en lo que tiene razón y que no hay que pasar por alto. No toda adhesión política a un determinado espacio político significa que tal o cual artista es un delincuente o un ladrón. Tampoco alcanza con recibir pagos por parte del gobierno ante una prestación laboral. Ahora bien, cuando se combinan ambas cosas -apoyo al gobierno y cobro plata del mismo- la cosa se torna, cuanto menos, poco ética.

Todas las personas estamos atravesadas por una concepción política particular. No todas las políticas públicas nos parecen iguales, no todos los rumbos definidos nos dan lo mismo y ciertamente no todos creemos que cada una de las acciones de gobierno deba ser respaldada. De eso se trata la política.

El debate, en definitiva, tiene que ver con la idea de un Estado promotor de la cultura a través de la contratación, por distintos medios, de artistas de los más diversos rubros. ¿Es esa una función del Estado? ¿No conlleva la selección una especie de censura respecto a las otras opiniones o expresiones artísticas?.

A lo largo de las gestiones kirchneristas ha habido escándalos mayúsculos por artistas que han recibido abultadas sumas de parte del gobierno o trabajos en medios paraestatales u organismos descentralizados. El Estado como mecenas de propagandistas, no de artistas.

Ante eso, la decisión de los consumidores ha llegado a ser despiadada, optando por no asistir a los espectáculos de los más radicalizados y encendidos defensores de un determinado espacio político. Es que, en definitiva, los artistas también deben vivir de su trabajo, no de ser influencers de los políticos que mejor paguen.

Cultura y Estado

El rol del Estado en la difusión de la cultura es problemático. La idea de que desde el sector público se financie el acceso a la cultura (léase recitales, libros, películas) para que su consumo sea sin costo directo para quien lo consume trae aparejada la devaluación de que por esas cosas se paga. Así, en cada nueva y recurrente crisis, uno de los primeros sectores afectados es el de la cultura.

Lentamente, bajo ese mecanismo sólo queda como oferta aquella que el Estado está dispuesto a financiar. Por ende, sólo pasa a ser cultura aquello que el Estado define de tal forma con su acción.

No pensemos en situaciones excepcionales como la de la pandemia. Con bares y teatros cerrados, los humoristas y artistas de Córdoba han sufrido fuertemente el impacto. Muchos se las han rebuscado de manera improvisada, trabajando de cualquier cosa para sobrevivir.

En ese contexto y de manera amplia, la Agencia Córdoba Cultura le ha tendido una mano a decenas de personas impedidas de hacer la temporada con normalidad. Quizás el mecanismo no difiera mucho del que habitualmente se usa para los planeros multimediales, pero la situación es otra. Sin embargo, de sostenerse en el tiempo , la cosa terminaría pareciéndose.

De alguna manera existe la creencia de que los artistas tienen una especie de halo protector. Parecen seres sobrenaturales, porque pueden hacer cosas que para muchos otros son imposibles, como bailar, cantar, actuar, pintar y un largo etcétera. Ahora bien, que puedan hacer cosas extraordinarias no los convierte en seres extraordinarios: su opinión política vale tanto como la de un albañil, un futbolista, un ingeniero o un médico.

Que en un país empobrecido por una clase dirigente mediocre haya ciertos artistas queriendo ponerse primeros en la fila para cobrar desde el Estado un dinero para ensalzarlos, habla muy mal de su condición de artistas. También, por qué no, de su condición de ciudadanos.