Esta ciudad que odió y amó Sarmiento (Tercera Parte)

Los textos donde Sarmiento halla necesario poner a Córdoba en su lugar son varios y van desde sus primeros hasta sus últimos escritos. El tiempo de su vida intelectual no le alcanzó para notar en esta capital esos cambios de tendencia ideológica por los que él tanto había bregado.

Por Víctor Ramés
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Uno de los tantos retratos que circulan de D. F. Sarmiento.

Páginas diversas de Sarmiento proclaman su relación contradictoria con Córdoba. Naturalmente, no se trataba de un hombre enfrentado a una provincia, sino a quienes peroraban contra él, mostrando una mentalidad que el sanjuanino consideraba estructural a los cordobeses. Los argumentos se repiten, con diferentes palabras, como se repite la enumeración de las políticas que Sarmiento implementó mientras estuvo en el poder, para favorecer a Córdoba y para transformar esa mentalidad.

Volvemos a textos de los años ochenta del siglo XIX, cuando Sarmiento ya no estaba en el poder y transitaba los últimos años de su vida. En este caso se trata de opiniones intercambiadas con un cordobés amigo, el doctor Emilio S. Achával, en 1883. La extraemos del ya profusamente citado libro de José Manuel Eizaguirre, “Cartas desde Córdoba”, publicado en 1898. Decía Eizaguirre, al comentar la venta de ejemplares del libro de Sarmiento Conflicto y armonías de las razas en América:
“Me expliqué entonces aquella cuenta de Sarmiento cuando decía en carta a un amigo: «…. En Santiago se han colocado 66 ejemplares de Conflicto, 36 en Jujuy, 2 en Corrientes, 26 en Entre-Ríos, 42 en Tucumán, 62 en San Luis, 26 en San Juan, y ninguno en Córdoba, Santa Fe, Catamarca y La Rioja…». Atribuía esto el genial escritor, al espíritu «de los monaguillos y apaga luces» que eran sus enemigos aquí, y a viejos odios que el tiempo no había podido borrar ni dulcificar. Otro amigo le replicaba recordándole que en Córdoba no podían odiarle, porque le debían verdaderos progresos, obras iniciadas exclusivamente por él y que habían vinculado el nombre de esta ciudad a la ciencia, como el Observatorio Nacional, la Academia de Ciencias Exactas, la Exposición, etc., y por ahí, le agregaba que los odios tienen vida en las personas y por las personas y no en las ciudades o regiones por ellas mismas; (…) y que, si no leía, era …. ¡porque no compraba lecturas! El que así le hablaba era mi amigo el Dr. Emilio S. Achával, al que, en contestación, le dirigía el ilustre expresidente, la siguiente carta fechada en Buenos Aires el 11 de Julio de 1883.
«Mi estimado amigo: He recibido su carta manifestando sus dudas con respecto a lo que usted reputa odios, reconociendo voluntad· y aun creo buenos hechos que lo contradicen.
Puede ser que sin nombrarle publique sus pensamientos, porque creo que han de ser los de muchos allí. Es un fenómeno de nuestra pobre raza española, figúrese que unos cien hidalgos y cincuenta frailes, se establecieron en Córdoba hace tres siglos, y han vivido otro tanto aislados, porque no había vías de comunicación. Otro tanto sucedió con otros grupitos de población que después se han llamado provincias; pero que a causa de aquel antiguo aislamiento e incomunicación, hacen no digo como pueblos, sino como naciones distintas, atribuyéndose vida propia. Lo mismo sucede en toda la América. La España era siquiera un vínculo que nos unía: roto éste, usted ignora lo que pasa en Méjico, cree detestar a los chilenos, y toda la raza española está así dividida y diseminada en puchitos, despreciándose o aborreciéndose unos a otros. Así sucede que no se publica un libro en español, porque no hay quien lo lea. ¿Cuántos cordobeses habría para leer un libro? La experiencia hecha el otro día usted lo ha visto. En Santiago con su estado de civilización se han tomado 66 ejemplares, y puede usted juzgar por ahí.
No me justificaré pues ni entraré en explicaciones sobre mis sentimientos con este o el otro grupito, pero le contaré algo. Nacido en San Juan, tengo esa afección a ese grupito. Habiendo pasado mi juventud en Chile y siendo entonces y ahora muy estimado allí, se junta a mi patria esa afección: y residiendo en Buenos Aires, cuentan tres millones de hispano-americanos que quiero y forman un solo grupo. Si usted le agrega toda la República Argentina, porque no he estado nunca pegado a una provincia o ciudad, ya tiene usted una afección personal de cinco millones. Soy yo pues el que tiene una patria más grande. ¿Qué pensaré de la Rioja, de Jujuy, de Catamarca? – En Tucumán casi todo el pueblo me conoce y me ama. Creo que en Córdoba sucede lo contrario por la influencia que allí ejercen ideas y sistemas que yo combato. ¿Pero cree usted que lo combato por odio a los que han nacido en Córdoba? No. Sino por amor a toda mi patria, por deseo de destruir lo que la retarda, como me oye usted elogiar a los Estados Unidos, no por amor a sus habitantes, sino porque la libertad y el progreso humano brillan allí, y no en Córdoba. ¿Comprende ahora mi manera de ver? Pues disponga usted del aprecio de su afectísimo – D. F. Sarmiento.»

Para concluir, va la cita de un texto irónico de Sarmiento, Un Dios Guarango, incluido de manera póstuma en La Escuela Ultra Pampeana en 1900, aunque escrito en 1871.
“Habíase anunciado desde el púlpito la llegada de un masón, que como todos los de su especie tenía cola, y los niños andaban a caza de un masón, cuando dieron con un italiano vendedor de imágenes, y rosarios y escapularios, y al verlo los traviesos (guaranguitos) le caen encima, y una lluvia de terrones y barro e injurias le muestran al cuitado el peligro de vender imágenes de la Virgen, donde el vulgo, si bien cree en masones y en brujas, no usa zapatos ni gasta jabón.
Verdad es que beata, culta, instruida, jovial y elegante son vocablos que se excluyen en el Diccionario de Córdoba.
(…)
No sería malo, sin embargo, tocarles a los de afuera en donde sospechen que llevan enroscada la cola. Si les palpan cola, masones son y ¡a ellos! Pero cerciorarse bien, toquen bien, no les suceda (…) lo que vendría a ser ridículo, a más de guarango, estropear a un mercachifle de santos y escapularios, tomándolo por un emisario del diablo, en lo que no andaban muy descaminados acaso, porque el demonio se vale de todas esas maulas para descarriar las almas. ¡Toquen bien! y después ¡barro y lodo con ellos! que al fin es lo único que han dejado al alcance del pobre pueblo por allí…”.