Esta ciudad que odió y amó Sarmiento

Escritos de un anciano Domingo Faustino recorren su descripción de la Córdoba de los años veinte, y lo que tiene para agregar al desarrollo posterior de la ciudad son sus propias políticas como presidente, en los años setenta. Los textos son de 1888, el año de su muerte.

Por Víctor Ramés
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Litografía de L. Massard, 1874.

Para Sarmiento los templos, las capillas y conventos eran más que una postal de la ciudad colonial. Representaban una especie de campo minado para el proyecto liberal, una presencia maciza y palpable de una conspiración contra la corriente de la modernidad. Y ese es el paisaje con que fue acuñada la ciudad de Córdoba, lo cual no significa que no hubiesen cambiado varias cosas en la cultura cordobesa, desde los tiempos del Facundo. Buscando en escritos de la década del ochenta, de un Sarmiento anciano que se decide a repasar sus juicios en el Facundo sobre la ciudad de 1820, sesenta años atrás, se ve que en realidad el autor hallaba muy poco que enmendar. Es decir, nada. Como es sabido, el libro constituyó un símbolo, una construcción en parte imaginaria. Nadie buscará allí la biografía de Facundo Quiroga, y nadie hallará tampoco una verdad final sobre Córdoba. Como anotó el autor en 1881, cuando el libro ya ha tenido su efecto y su éxito sin par, en ocasión de la traducción de Facundo al italiano: “No vaya el historiador en busca de la verdad gráfica a herir en las carnes del Facundo, que está vivo; ¡no lo toquéis!; así como así, con todos sus defectos, con todas sus imperfecciones, lo amaron sus contemporáneos, lo agasajaron todas las literaturas extranjeras, desveló a todos los que lo leían por la primera vez, y la Pampa Argentina es tan poética hoy en la tierra como las montañas de la Escocia diseñadas por Walter Scott, para solaz de las inteligencias” (citado por Ricardo Rojas en su prólogo al Facundo en 1921).

En el tomo 48° de sus obras, La escuela ultra-pampeana, en un capítulo titulado Sesenta años después – La Pompeya Americana, Sarmiento revisa el peso del pasado en Córdoba y sus pasos hacia la modernización. Lo hace en 1888, el año de su muerte. Valiéndose de un parangón con un texto del francés Ernest Renan, se vale de conceptos de ese autor para reforzar (¡cuarenta años más tarde!) aquellas impresiones de la Córdoba de los años veinte, en el Facundo. Renán, en su libro Recuerdos de infancia y juventud, describía a la ciudad de Treguier, fundada trece siglos atrás en torno de un convento en la Bretaña, donde él había nacido. Sarmiento traslada estos juicios a la Córdoba argentina. Dice Renán:

“«Los conventos pulularon desde el siglo XVII. Calles enteras estaban formadas por las murallas de estas moradas claustradas. (…) La Revolución fue en apariencia un decreto de muerte para este nido de monjes. Pero las grandes construcciones preparadas de manera que no puedan servir sino para una sola cosa, reconstituyen casi siempre la cosa para que fueron construidas.

(…)

«La ciudad vino a ser en pocos años lo que había sido tres siglos antes, una ciudad enteramente eclesiástica, extraña al comercio, a la industria, un vasto monasterio, adonde no penetraba

ruido alguno del exterior, en donde se llamaba vanidad a lo que los otros hombres persiguen; y donde lo que los laicos llaman quimera, pasaba por la única realidad.»

A continuación de esa cita, Sarmiento reproduce sus conocidas páginas del Facundo sobre Córdoba. Es decir, más de lo mismo, y de lo ya antiguo, hasta para el propio sanjuanino. Sin embargo, también en este caso el odio-amor depara otros conceptos sobre la Córdoba que floreció desde 1868: sí, durante su presidencia. Se refiere a avances impulsados por él.

“Pero no discutimos ni creencias ni dogmas. Córdoba no había, hasta 1868, entrado en la vida de la sociedad moderna.

Desde entonces se llevaron Exposiciones industriales, telégrafos, ferrocarriles, y se le dieron rentas para difundir la enseñanza, y se le añadieron ciencias naturales para suplir a los cinco años suprimidos de teología. Estamos en 1888, quince años después, y es fácil apreciar los cambios experimentados en Córdoba desde entonces. Son poco sensibles, sin embargo. Ni industria, ni riqueza, ni ciencia, ni difusión de la enseñanza se hacen notar.

Ya lo hemos visto en Tucumán, y aun en Santiago. El cambio es rápido como si el ferrocarril fuese un canal de irrigación aplicado a un campo fértil pero sin agua. Santa Fe se ha trasformado, San Juan es más generalmente educado que Córdoba y está muy preparado para la industria y ya empieza a tenerla en su viticultura.

¿En educación, riqueza, industria han avanzado las ideas en lo íntimo de la sociedad de Córdoba?

Esta es cuestión de difícil respuesta, pues siendo los hombres cultos, los más aventajados o los más preocupados los que se encargan de responder, corren riesgo de juzgar a la sociedad por su propia medida, ya creyéndola avanzada a su altura, ya no comprendiendo en qué forma está deprimida.”

Más adelante, mientras recorre sus logros dedicados a Córdoba (el ferrocarril, la Exposición de 1872, el Observatorio Astronómico), Sarmiento cuenta en tercera persona, un hecho que le ocurrió durante la citada Exposición y que, en definitiva, le permite mostrar una “tara” cordobesa.

“Al día siguiente de la llegada a Córdoba del Presidente, se levantó con el sol y salió solo a buscar la casa en que paró siendo niño en 1820, no recordando nombres propios, pero teniendo grabadas en la memoria ciertas señas que podía reconocer. No fue feliz en esta excursión, pero llamóle la atención una construcción de Iglesia abandonada desde su origen, tras del Convento de San Francisco; y como en San Juan había hecho de una construcción de templo de San Clemente, la escuela que hoy se llama Sarmiento, creyó poder hacer lo mismo en Córdoba. Inquirió quien corriese con ello, y le designaron al canónigo Vélez, hermano del Editor de El Eco de Córdoba, como Síndico de la Cofradía de los bienes de aquel Convento.

Expúsole el caso, ofrecióle dos mil fuertes, pidiendo se cediese para escuela, aquella construcción abandonada, etc. El canónigo se reservó contestar, y lo hizo a poco favorablemente, a condición de que el proponente firmase una declaración de que ¡nunca habría en aquella escuela un maestro protestante!!

¡La enfermedad crónica cerebral!”