La vida intelectual de otro fin de siglo (Primera parte)

Las figuras de Rubén Darío y Carlos Romagosa se destacan en una velada del Ateneo cordobés en la que la flor del modernismo aparecía entre las grietas de la ciudad recalcitrante. Una crónica del diario Los Principios de octubre de 1896 aplaude aquel evento

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El escritor Carlos Romagosa, impulsor del homenaje a Rubén Darío en el Club Social en 1896.

La modernidad soplaba en el corazón de la capital cordobesa a fines del siglo XIX, pero no solo había cenizas sino todavía brasas románticas en el perfil intelectual local, que se avivaron a ese soplo cuando se brindó una bienvenida a través de algunos diarios al poeta Rubén Darío, portador de la antorcha olímpica de las letras modernas en América Latina. La Córdoba religiosa se alzó en aquelarre. Aquella velada fue un episodio del enfrentamiento entre la intelectualidad conservadora y la estética posromántica que cundía en el liberalismo progresista.

La venida de Darío era auspiciada por Carlos Romagosa y otros paladines modernistas en el Club Social, y se inscribía en las actividades del Ateneo, club patriarcal fundado en 1894, donde disertaban sacerdotes y abogados, pintores y poetas, intelectuales laicos y religiosos de diversos colores políticos.

Al homenaje a Darío, el 15 de octubre de 1896, asistió José Manuel Eizaguirre, corresponsal de La Prensa en Córdoba: “Me pidieron entonces que hiciese la crónica de la fiesta, para «Los Principios», y en esas columnas publiqué las siguientes impresiones”, contó el periodista:
“«Bien ha dicho el poeta Darío en su magistral discurso, cuando eliminando gentilmente su personalidad descollante, reconocía que en la velada, al saludarle, se glorificaba sobre todo al Arte puro y soberano. Los hombres pasan, duran una vida, breve tiempo en el seno de los tiempos, pero la acción y el pensamiento de los grandes, persiste, vive, vence al olvido y lleva al través de los años y de generación en generación, una idea y un ideal que da fuerza al cerebro y movimientos generosos al corazón.
Así nuestro caso. El amor a estas fiestas es una herencia de nuestros mayores.
Los malos tiempos del torpe materialismo, conmovieron un instante al viejo edificio y las nobles tendencias, pero, como violentas tempestades, sembraron el terror en los espíritus y pasaron, dejándonos a pesar de todo, la grande lección de la experiencia.
Rubén Darlo lo ha visto, y al recoger de sus labios la íntima sensación expresada con la propia altivez del talento, a justo título nos sentíamos entonces y aun hoy complacidos, porque en la honrosa manifestación, no encontrábamos la satisfacción de una pequeña vanidad, sino la honda, la grande, la noble satisfacción que mueve y despierta una idea de amor al ideal, a la belleza eterna…»”

En párrafos de la nota Eizaguirre menciona a Romagosa, otro de los disertantes de la velada, y esto invita a reconstruir la estima que sentía por ese escritor a partir de unas páginas de su Cartas desde Córdoba:
“Esa noche se hizo conocer públicamente el distinguido cultor de las bellas letras, Carlos Romagosa, pronunciando un discurso lleno de erudición sobre el «Simbolismo».
En una de sus cartas me ha hablado usted de este escritor y quiero ahora darle mi juicio completo.
Usted no le conoce personalmente y me anuncia que la obra de él, que le he enviado, no le permite formular «un juicio seguro sobre su personalidad literaria.»
(…) El literato no es tipo todavía propio a nuestro ambiente ni a nuestra agitada vida nacional. señalar así a nuestros escritores, es una manía de los diaristas o de los que leen y juzgan con pretensiones de críticos, y que sin ser una ni otra cosa, andan por las calles, las oficinas y las imprentas, llamando· la atención sobre todo lo que hablan o escriben.
Existen anhelos, y lo informe de todos los comienzos: existen cultores de la buena forma, existen estudiosos y virtuosos, pero literatos, en el alto concepto y con la vasta ilustración que se supone al emplear el adjetivo, no los comprendo todavía entre nosotros y no los conozco.
(…)
Romagosa es un inspirado, lleno de ideales y con un gusto literario delicadísimo.
Hasta ahora lo que él ha producido no está a la altura de su educación y de su inspiración, y solo nos ha dado una muestra de su exquisito gusto critico en su florilegio
«Joyas poéticas americanas», probando con ese libro precioso, el serio conocimiento que tiene sobre el movimiento poético en América; libro que sin duda alguna, ha sido una revelación, ya no digo para nuestros titulados eruditos, sino para los eruditos españoles que creían apagada o muerta la inspiración poética en la América latina.
Romagosa nos dice que, la América latina posee hoy el cetro de la poesía lírica castellana, y lo prueba en el libro que acabo de mencionarle.
Sin embargo, muy recomendable es el trabajo que figura en su último libro «Labor Literaria», – «De mi archivo», carta dedicada a una mujer ideal, ante quien «presenta todos los relámpagos de sus pasiones, todas las amarguras de sus desencantos, todas las ansias de sus nostalgias, todas las observaciones de su experiencia»; -carta que acaso vale todo el libro por su delicada factura y su íntimo pensamiento.
Figuran también en este libro dos páginas dignas de ser mencionadas especial
mente, «25 de Mayo» y «Leopoldo Lugones», que muestran pensamiento y forma brillante.
Si usted llegase a tratarle, vería en él, algo que le hace superior a los tiempos en que vive: la alta ecuanimidad de su espíritu, -la ausencia de innobles emulaciones literarias. Para él, no hay enemigo

en el campo de las bellas letras.
Donde encuentra. al mérito ahí lo proclama, levantando su criterio sobre todas las pasiones personales. Cree y ama a la belleza, y tiene una vehemencia sagrada por abarcar todo el horizonte, y esto representa un inmenso esfuerzo entre nosotros, ¡y en Córdoba! ·donde Romagosa se ha formado sólo, luchando desde niño, con todas las desventajas y adversidades -por ser é ilustrar su propio nombre.
Ha ganado ya con buenas armas las primeras guerrillas y seguro estoy que cuando libre la batalla campal, la victoria será de él. Esperemos sin impaciencia la hora, que no está lejana.”

Pese a aquellos juicios auspiciosos del autor porteño, Carlos Romagosa afrontaría su propia derrota al siglo siguiente, disparando contra su amada María Haydée Bustos y contra sí mismo, en un acto que habría sido consensuado.