La canción del dolor

La cantante estadounidense de raíces griegas Diamanda Galás es reconocida por haber dedicado su vida a fusionar la pena que trasunta el blues con la trágica tonalidad del género del amanedes, oriundo de Asia Menor, hasta dar forma a una identidad tan exótica como inimitable.

Por J.C. Maraddón

El blues es un género que expresa la tristeza de aquellos esclavos negros que fueron obligados a trabajar sin retribución económica ninguna en los algodonales estadounidenses. En esa cadencia lánguida y emotiva, se destila la nostalgia por el continente al que debieron abandonar a la fuerza, y del que conservaron una musicalidad colectiva tan poderosa que jamás se sujetó a los encadenamientos. Sus voces seguían siendo libres, a pesar de que sus cuerpos habían sido vendidos como mercancías al mejor postor. Ese es el origen de un estilo que hasta hoy sigue influyendo en la música que se escucha en Occidente.

La fuerza que arrancaba de esas gargantas fue capaz de atravesar los siglos y de convertirse en canciones que jamás perdieron su esencia: ser el lamento de los que lo han perdido todo y, sin embargo, conservan en lo profundo del alma un sentimiento que los inspira para seguir resistiendo. No podían imaginar esas víctimas esclavizadas que estaban sentando las bases de uno de los rasgos culturales más profundos de la cultura estadounidense. No podían prever que, como redención de tanto sufrimiento, esos mismos sones acunarían los himnos a entonarse en las luchas contra la discriminación racial durante la segunda mitad del siglo veinte.

No es el blues, sin embargo, el único que manifiesta esa sensación y la transmite a quien lo escucha. Con la disolución del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, se produjo un reacomodamiento poblacional de dimensiones impensadas en el Asia Menor, donde muchos habitantes de origen grecoparlante quedaron a la deriva, desarraigados de su cultura y tratados como parias dondequiera que se dirigiesen. La angustiante situación se tradujo en canciones de índole luctuosa, donde lamentaban su propia desventura a través de piezas que apelaban al riquísimo repertorio sonoro y a la tradición artística de la región.

Estas composiciones fueron agrupadas bajo el nombre de “amanedes” y representaron el grito de desesperación de esas personas atrapadas en un lugar donde no les correspondía estar y acongojadas por las añoranzas de la tierra de la que fueron arrancadas brutalmente. Aunque con el tiempo se mezclaron con los ritmos de moda durante la pasada centuria, su legado no traspuso los límites de aquella región del mundo y apenas si ha sido recogido por los cultores del folklore griego y por los investigadores que se dedican a hurgar en estas costumbres rituales de los pueblos del mundo.

Aunque su nombre no goza de popularidad universal, la cantante Diamanda Galás es reconocida por haber dedicado su vida a fusionar esa herida dolorosa que trasunta el blues con la trágica tonalidad del amanedes, hasta dar forma a una identidad tan exótica como inimitable. Nacida en San Diego, California, heredó las raíces griegas de su padre y su madre, quienes a su vez eran hijos de familias que habían debido emigrar cuando las condiciones de vida se tornaron imposibles en Grecía y Turquía. De esa extraña mixtura, en la que también se incorporan gotas de free jazz, rock gótico y tonalidades mexicanas, la artista de 65 años construyó su propia leyenda.

Como ocurrió con tantos otros intérpretes, Diamanda Galás perdió los derechos sobre sus propios registros discográficos, que empezaron a ser descatalogados y, por lo tanto, muy difíciles de hallar en el mercado. Finalmente, meses atrás esta vocalista, pianista, performer, escritora y artista plástica recuperó la posesión de su obra y hoy ese tesoro oculto puede está accesible a todos otra vez, con toda su furia, su vanguardismo, su blasfemia y su oscuridad conceptual, que muchos citan como inspiración pero que no tantos se han detenido a disfrutar, siempre y cuando el estado de ánimo se los permita.