Ya nadie recuerda esos tambores

Cuatro décadas después de que los raros himnos tribales del grupo inglés Adam And The Ants se hicieran escuchar en el hemisferio norte y bajaran a cuentagotas hasta estas latitudes, resulta difícil encontrar músicos que citen a esa exótica banda post punk entre sus influencias.

Por J.C. Maraddón

En enero de 1981, Inglaterra se vio sacudida por un fenómeno musical que, pese a ser efímero, alimentó expectativas acerca de un sonido novedoso que podía ejercer como relevo del punk, ese terremoto artístico que sacudió la escena rockera británica a mediados de la década del setenta. De hecho, por detrás de esta gran nueva cosa que fue bienvenida por la juventud inglesa estaba Malcolm McLaren, el exmánager de los Sex Pistols, quien tras el abrupto final de esa banda salió en búsqueda de nuevos pupilos para manejar y se hizo cargo de varios grupos con los que intentó aplicar sus particulares tácticas de marketing.

Entre los que requirieron sus servicios debe mencionarse a Adam And The Ants, un nombre que había empezado a esparcirse durante la era punk y que al momento de publicar su primer disco ya había ingresado en la escudería de Malcolm McLaren. Todavía se encontraba en esas filas cuando en noviembre de 1980 salió a la venta “Kings Of The Wild Frontier”, el segundo álbum, que fue el que los catapultó a la fama y que hace cuarenta años, en las primeras semanas de 1981, desplazó a “Super Trouper” de Abba y saltó al número uno de ventas en Gran Bretaña.

¿Qué tenía de distinto esa obra para sorprender a un mercado como el inglés, que ya parecía haber agotado su capacidad de asombro con las excéntricas propuestas de la punkitud y sus raros peinados, sus piercings y sus poses provocadoras? El look extravagante del líder Adam Ant y el no menos llamativo de sus compañeros, tenía como complemento una energía proverbial en sus canciones, que además de una rítmica muy sincopada ofrecían unos coros tribuneros que acentuaban el atractivo. Singles como “Kings Of The Wild Frontier”, “Dog Eat Dog” y “Antmusic” ayudaron a que el long play tuviera más demanda aún.

La crítica encontró que la percusión omnipresente de Adam And The Ants estaba influenciada por una corriente oriunda de Burundi, lo que llevó a que su estilo fuese apodado como “nuevo tribalismo”, en el afán de meter dentro de alguna categoría eso que ellos hacían y que tan original parecía para un panorama internacional entusiasmado con la new wave. Los peinados con crestas y plumas también coloreaban de cierto pintoresquismo aborigen ese producto que, lejos de provenir del tercer mundo, se originaba en la usina del Reino Unido que, desde los Beatles en adelante, alternaba con Estados Unidos el manejo del timón.

Al momento en que Adam And The Ants sacudía la superficie musical de comienzos de los ochenta y disfrutaba del suceso de “Kings Of The Wild Frontier”, Malcolm McLaren ya se había involucrado con otro de sus inventos, el grupo Bow Wow Wow, para cuya integración había reclutado a parte del plantel que rodeaba a Adam Ant. El cantante, ante este desbande, sumó al guitarrista Marco Pirroni, que provenía de Siouxsie & The Banshees, y junto a él compuso los hits de la etapa más gloriosa de la banda, hasta que en 1982 la sociedad se separó.

Cuatro décadas después de que sus raros himnos se hicieran escuchar en el hemisferio norte y bajaran a cuentagotas hasta estas latitudes, resulta difícil encontrar músicos que citen a Adam And The Ants entre sus influencias. Sólo algunos de los números centrales de la escena industrial de los noventa, como Nine Inch Nails y Prodigy, supieron mencionarlos como referencias lejanas. Ni siquiera la fiebre revivalista que azota este siglo, logró arrebatar de las garras del olvido a ese extraño experimento que habitó el territorio minado por las esquirlas del estallido punk, bajo un padrinazgo que en ese entonces era sinónimo de éxito.