Schiaretti resiste restricciones de Fernández y Kicillof

El presidente Alberto Fernández está preocupado por la nueva suba de casos de coronavirus en la Argentina. O, para ser más exactos, en la porción del país que tanto él y como el Frente de Todos consideran que es la Argentina, esto es, la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires.

Por Pablo Esteban Dávila

El presidente Alberto Fernández está preocupado por la nueva suba de casos de coronavirus en la Argentina. O, para ser más exactos, en la porción del país que tanto él y como el Frente de Todos consideran que es la Argentina, esto es, la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. Desde el comienzo mismo de su gestión quedó claro que el suyo es un gobierno unitario y que sus mayores afanes se concentran en el AMBA, por lo que no debería extrañar que este sesgo territorial contamine la mayor parte de sus acciones de gobierno.

Esto es lo que ha ocurrido con su flamante decisión de limitar la circulación nocturna en todo el país entre las once de la noche y las seis de la mañana. Aunque ha tenido la prudencia de dejar en manos de los gobernadores la decisión final, el destinatario de este paraguas no es otro que Axel Kicillof, el protegido de Cristina Fernández. El bonaerense se encuentra asustado por los contagios y, un dato no menor, también por las predicciones apocalípticas de sus expertos sanitaristas.

Para gente que adora el intervencionismo económico sobre cualquier actividad, la imposición de restricciones en diferentes ámbitos de la vida social debe entenderse como inmanente a su cultura política. Aquellas se exacerban, naturalmente, cuando son establecidas con el declamado propósito de cuidar a la población. La tutela gubernamental de las actividades humanas es uno de los principales vectores de las convicciones populistas, cuyos cultores no creen mucho ni en la responsabilidad ni en la libertad individuales. El virus, en este sentido, les ha venido como anillo al dedo, tal como se ha visto en meses anteriores.

Ahora bien, una cosa es adorar la imposición de limitaciones y otra cosa muy diferente es lograr que se cumplan. Los intendentes de la costa atlántica, muchos de ellos parte del oficialismo, han puesto reparos en que las nuevas medidas puedan ser en efecto aplicadas, especialmente entre los jóvenes. Sus municipios están en plena temporada turística y nadie se hace ilusiones sobre que los veraneantes estén dispuestos a cancelar su vida social solo porque se los exija Fernández o Kicillof.

En el resto del país, aquel que el presidente consulta sin demasiada pasión, hay un poco de todo. En algunas provincias los contagios crecen con fuerza, por caso La Pampa, mientras que otras, como Mendoza, tienen una situación estable. De cualquier manera, es muy probable que la mayoría de las jurisdicciones peronistas adopten con mayor o menor entusiasmo la perspectiva presidencial y que las opositoras (que apenas son tres, dejando de lado a CABA) prefieran seguir sus propias estrategias.

Dentro de este contexto sobresale la posición de Córdoba. Ayer el propio Juan Schiaretti confirmó personalmente y en conferencia de prensa que la provincia no adherirá a las restricciones que impulsa la Casa Rosada y que, en su lugar, incrementará los testeos y las camas críticas. Es un contraste evidente con la nueva política nacional. Además, debe decirse que estos anuncios contaron también con interesantes pinceladas semióticas que incentivan las suspicacias. Por ejemplo, el gobernador admonizó que “nunca diremos que estamos mejor que otro o nos compararemos con otros” y que “se equivoca totalmente el que crea que con discursos va a ganar contra la pandemia”.

¿Fueron tiros por elevación al presidente? ¿No fue, acaso, Fernández el primero en confrontar los “éxitos” argentinos contra los “fracasos” de Suecia o de Chile en la lucha contra el Covid-19? El analista no puede menos que sonreír con malicia ante las expresiones del gobernador y continuar haciéndolo al recordar que, asimismo, el tándem Fernández – Kicillof hubo de mostrarse particularmente locuaz a lo largo de la cuarentena, como si efectivamente pudiera erradicarse el virus a fuerza de sustantivos, verbos y predicados.

Episodios de esta naturaleza siempre pueden imaginarse como preámbulo de futuras diferenciaciones cordobesas después de las últimas ayudas prodigadas a polémicas iniciativas presidenciales en Diputados. Sin embargo, es prematuro afirmarlo en forma categórica. Hay cuestiones que escapan a la mera voluntad de los políticos. Al permitir que todo siga más o menos igual, el gobernador reconoce las grandes tendencias de la realidad antes que intentar la dudosa proeza de modificarlas.

Una de estas realidades es la temporada turística. El sector acaba de pasar un año terrible y es probable que no resista a una hipotética interrupción de las vacaciones. No existe ningún margen para privar de la noche a quienes han elegido la provincia como su destino estival. Schiaretti no está dispuesto a enemistarse con empresarios que estuvieron a punto de perderlo todo por culpa del confinamiento, justo cuando el precio del dólar obliga a descansar en la Argentina.

Otra razón estriba en que limitar las actividades nocturnas formales significa fomentar las clandestinas en forma simétrica. Todo el país está plagado de este fenómeno. No hace mucho, algunos intendentes cordobeses se cruzaron feo con el COE (igual que la cámara de bolicheros) por la prohibición aún vigente de abrir discotecas y organizar fiestas en general. El Centro Cívico ha tomado nota de esta rebelión latente, por lo que no está en sus propósitos agravar la situación.

La cuestión sanitaria también juega su baza. Al menos en Córdoba, esta muestra algunas facetas interesantes. Tanto los contagios como los fallecimientos se encuentran lejos de los peores momentos y, aunque han registrado algún repunte en los últimos días, no parecen ser motivo de pánico. Además, la ocupación de camas críticas ronda el 20% (rozó el 80% en octubre), por lo que hay margen para atender las demandas de atención que podría exigir un nuevo brote.

Tampoco es posible dejar de pasar por alto que el gobernador nunca fue un amante de la cuarentena. Pese a algunas contramarchas, en general favoreció tempranamente la reapertura del comercio y de la industria con mayor entusiasmo que otros distritos, un talante derivado de la particular estructura socioeconómica de la provincia y de las propias necesidades financieras del gobierno.

Este es el contexto de la nueva resistencia cordobesa ante las recientes medidas nacionales. Tal vez se trate solo de supervivencia local, tal vez de algo de mayor aliento, pero lo cierto es que Schiaretti tiene una visión diferente de cómo enfrentar la crisis y sin ingresar en un peligroso triunfalismo. No obstante que no lo dirá abiertamente, sus gestos tienen una elocuencia difícil de negar, algo de lo que, seguramente, estará tomando nota el presidente.