Córdoba anotada por el Cosmógrafo Mayor (Segunda Parte)

Al proseguir la lectura de la Relación del doctor Cosme Bueno, aparecen sobre Córdoba descripciones reconocibles, castigos divinos y amenaza de los vientos que provocan la muerte repentina.

Por Víctor Ramés
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El Cosmógrafo Francisco Antonio Cosme Bueno, retrato de 1860.

Publicada a lo largo de once años, entre 1767 y 1778, la Relación Geográfica del Virreinato del Perú era un documento solicitado por funcionarios de la Corona española, pero las circunstancias permitieron a su autor, Francisco Antonio Cosme Bueno, dar a conocer su contenido -que era de gran interés para los lectores del ámbito peruano de su tiempo- a medida que realizaba los estudios. Lo hizo a través de una publicación anual llamada El Conocimiento de los tiempos. Esto ayudó a convertir la obra en un clásico de la literatura virreinal.

El Cosmógrafo del Perú había venido de Aragón a los veinte años, y tenía cuarenta y siete cuando inició su tarea de retratar el extenso territorio en 1757, con ayuda de sus hijos. En su descripción de la Provincia del Tucumán, de la cual Córdoba era la capital, el autor señaló aspectos como la posible riqueza minera, el comercio de mulas y el peligro de los pueblos originarios. Prosiguiendo sus apuntes, Cosme Bueno enumera la línea de fuertes destinada a contener los ataques indígenas, y reseña la organización política del territorio.

“Los fuertes que hay al presente en las fronteras son: el Río Negro, el de Ledesma, Santa Bárbara, el Piquete, el Fernando, en el Río del Valle otro piquete, el Tunillar, S. Luis de los Pitos, y la Estancia del Rey, el Fuerte de Balbuena, el de S. Estevan de Miraflores. Hacia Córdoba el Fuerte del Sauce, el del Tío para contener los indios Pampas. Con esto y con la vigilancia de no ser sorprendidos, goza hoy de quietud la Provincia. A que debe agregarse que las conversiones, o pueblos de reducciones, sirven también para contenerlos de algún modo.

Esta Provincia solo tiene un Gobernador, el cual goza del vice-patronato. Hace mercedes de tierra y confiere las encomiendas vacantes de indios tributarios, con cargo de confirmación siendo las mayores, y sin este gravamen las menores. Puede considerarse como compuesta de siete Provincias, o a lo menos de 7 partidos, respectivos a 7 ciudades que comprende. Estas son: Córdoba, Santiago del Estero, S. Miguel de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja. Todas con cabildos, alcaldes y oficios correspondientes.”

Ya refiriéndose en particular a Córdoba, detalla las dignidades eclesiásticas de la misma, cita la presencia de habitantes ricos y menciona la fecha y sitio de su fundación:

“Córdoba es la capital: su cabildo eclesiástico se compone de 3 dignidades: Dean, Arcediano, y Chantre. Dos canonjías, Magistral, y otra de Merced. Suprimióse pocos años hace la de Tesorero. Hay familias distinguidas, y no pocos sujetos de conocido caudal. Fue fundada en 31 g. 20 minutos de latitud, y 312 g. de longitud por D. Gerónimo Luis de Cabrera en 1573, siendo Gobernador de esta provincia nombrado por D. Francisco de Toledo. El sitio en que se fundó era el país de los Comechingones, en el asiento de estos llamado por ellos Kiskisakate, cerca Río que del llaman Zuquía, después Río de S. Juan y al presente Pucara. Puso por nombre a la Prov. Nueva Andalucía: por inconvenientes que se hallaron fue trasladada a la parte meridional del Río. Su fundador dedicó entonces la Iglesia parroquial a Ntra. Sr. de la Peña de Francia, disponiéndose celebrarse su fiesta el día de la Concepción con obligación de correr todos en la plaza principal.”

Al caracterizar el río de Córdoba, el cosmógrafo Cosme parece revelar tempranamente el posible origen del bajo consumo de pescado en la ciudad: se debería a un castigo divino que solo dejó vivas a las viejas del agua y vino a abonar una cultura cuatricentenaria de no ingerir los bíblicos frutos del río.

“El Río camina de poniente a Oriente, y a pocas leguas acaba en una laguna embebiéndose en la tierra.

Este río en otro tiempo fue abundante de pescado. Vino un día un nublado tan horrible de granizo, que acabo con él, sin que hasta hoy se halle más de tal cual de una especie que allí llaman viejas. Atribúyese esta desgracia a la poca o ninguna observancia del ayuno de sus moradores, no obstante haberles dado la Providencia en aquel río el pescado necesario para el cumplimiento del precepto. Tiene esta ciudad el peligro de ser inundada en tiempo de aguas por la abundancia de ellas, que baja por una cañada contigua, que a no ser por algunos parapetos, que se renuevan cada año, fuera inhabitable la mitad de ella. Tubo cajas reales, que por orden del Rey pasaron a Jujuy, donde hoy están.”

Otro tópico al que hace su contribución anticipada la descripción de Cosme Bueno, es la cuestión de las muertes repentinas, preocupación de vieja data en las caracterizaciones de Córdoba, y que el autor atribuye a la inconstancia de los vientos.

“Solo se experimentan en esta Ciudad dos vientos generales, que son el Norte, y el Sur; los que suelen alternarse en un mismo día; causando a veces grandes tempestades de truenos, y rayos. Se observan allí

muchas muertes repentinas; lo que se atribuye a la inconstancia del temperamento; pues cuanto tiene de caliente el Norte, tanto tiene el Sur de frío.”

Para ampliar consideraciones sobre esos fallecimientos repentinos, puede citarse a Luis Rodolfo Frías quien en su Historia del dique San Roque, destaca en Córdoba “la frecuencia impactante de las procesiones, el temor a la muerte repentina, sobre todo en el mes de agosto”. El mes de agosto, nuestro invierno, es parte del folklore de la ancianidad. Otro documento local, de 1883, caracteriza el clima de Córdoba y señala que la ciudad “es infestada de graves, varios y mortales accidentes, en el tránsito de una estación a otra, y aun de muertes repentinas, sin que hasta ahora sus Físicos puedan descubrir la causa de ellas”. Un dato más moderno para el cierre, se encuentra en la Geografía de Córdoba de Manuel Ríos (1895): “En la mortalidad por muerte repentina o súbita se observa el máximum en la segunda mitad del año (principalmente de julio a octubre), en la edad de 30 a 40 años, en una proporción mayor de mujeres que de varones, y más frecuentemente en las personas enfermas del corazón o de los vasos.”