El subversivo acto de aprender

Sin definiciones concretas, los padres todavía no saben si este año vuelven las clases presenciales. Si vuelve un encierro de pesadas consecuencias educativas, no queda acto más revolucionario que aprender.

Por Javier Boher
2020 ha sido un año mayormente para el olvido. Las consecuencias sanitarias, económicas y psicológicas siguen sin mostrarse en su real magnitud en un país que prefiere esquivar los datos duros. Sin embargo, algo de lo que no se habla todo lo que se debe es el desastre educativo.
Después de un año en el que sólo se dictaron presencialmente 10 de los 180 días que se deberían dictar, nada se sabe sobre la vuelta a clases. En el país de las corporaciones, los padres no han logrado erigirse en una que desafíe a los sindicatos docentes y a los políticos.
Hace apenas dos días -y por el azar de la vida- me tocó dialogar con un inspector de escuelas primarias. El señor no parecía estar muy contento con la suspensión de la presencialidad, pero fue tajante respecto al regreso de las clases: no van a volver.
Lo central de sus argumentos se resumen en algo bastante básico: a la provincia le cuesta menos plata que todos estén en sus casas. Se dieron de baja miles de licencias, se redujeron los costos operativos y se pueden ahorrar millones de pesos en obras.
Esa idea -absolutamente verosímil- pasa por alto las consecuencias reales, permanentes y nocivas de la indefinida suspensión de la presencialidad. En un país en el que se gobierna con las encuestas, es lógico que a nadie le importe el impacto educativo. Si los políticos no ven que la virtualidad educativa les resta votos, difícilmente se preocupen por pensar otras alternativas.
Por la perversión de esa estructura corporativa, todos los que ejercemos la docencia desde la vocación (resignando calidad de vida en pos de ofrecer a otras personas un bien superior) sentimos el desgaste de una forma que bastardean y desgasta los verdaderos mecanismos de aprendizaje.
La escuela que enseña es la que está abierta y con los chicos adentro, no la que depende de quién tiene conectividad, quién tiene un docente más comprometido, quién tiene una dinámica familiar que acompaña, quién tiene el nivel educativo suficiente para acomodar con las tareas. Si los guardapolvos se pensaron para igualar a todos en ese espacio de liberación que es la escuela, la virtualidad acentuó las diferencias y -lo peor de todo- la mayoría no se preocupó en absoluto.
La educación es un servicio esencial, fundamental para darle a la población las herramientas necesarias para desarrollar una ciudadanía de verdad, creando adultos responsables, capaces y comprometidos con el trabajo, todos valores ajenos al proyecto de país que impulsa un gobierno dispuesto a destruir el legado educativo que siempre llenó de orgullo a los argentinos.
Como todo lo que deciden en una mesa chica a espaldas de las necesidades de la población, los ministros de educación armaron un pacto que es virtualmente irrompible: se comprometieron a una serie de indicadores que coartan la libre acción de cada provincia, licuando responsabilidades en políticos que no saben -ni les saber- cómo se puede volver al aula.
La educación es un acto de libertad, de darle a otro un peldaño para llegar más lejos. No se trata de adoctrinamiento ni de “pensamiento crítico” como eufemismo para ocultar ideologías que justifican la dominación. La educación es la lucha contra el pobrismo y sus consecuencias, que tiene que ver con el enriquecimiento de los que toman decisiones y el uso discrecional de los resortes del Estado como si fuesen propios.
Aprender siempre fue un acto revolucionario, porque entender cómo funciona el mundo ayuda a mejorarlo. El mejor lugar para aprender es aquel en el que enseñan a reclamarle a los gobiernos, a pedir por los derechos, a evitar ser pisoteados por los matones de turno.
La ridícula situación por la que escuelas que permanecieron cerradas pudieron abrir como escuelas de verano con sólo una semana de diferencia deja a la vista lo demencial y arbitrario de todo el asunto. En un país en el que están desesperados por cerrar las escuelas, no falta mucho para que aparezcan las escuelas clandestinas. Si estudiar puede ser multado, no queda nada más subversivo que el acto de aprender