Educar a los soberanos

El documental “I Am Greta” (Yo soy Greta), producido por la plataforma Hulu -que lo está ofreciendo en su servicio de streaming-, es un excelente muestrario de contrastes generacionales, que obliga a reflexionar sobre cómo se perfila hoy la relación entre educadores y educandos.

Por J.C. Maraddón

El aprendizaje, desde tiempos inmemoriales, ha quedado bajo la responsabilidad de los adultos, que son los encargados de transmitirles a los niños y adolescentes las enseñanzas de lo que necesitan para progresar en la vida. Sobre ese preconcepto se han estructurado los sistemas educativos, tanto aquellos que se pusieron en marcha durante el periodo fundacional sarmientino como los que funcionan en esta actualidad tan particular, que condiciona el dictado de clases a esa modalidad remota que facilita muchísimas tareas pero que impide otras igualmente importantes. Aún hoy, con esas dificultades, son los profesores y maestros las autoridades del aula virtual.

Estos procedimientos, sin embargo, parecen no tener en cuenta los cambios de paradigma que se han verificado en la sociedad y que han encontrado la mayor oposición en aquellas personas mayores que se han criado bajo parámetros distintos y que en muchos casos no están dispuestos a moverse ni un centímetro de sus posturas ante las novedades. Es natural que alguien con mucha experiencia adquirida crea que se las sabe todas y que ya no le queda nada por aprender. Peor aún si quien pretende guiar sus pasos es alguien de menor edad: aceptar algo así es humillante para cualquier docente.

Si se entiende la educación como un proceso de intercambio en el que los alumnos no son sujetos pasivos sino que interactúan y hacen sus propios aportes, tal como vienen planteando las teorías pedagógicas desde hace décadas, no resulta tan traumático que un estudiante comparta un conocimiento que el docente no posee. Pero para los esquemas rígidos que permanecen en vigencia desde hace siglos y que se resisten a renovarse, ese tipo de situaciones son inconcebibles y son leídas como síntoma de la decadencia de la humanidad, producto de la falta de respeto a la sabiduría que dan los años.

Sobre todo, lo que manifiestan estas conductas de los mayores es una tenaz negativa al cambio, porque aceptarlo implica que todo ese bagaje que han adquirido a lo largo de su evolución personal, puede quedar inutilizado. No aprovechan ciertos cuestionamientos juveniles para rever sus posturas y adecuarlas a esta flamante realidad, que es incomparable con esos tiempos pretéritos en los que no existía la web, ni los teléfonos celulares ni las redes sociales. Y lo que es peor, tampoco se pregonaba el respeto por la diversidad ni se promovía la defensa del medio ambiente tal como ahora se hace.

El documental “I Am Greta” (Yo soy Greta), producido por la plataforma Hulu -que lo está ofreciendo en su servicio de streaming-, es un excelente muestrario de estos contrastes generacionales, que obliga a reflexionar sobre cómo se perfila por estos días esa relación entre educadores y educandos. La ambientalista sueca Greta Thunberg, cuya edad en el transcurso del filme fluctúa entre los 15 y los 16 años, es invitada a dictar cátedra sobre el desastre ecológico hacia el que nos dirigimos, mientras dirigentes políticos de todo el mundo la escuchan absortos y digieren como pueden sus acusaciones de negligencia.

Que una chica de la secundaria sea capaz de semejante audacia, viene siendo objeto de polémica desde hace al menos un par de años, aunque la mayoría de las críticas a su campaña se centran en cuestiones anecdóticas y no en el eje de su prédica. En “I Am Greta” queda claro que, hasta que no se demuestre lo contrario, su objetivo es alertar sobre una catástrofe inminente de la que deben tomar conciencia los líderes planetarios y que no puede ser evitada por los niños y los adolescentes que, de no revertirse los daños, serán sus principales víctimas.