El hit inconveniente

El documental “Zappa”, estrenado hace algunas semanas, muestra de la plenitud al ocaso el genio y la figura de ese músico estadounidense, desde una mirada en la que predomina el afecto y la admiración de quienes lo rodearon, aunque no se ocultan sus aristas más polémicas.

Por J.C. Maraddón

La zanahoria del éxito es el engranaje que mueve la rueda del negocio discográfico desde el comienzo de los tiempos. Antes, cuando los músicos se regodeaban con sus creaciones y se las rebuscaban para ganarse el pan a través de ese talento, no existían medios masivos de comunicación que difundieran sus obras ni que lo pusieran en la portada como señuelo para que sus álbumes eleven la cotización. No había aparatos para reproducir la música, no había estudios de grabación ni había discos. Y si alguien quería escuchar una canción debía interpretarla él mismo o buscar a otro que pudiera hacerlo.

Con la llegada de la industria fonográfica todo eso sucumbió y se puso en movimiento una insensible maquinaria destinada a fabricar un suceso, como si no intervinieran factores azarosos en ese proceso de producción. Si un artista provocaba un boom de ventas era consagrado como ídolo y obtenía respaldo publicitario. Y si no movía el amperímetro se recibía de fracasado y, en caso de no darse por vencido, estaba sentenciado a volver a intentarlo todas las veces que fuese necesario, inclusive cambiando la esencia de su estilo con tal de gustar al gran público y de ser recompensado con el aplauso.

Si bien su discurso se presentaba como contracultural y poco afín a la sociedad de consumo, el rock contribuyó desde un primer momento a fortalecer este esquema que ya llevaba varias décadas de vigencia, pero que desde los años cincuenta y sesenta llegó al máximo de su expresión. Jóvenes que le cantaban a la rebeldía y al desenfado, entregaban lo mejor de sí con el propósito de trepar al número uno de los charts, un estatus al que deberían haber aborrecido si hubiesen sido consecuentes con su prédica. Sin embargo, a sus fans esto no parecía preocuparles demasiado.

A finales de la década del sesenta la psicodelia y la cultura hippie aportaron otras perspectivas que tenían como objetivo derribar las viejas estructuras y construir en su reemplazo un nuevo paradigma que alentase la posibilidad de vivir en un mundo mejor. Con su ropa colorida, sus pelos largos y sus barbas, muchos de los voceros de este movimiento también cayeron en la tentación de convertirse en best sellers y durante ese periodo sus composiciones estuvieron de moda, erigiéndolos en estrellas y agregándoles ceros a sus cuentas bancarias, fortunas que servirían para financiar excesos y desmesuras a granel.

Emergente del cóctel explosivo que era la California de esos años, Frank Zappa fue considerado en sus inicios como un freaky más de los tantos que subían a desvariar sobre el escenario en ese entonces. Pero muy pronto se pudo advertir que la suya era una locura inclasificable, que respondía al espíritu de la época pero que no encajaba con ninguna de las categorías que la crítica habilitaba para clasificar los estilos más novedosos. Primero junto a los Mothers of Invention y luego por su propia cuenta, reinó en su feudo sonoro durante unos 30 años, hasta su muerte en 1993.

El documental “Zappa”, estrenado hace algunas semanas, muestra su genio y figura desde la plenitud hasta el ocaso, a partir de una mirada en la que predomina el afecto y la admiración de quienes lo rodearon, aunque no se ocultan sus aristas más polémicas. Como, por ejemplo, su rechazo a cualquier esfuerzo por meter un hit, al punto de boicotear sus canciones para que de ninguna manera pudiesen rotar en la radio. Gracias a esa excentricidad, logró quedar afuera de la danza de las tendencias y se dio con el gusto de hacer lo que le venía en gana y de plasmarlo en una discografía inagotable.