Porque esto es África

La polémica por el uso del término “africanizado” deja a la vista la hipersensibilidad del progresismo local, que prefiere ofenderse por un término y no por la injusticia material promovida por su gobierno.

Por Javier Boher
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“Más vale callar y pasar por tonto, que hablar y despejar las dudas”, dijo Groucho Marx con una capacidad absoluta de resumir lo que suele distinguir a los adictos al uso de la palabra. Sin embargo, esa misma frase puede representar el infiero de abrir la boca en un contexto de hipersensibilidad y exagerada corrección política.

El fin de semana el periodista Pablo Sirvén habló de “conurbano africanizado” en una columna del diario La Nación y de a poco se puso a funcionar la pesada, pero aceitada, maquinaria del linchamiento público. Como si hubiese desarrollado una tesis sobre la superioridad racial y moral del porteño aristocrático, no faltaron los alegatos sobre el racismo del autor.

La exageración fue creciendo tan paulatinamente que en el día de ayer el INADI se pronunció al respecto, confirmando su tendencia facciosa y su selectividad a la hora de pronunciarse sobre el racismo, la discriminación y la xenofobia. Básicamente es una policía política dedicada a vigilar que el discurso opositor se ajuste a los estándares definidos por el gobierno.

Quizás el uso del término pueda ser poco feliz, pero no vale por sí mismo para pretender censurar parte del discurso público, por cuanto no incita al odio, al racismo ni nada similar. El autor hizo una referencia propia al lenguaje coloquial, compartida por muchísima gente a través del paso de los años.

A esta altura, tal vez el debate no debería orientarse al posible racismo de referirse al país como África, sino que debería tratarse de dilucidar las razones por las cuales el país se ha estancado en los indicadores sociales que antaño lo separaban del continente negro. Que hoy haya zonas del país -en el conurbano, el Gran Córdoba, CABA, el NEA o donde fuere- con indicadores subsaharianos debería ser más motivo de preocupación que una palabra que no dice mucho.

El racismo y la xenofobia existen en el país desde hace muchísimo tiempo, pero se han agravado sistemáticamente a los largo de las últimas décadas, en las que la concentración de la riqueza y el exterminio de la clase media han ido transformando la vida cotidiana en una lucha despiadada por recursos escasos, en donde siempre es más fácil proyectar las culpas a los diferentes en lugar de señalar a los dirigentes.

Racismo es Luis D’Elía hablando del sionismo internacional y las víctimas palestinas para atacar a un diputado argentino de fe judía. Racismo es Hebe de Bonafini echando a los bolivianos de la plaza. Racismo es Luis Juez y el pueblo futbolero hablando de que los rivales son peruanos y bolivianos. Racismo es Victoria Donda, titular del INADI, congelándole el sueldo en negro durante años a su empleada boliviana. Racismo es el diputado Ansaloni acusando de traidores a la patria a los judíos, sin que nadie diga nada para que el oficialismo no pierda un voto en su débil mayoría parlamentaria.

Hay que desterrar esa idea de que hablar de “africanización” o de “un día negro” perpetúan un modelo racista en el país. Que la policía le cobre coima a los vendedores senegaleses, que amenace con detener a los peruanos o paraguayos por una falsa tenencia de drogas o que no le brinde cobertura legal real a los inmigrantes -dejándolos a merced de los punteros-, eso sí es racismo.

El idioma castellano es fascinante, con palabras y recursos estéticamente fabulosos para describir o expresar ideas. Quizás no sea tan preciso como el alemán ni tan concreto como el inglés, pero sin lugar a dudas es hermoso. Lo que no puede hacer es cambiar una realidad que nos desagrada: por más que quieran decirles “barrios populares” a las villas miseria (una expresión que puede ser muy dura) sólo la buena gestión las va a hacer desaparecer, no las palabras bonitas.

El escándalo sobre la decisión de Sirvén deja a la vista que esos niveles de indignación que mostraron muchos colegas pueden traducirse más como una reacción defensiva que como un sincero rechazo a las expresiones. Con similares muertos en el placard (tal vez sea mejor hablar de no-vivos en lugar de muertos) muchos ven que la salvación está en criticar a los otros para que la policía del pensamiento no revise los archivos.

Se podrán discutir las causas por las cuales África es sinónimo de subdesarrollo, pero no se pueden discutir los datos que dicen que es una de las peores regiones del globo, con indicadores similares a los del conurbano y otros lugares de Argentina.

Otra cosa que no se podrá discutir es lo divertido de compartir el meme de Shakira bailando el Waka Waka del mundial de Sudáfrica cada vez que nuestra dirigencia mete la pata. Cada vez que nuestros políticos dejan a la vista su inoperancia, no nos queda otra que pensar en que eso ocurre “porque esto es África”.