Otra vez el “Operativo Colectora”

Como cada vez que la opinión pública no acompaña, el peronismo lanza su línea B para seguir manteniendo copado el mercado y seguir definiendo el rumbo del país.

Por Javier Boher
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El peronismo es el partido del poder, aunque a algunos no les guste o aunque ellos mimos se señalen a su momento para negar que sea el verdadero peronismo el que gobierna. La realidad indica que desde la llegada de Perón al poder, la mayor parte del tiempo el gobierno fue ejercido por él o sus seguidores.

Aunque los caprichos del frentismo y los acuerdos de poder digan que sólo Perón y Menem fueron elegidos por el Partido Justicialista, nadie puede dudar de la pertenencia política de quienes han ejercido la máxima autoridad en el país.

El peronismo se ha acostumbrado tanto a ser el partido del poder que no sabe cómo se ejerce cuando está del otro lado. A la habitual confusión entre Estado y partido (usando los recursos públicos como si fuesen partidarios) se le suma el manejo de todos los resortes paraestatales para la no confrontación por las decisiones.

La experiencia dicta que la actitud de los sindicatos y otras organizaciones de base difiere mucho cuando se trata de un gobierno alineado al movimiento o cuando se es de otro color político. Si bien la destrucción del tejido productivo ha licuado esta capacidad extorsiva de los gremios (se reduce la cantidad de trabajadores sindicalizados por el aumento del desempleo y la informalidad) siguen siendo actores de peso en algunas áreas clave de la movilización política.

Pese a todo, este año no parece que todo eso alcance. La caída en la imagen del gobierno, las bajas expectativas para la performance económica y la siempre latente posibilidad de volver a suspender las clases han pegado de lleno en la imagen de una lánguida clase media que se resiste a deponer sus aspiraciones de consumo o de superación.

Esta situación ya ha empezado a preocupar a algunos dirigentes, que entienden que la polarización no es un negocio para ninguno de los polos en cuestión. Pese a ello, es menos el negocio para el gobierno, que no puede darse el lujo de perder una elección de medio término contra un espacio político que no sólo representa a su rival, sino que además puede presentar un relato más o menos articulado para vender como alternativa.

Quizás por eso se empezó a volver a ver -como tantas otras veces- el “Plan Colectora”. Cada nuevo peronismo que dice renegar de la ‘peronitud’ del que está en el gobierno se ofrecerá como alternativa peronista para destronar al falso peronismo en nombre del verdadero peronismo. Como en un trabalenguas, gana el que hace confundir al desprevenido.

No hay dudas de que el peronismo dividido -algo casi imposible- se presenta vulnerable para retener el poder. Esa situación atípica se vivió en 2013 y 2015, cuando la presencia de Sergio Massa redujo las chances del kirchnerismo de triunfar con la candidatura de Scioli.

La aventura Lavagna fue exitosa dos veces, la primera para esmerilar la candidatura opositora de Elisa Carrió y luego para asegurar el triunfo de Alberto Fernández. Los desprevenidos suelen confundirse en el camino. Ahora intentó levantar nuevamente su perfil para capturar voto ingenuo y vender sus diputados a un oficialismo necesitado. No hay que confundir oposición colaborativa con oficialismo con adjetivos: no son pocos los cuadros lavagnistas que se han sumado al gobierno.

Otra vez llegará el turno de votar en agosto -si no se suspenden las PASO- y en octubre para saber cómo evalúa la gente la gestión de gobierno. Habitualmente suelen ser paradas favorables para los oficialismos, pero con mayor dispersión de voto. La ausencia de un candidato presidencial conspira contra la polarización.

Este año, sin embargo, el rumbo del gobierno empieza a hacer mella en el ánimo de la gente a la que la carne le subió casi 100%, que no ha podido trabajar libremente, que ha tenido a sus hijos en casa todo el tiempo, que está por tener un nuevo aumento a los combustibles, que no puede salir a divertirse o que no se termina de convencer de que todo eso se deba a la pandemia.

Las aventuras con colectoras suelen ser una herramienta importante para el peronismo, que se puede asegurar una mayor cantidad de representantes a través de la modificación de su máscara de turno. Por eso cuesta entender los esfuerzos de algunos dirigentes por unificar al Frente de Todos con Hacemos por Córdoba, cuando divididos podrían mejorar su performance restando votos a Juntos por el Cambio.

Nueve meses en este país son muchísimo tiempo como para arriesgar resultados. Sin embargo, la estrategia parece clara: salir a pescar desprevenidos con listas alternativas del peronismo, ese que ha llegado a encontrar una adhesión de más del 60% si se suman todas las opciones que se referencian en el General.