La vida intelectual de otro fin de siglo (Segunda parte)

En su intento de caracterizar a la intelectualidad cordobesa, José Manuel Eizaguirre repasaba la significación de los diarios locales y de sus lectores. Por ser él mismo un actor en el coto del periodismo, su opinión podía generar escozor.

Por Víctor Ramés
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Niño vendedor de diarios, ilustración del siglo XIX.

Eizaguirre se refirió al periodismo cordobés en el cual él mismo tuvo parte, en varios capítulos, de sus Cartas. El autor recorría el espectro de la prensa local, luego de que una afirmación suya en el diario La Prensa de Buenos Aires, no fuera bien recibida en Córdoba. Había publicado el autor la siguiente estimación, de su cosecha:

“El hueso de otras regiones, es hoy en Córdoba, el diario y el libro, y de ahí que los lectores «personas ilustradas y distinguidas» formen falange tan desmedrada en una ciudad de cincuenta mil almas.

Es indudable que, de este total de población, veinticinco mil almas serán almas más o menos preparadas. Un cálculo algo corto, daría 6.000 lectores para un diario y 1.500 a 2.000 suscriptores para un libro; pero el hecho es éste: Sarmiento no vendió ningún ejemplar de Conflictos y «La Libertad» hará un tiraje de dos mil ejemplares diarios.
Sin embargo, conozco personas que han leído Conflictos, y muchos conflictos provocados por personas que religiosamente leen «La Libertad» y «Los Principios» y los otros diarios sin ser suscriptores.”

El párrafo sintetizaba su opinión en sus “Cartas desde Córdoba” y al siguiente capítulo, el autor debía tomar posición ante ataques que su nota de La Prensa provocó en la “Docta”.

“Córdoba fue en otra hora, centro de unión para los intelectuales de la República, y los hombres que se educaron en la histórica Universidad de San Carlos, cumplieron con el viejo lema: «Ut Portet nomen meum coram gentibus». Se desparramaron por el suelo de la Patria y educaron a las gentes; pero hoy los que la insultan desde la puerta de la cueva, creyendo defenderla, son unos topos.

(…)
La nota chillona, guaranga, general es la que (…) penetra más fácilmente a todas las casas y llega a todos los oídos. Y como es fácil gritar, fácil también es la tarea en nuestras sociedades ineducadas, que viven del relumbrón y se encariñan más de las frases que de las virtudes, hacer creer que se trata de un enemigo frente a una verdad, y conseguir así que la ignorancia, con sus gritos destemplados obscurezca toda otra propaganda de criterio exacto y conciencia serena.”

A continuación Eizaguirre repasaba los diarios locales de esos años, y a sus plumas principales, con juicio amable.
“No negaré la nota sensata en el periodismo cordobés.
Le señalaré los siguientes diarios que representan tendencias no paralelas a pesar de todo, y que son los que dan y darían en el caso, la nota culta en el periodismo local.
No le hablaré de «La Patria», diario oficial que defiende a son de bombo o ataca con lanza de indio. Fue fundado por mi amigo Ángel Avalos, y colaboraron en sus columnas todos los hombres jóvenes e intelectuales del partido nacional como Figueroa Alcorta, Carlos Romagosa, doctor José del Viso, doctor Luis E. Rodríguez, Manuel Astrada, Felipe Centeno, Ramón Vivanco, doctor Ponciano Vivanco, José Cortés Funes y muchos otros.
Su dirección en la actualidad, está a cargo de Indalecio Figueroa: desearía tener un motivo para aplaudir su programa en el presente, pero no veo en sus columnas un programa definido, ni una tendencia periodística.
«Los Principios», es órgano de la juventud católica; independiente -en tanto, cuanto como es de suponer, por su filiación religiosa. Todas sus secciones están bien servidas, respondiendo a las necesidades de la buena información, y trata sobre las actualidades con un criterio más o menos amplio, pero no sin caer en algunos casos en las violentas exageraciones del partidismo.
Su director, en el nombre, es uno de los sacerdotes más jóvenes e ilustrados, el doctor Carios Echenique. Su director efectivo, es el joven Dutari Rodríguez que hace con éxito su primera campaña periodística.
También forma parte de la redacción de este diario, que es el segundo en la República por su propaganda católica, José Menéndez Novella, fecundo escritor festivo y viejo ya en las tareas del periodismo.
Es diario de merecida aceptación, pero, de vez en cuando una mano de gato proyecta las uñas sobre sus columnas: si usted está cerca, hágase la señal de la cruz para espantar al diablo, porque no es imposible ni raro ver al diablo embalando sus mercaderías por manos de periodistas católicos.
El otro diario es «La Libertad», fue también órgano de una juventud: de la juventud radical, y bandera de lucha en otras horas de efervescencia política; hoy, es la tribuna más alta que tiene el periodismo político en el interior de la República.
En sus columnas me ofendieron en otros momentos por informaciones equivocadas: lo llevé ante los Tribunales y lo vencí en ese terreno. Pero, cuál será la idea que tengo de ese diario, cuando a raíz de la sentencia favorable, escribí a su valiente Director, la carta siguiente:
«Distinguido señor: He lamentado mucho y muy sinceramente el final del juicio. Me habría conformado más con mi condenación, porque después de cuatro años, las impresiones son distintas y los vínculos con usted más cariñosos. La justicia llega demasiado tarde para mover alegrías en mi espíritu, y usted creerá fácilmente esto, desde que en repetidas ocasiones le manifesté claramente mis deseos de dar por terminado el juicio sin esperar el fallo. Es que el periodista, en horas que pasaron, sentía cariños por el valiente periodista que continua en la lucha. Mi herida era un detalle, bajo el pensamiento de todo el programa de su diario.”

Eizaguirre rubrica sus anteriores palabras con un elogio a Pedro C. Molina, director de La Libertad:
“Hay una frase característica para su -director, que la repito y estampo con satisfacción: «¡El doctor Pedro Molina, es hombre de una pieza!»
Yo lo he visto en condiciones de defenderse con más constancia y fortaleza de sus propios amigos, que de sus enemigos, porque siquiera estos últimos iban franca, abiertamente contra él, en tanto que sus amigos desparramaban en los círculos, en los corrillos y hasta en las sacristías, la murmuración mansa y dañina contra su carácter, contra su propaganda, contra su persona.”