Esta ciudad que odió y amó Sarmiento

La ciudad de Córdoba aparece muchas veces en textos de Sarmiento, desde el “Facundo” de 1845, en que refiere la ciudad vista en su niñez, hasta diversos textos de la última década de su vida, en los años ochenta, tal vez menos difundidos.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Sobre un retrato de Sarmiento en los años cuarenta, en que escribió “Facundo o Civilización y Barbarie”.

Domingo Faustino Sarmiento le dedicó a Córdoba bastantes páginas, desde la ciudad del 1820 descripta en el “Facundo”, que conoció brevemente cuando aún no dejaba la niñez, hasta la ciudad de sesenta años más tarde, analizada en otros textos, incluido cartas, tras concluir su primerísimo primer plano como ciudadano de la república, en el más alto cargo. Además, hay que decir que Sarmiento, al situarse a si mismo en el lugar del celo modernizador, tomó a Córdoba como una ciudad clave en la política nacional, por sus rémoras tradicionalistas a aventar, y también por el lugar que él preveía de la ciudad y de la provincia en la Argentina del “mañana”. En ese sentido, Sarmiento escribió parte del destino cordobés.

Aquí recorremos algunos textos, de más a menos conocidos, sumando páginas más recónditas o menos difundidas del sanjuanino sobre Córdoba, ciudad a la que, al decir de la investigadora Ana Clarisa Agüero, “lo unen la fascinación y el desprecio”.

Es clásica la reconstrucción que hace en el Facundo de 1845 de la Córdoba que había visto de niño. Esos párrafos dieron cuenta de una ciudad conservadora y estancada, y son famosas sus alusiones al encierro entre barrancas, a la urbe atravesada por torres con cruces, cuyo pueblo gira en torno a una Alameda que no conduce a ninguna parte.

Es difícil no ceder a la cita de un texto tan emblemático, que Sarmiento arranca a partir de la belleza de Córdoba bajo la oblicua luz de la memoria, con su matiz colonial, para ir introduciendo de a poco el aguijón de su mirada:
“Córdoba era, no diré la ciudad más coqueta de la América, porque se ofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades más bonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terreno elevado, llamado Los Altos, se ha visto forzada a replegarse sobre sí misma, a estrechar y reunir sus regulares edificios de ladrillo. El celo es purísimo, el invierno seco y tónico, el verano ardiente y tormentoso. Hacia el oriente tiene un bellísimo paseo de formas caprichosas, de un golpe de vista mágico. Consiste en un estanque de agua encuadrado en una vereda espaciosa, que sombrean sauces añosos y colosales. Cada costado es de una cuadra de largo, encerrado bajo una reja de fierro de cuatro varas de alto, con enormes puertas a los cuatro costados, de manera que el paseo es una prisión encantada en que se da vueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega, que está inmóvil en el centro del fingido lago. En la plaza principal está la magnífica catedral de orden romano, con su enorme cúpula recortada en arabescos, único modelo que yo sepa que haya en la América del Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra está el templo y convento de la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampa que da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la ciudad y van a parar no se sabe todavía adónde; también se han encontrado los calabozos en que la Sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queréis, pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y las formas de aquella célebre orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de sus grandes establecimientos centrales de América.”

Córdoba encarna, en el plan del Facundo, la ciudad regresiva, donde hasta los lazos familiares con el clero conocen de diferencias de clase También apunta Sarmiento a la inmoralidad que contenía el mismo seno de las órdenes religiosas.
“En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, un monasterio o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tenía entonces un clérigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres se contentaban con poder contar entre los suyos un belermita, un motilón, un sacristán o un monacillo. Cada convento o monasterio tenía una ranchería contigua, en que estaban reproduciéndose ochocientos esclavos de la orden, negros, zambos, mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de piernas bruñidas como el mármol; verdaderas circasianas dotadas de todas las gracias, con más de una dentadura de origen africano, que servía de cebo a las pasiones humanas, todo para mayor honra y provecho del convento a que estas huríes pertenecían.”

Incluso la Universidad, bastión letrado desde la colonia temprana, canta tiempos perimidos para el autor del Facundo. Un claustro a airear. Y la vida cultural cordobesa sufre del mismo atraso (hasta 1829, aclara el sanjuanino).
“Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la célebre Universidad de Córdoba, fundada nada menos que el año de 1613, y en cuyos claustros sombríos han pasado su juventud ocho generaciones de doctores en ambos derechos, ergotistas insignes, comentadores y casuistas.
(…)
Muy distinguidos abogados han salido de allí, pero literatos ninguno que no haya ido a rehacer su educación en Buenos Aires y con los libros europeos.
Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció la ópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no ha podido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y escolástico; la conversación de los estrados rueda siempre sobre las procesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios, profesión de monjas, recepción de las borlas de doctor.”

Sin embargo, no acabará el Facundo sin alguna reivindicación de Córdoba. 1829 marca un límite: el recibimiento que Córdoba le dispensó al Gral. Paz tras el triunfo de La Tablada, la recomendaba “poderosamente para el porvenir”. Fue como si las virtudes de Córdoba, la ciencia, las luces, la civilización, se revelasen cuando “los doctores como los jóvenes, el clero como las masas, aparecieron desde luego unidos bajo un solo sentimiento, dispuestos a sostener los principios proclamados por el nuevo orden de cosas. Paz pudo contraerse ya a reorganizar la provincia y a anudar relaciones de amistad con las otras.”