Sonaron los deejays

Mediante aplicaciones que funcionan al estilo de Shazam, pero que trabajan sobre bases de datos mucho más abarcadoras, las entidades encargadas de combatir el uso ilegal de una composición que posee copyright pueden detectar si un DJ introduce determinada canción en su set.

Por J.C. Maraddón

Primero fueron las discotecas, como ámbito de diversión juvenil en el que se difundían las canciones de moda que tuvieran ritmos bailables, para que el público bailara y bebiera, encandilado por los juegos de las luces reflejadas en la bola de espejos. E inmediatamente después fueron los deejays, como animadores de esas celebraciones, que a través de la mezcla de temas musicales diversos, generaban el clima más adecuado para que la pista ardiera. En esa combinación encontramos los orígenes de un ritual moderno que, si bien como tantas otras cosas resultó herido por la pandemia, no ha caído en desuso y espera redimirse cuando pase el temor.

En los años ochenta, una vez concluido el reinado de la música disco, en los boliches se empezaron a demandar las remezclas, que muy pronto fueron el combustible de las noches de fiesta. Productores de las grabaciones, a partir de las cintas originales, adicionaban una percusión más marcada y resaltaban los tonos graves para obtener una versión extendida de un hit que se hacía escuchar en la radio pero al que, tal vez, le hacía falta un poco más de pimienta para que los bailarines dejaran fluir sus impulsos al entrar en sintonía.

Ya hacia finales de esa década, con el house como tendencia danzante y el hip hop en pleno ascenso, entraron a jugar nuevos recursos para los creadores de música bolichera. El sampler fue el gran descubrimiento que les permitió desarrollar hasta el infinito sus posibilidades de ensamblar sonidos extraídos de los lugares más insólitos, aunque todavía era factible identificar su origen y con ello el asunto de la autoría entró en el terreno judicial. En lo subsiguiente, se debió compartir la propiedad intelectual con el compositor del que se extrajeron sampleos y con eso pareció haberse arribado a un acuerdo salomónico.

Pero la tecnología siguió avanzando y eso que antes se lograba en un estudio pasó a ser una herramienta disponible para los DJs que tocaban en vivo, un salto que volvió inútiles las pretensiones de que ningún material registrado a nombre de alguien, pudiese ser reutilizado sin que se pagasen los derechos a quien correspondiera. La proliferación de eventos de música electrónica animados por disc jockeys cuya habilidad consiste en mezclar y producir piezas sonoras en directo a partir de contenidos preexistentes, hizo que fuera utópica la aplicación de una legislación que no preveía estos modos de reproducción actuales.

Cuando se retome la costumbre de asistir a ese tipo de convocatorias, según lo que informan las revistas especializadas, podría ponerse a prueba una novedad que estaría en condiciones de empezar a resolver el problema. Mediante aplicaciones que funcionan al estilo de Shazam, pero que trabajan sobre bases de datos mucho más abarcadoras, las entidades encargadas de combatir el uso ilegal de una composición que posee copyright pueden detectar si un deejay introduce determinada canción en su set, así sea apenas un segmento casi ilegible para el público que está bailando sin percibir los detalles de lo que se propala.

Quizás este método de reciente aparición obligue a cambiar la forma en que venían realizando su tarea los amos de las cabinas, aunque lo más probable es que ocurra lo mismo que pasó en su momento, cuando se acordó la forma en que se autorizan los samplers: que una parte de lo recaudado vaya a manos de quien proveyó la materia prima y punto. Una polémica que se suma a las tantas desencadenadas por los vacíos legales que existen al tratar de reglamentar actividades del siglo veintiuno mediante normativas que, en muchos casos, ya habían quedado perimidas en el siglo veinte.