El toque de queda no esconde el mal ejemplo

La decisión presidencial de someter a toda la población a la arbitrariedad de un decreto parece pasar por alto que lo que mejor concientiza es la responsabilidad de los que detentan el poder.

Por Javier Boher
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La agenda política en nuestro país siempre ha sido bastante caótica, pero siempre se mantuvo dentro de algunos límites que le otorgaban un cierto hilo de continuidad. La pandemia -y el manejo que de ella han hecho- ha trastocado eso de manera definitiva.

La incertidumbre política, el agotamiento económico, la certeza de la búsqueda de impunidad y el temor a un avance mayor sobre las instituciones republicanas crecen a cada momento. Este último punto, particularmente, es el más grave.

Ayer el presidente estableció un toque de queda sanitario que no parece quedar muy en claro de qué manera puede funcionar para evitar los contagios. En un país en el que los mismísimos políticos actúan como si las leyes fuesen recomendaciones en lugar de obligaciones, la voluntad de resistir las decisiones presidenciales seguramente aumente.

Las escenas caóticas que se vieron en Estados Unidos tienen mucho que ver con lo que nosotros vivimos desde siempre. El presidente, la máxima autoridad política del país, garante de la república y la democracia, incentivó a una turba sediciosa a que altere el orden constitucional por una cuestión de ego personal.

Esa es la naturaleza del sistema político argentino desde hace años, con una gran diferencia: allá lo dejaron solo, acá salen todos corriendo a ver cómo justifican cada atropello. Pese a que el sistema político argentino está en una crisis enorme, todos creen que el problema de ellos es más grande. No lo es: cada tanto las instituciones se ponen a prueba y se ve si salen reforzadas. Se las empuja a cambiar para resolver más problemas y evitar las crisis.

Las decisiones del presidente Fernández carecen por completo de lógica. No hay dudas de que gran parte de los médicos está de acuerdo con la idea de cerrar todo. Muchos políticos respiran aliviados cuando se desmoviliza a la población. Los adherentes al gobierno y los indiferentes a las libertades individuales eligen temerle a un virus que no ha demostrado ser mucho más letal que otro tipo de patologías.

Esto no implica abandonar los cuidados ni el respeto por los otros, tal como lo ha entendido la provincia de Córdoba. Los casos van en aumento, pero las internaciones siguen estando bajas. Hay menos muertos que hace unos meses y hay más información sobre cómo lidiar con los casos antes de que lleguen a ser graves.

Esta negativa actual tampoco significa descartar de plano la opción del cierre, pero tiene una cuota de racionalidad básica. ¿No se circula de 23 a 6? La gente se juntará en otros horarios. O en esos horarios, pero evitando los controles. Los damnificados serán los mismos que vienen muy golpeados desde hace meses: el turismo y la gastronomía.

Lo llamativo es cómo numerosos defensores de los derechos individuales hoy eligen esconderse y no contradecir las órdenes que se firman en la Casa Rosada pero que emanan del Instituto Patria. Pusieron el grito en el cielo cuando Gendarmería pedía el DNI en los colectivos, pero callan ante la suspensión de un derecho consagrado en la constitución.

Algunos están tan acelerados al respecto que incluso empezaron a delirar en redes sociales con un intervención federal a la provincia de Córdoba. En su delirio plagado de desconocimiento entienden que hay una especie de monarquía que puede digitar todo desde Buenos Aires. Hola federalismo.

Hay tres elementos clave para que los gobiernos no pierdan legitimidad. Por un lado, las decisiones deben ser razonables. No se puede contradecir ampliamente el sentir popular, porque alienta la transgresión de la norma. Este país tiene demasiadas normas muy bonitas que se ignoran or completo.

Segundo, no se puede imponer medidas restrictivas que necesiten de un aparato de control extenso y eficiente. Las horas extra de los empleados municipales y de la policía, o la coordinación entre niveles y municipios, todo atenta contra el control efectivo de la población. Si la norma no puede ser vigilada, no existe.

Tercero -y muy importante- no se le puede pedir a la gente que acepte restricciones que no se acatan desde las posiciones de poder. El presidente violó sistemáticamente la cuarentena y los protocolos, al gobierno se le desbordó el velorio de Maradona y convocó a la vigilia por la ley de aborto. El ejemplo prevalece. Si el ejemplo es inconsistente, el miedo se desvanece.

El malestar que se va acumulando con cada decisión improvisada no puede ser tomado a la ligera, porque fomenta la clandestinidad y aumentan los riesgos. Señalar al que se contagia como un antiargentino no va a hacer que no vaya a una fiesta, pero sí lo va a hacer ocultar los síntomas o eludir los testeos.

La falta de empatía que han demostrado los funcionarios y empleados públicos se transmite al resto de la población, que ignora las posibles consecuencias que el virus puede tener para otras personas. Ese tipo de situaciones no se resuelven restringiendo los horarios de circulación, pero sí mejorando el ejemplo.