Un día histórico, pero sin papeles

Lamentablemente en la Argentina es muy difícil festejar nada, incluso cuando todo sugiere que es el momento de hacerlo. Por diferentes razones, la campaña de inoculación que acaba de comenzar trae consigo una buena dosis de polémicas y también de dudas.

Por Pablo Esteban Dávila

Ayer fue un buen día, probablemente un día histórico: comenzó en el país la vacunación contra el Covid-19. Es el principio del fin de la peste. El proceso de vacunación tal vez demore un poco más de los deseable, tal vez un poco menos, pero es de prever que no se detendrá. Son excelentes noticias.

Lamentablemente en la Argentina es muy difícil festejar nada, incluso cuando todo sugiere que es el momento de hacerlo. Por diferentes razones, la campaña de inoculación que acaba de comenzar trae consigo una buena dosis de polémicas y también de dudas.

No puede soslayarse, dentro de estas sombras, la propia vacuna seleccionada por el gobierno. El proceso de certificación de la Sputnik V no es, precisamente, un dechado de transparencia. No hay publicaciones en revistas científicas independientes y su fase III está lejos de ser concluida. Sólo existe una aprobación de parte de las autoridades rusas y, a marchas forzadas, una del Ministerio de Salud argentino, no de la ANMAT.

En circunstancias normales es difícil creer que la Sputnik V hubiera sido la elegida, pero las circunstancias obligaron a la Casa Rosada a decantarse por este producto. Con la vacuna de Oxford – AstraZeneca todavía en veremos y con la de Pfizer vedada sin que se conozcan exactamente los motivos, Alberto Fernández no tuvo otra alternativa que rogar a Vladimir Putin el envío de algunas dosis de emergencia. El presidente necesita imperiosamente recuperar la iniciativa y esta sólo le será devuelta -habrá que ver en que proporciones- con la inmunización masiva de la población.

Pero este objetivo se encuentra, de momento, en entredicho. Aunque seguramente la vacuna desarrollada por el instituto Nikolai Gamaleya es eficaz, las dudas entre el común de las gentes son justificables. Ni que decir cuando el propio ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, confiesa que el presidente “está nervioso porque no llegan los papeles del estudio” justo cuando se han inyectado las primeras dosis entre el personal de salud de todo el país.

Los papeles que reclama González García hace tiempo que están en el limbo. Ni siquiera en la Federación Rusa hay certeza de que estén totalmente elaborados. Se trata de la certificación de que la Sputnik V pueda administrarse a mayores de 60 años quienes integran, como todo el mundo sabe, el grupo etario de mayor riesgo frente al coronavirus.

Esta duda impide que, momentáneamente, Fernández pueda dar el ejemplo como sí lo han hecho otros líderes, tal como el presidente Sebastián Piñera. Claro que Chile tiene asegurada la de Pfizer que, al menos en la actualidad, es la que mejores perspectivas presenta, mientras que la Argentina debe conformarse con una suerte de segunda marca dentro del mercado mundial de fármacos.

La restricción también alcanza a Juan Schiaretti quien, desde el inicio de la pandemia, ha sido puesto entre algodones por adolecer diferentes factores de riesgo. No obstante, el gobernador ha afirmado que está “convencido sobre la eficacia y seguridad de la vacuna Sputnik V, porque ya está demostrada”, declaraciones que denotan más deseos que certezas. De cualquier manera sería suicida que, en este momento tan delicado, opusiera sus reparos públicamente. Después de todo y con la información disponible, casi que se puede ser absolutamente optimista o definitivamente pesimista sobre las bondades de la Sputnik V sin mayores riesgos para la credibilidad personal.

El que se mostró decididamente radiante al ser inoculado fue Axel Kicillof. Su afecto por la extinta Unión Soviética y, por carácter transitivo, por Rusia, le permite gozar de la primera dosis como si fuera el elixir de la vida eterna. “Hay que ponerle el hombro, literalmente, a la pandemia”, editorializó ante las cámaras. Probablemente suponga que, entre los componentes de la vacuna, se encuentren algunos girones de la ciencia comunista que él hizo suya en las épocas de estudiante y de la que nunca renegó.

Entre los papeles que no llegan y funcionarios imposibilitados de dar el ejemplo por su edad (es irresistible no insistir en esta paradoja) la vacunación presentó algunos momentos bizarros que tampoco colaboran a festejar como el asunto merece. Sucedió en Tucumán ante las cámaras del canal de noticias TN y se viralizó por las redes.

En la filmación, un solícito técnico explica al movilero la cadena de frío que sirve de soporte para el transporte de la vacuna. Expone un dispositivo azul que se encuentra dentro del contenedor y señala que, al insertarse en un puerto USB de una computadora, el módulo presentará en pantalla el historial de refrigeración del lote antes de ser administrado a sus destinatarios. Mientras el hombre desgrana naturalmente las explicaciones y conecta el aparato, el monitor de la PC despliega la información con dos sugerentes cruces rojas. En algún momento, aquellas dosis no recibieron la temperatura adecuada.

Aunque tanto las autoridades de Tucumán como los responsables de Andreani (la empresa de logística) aseguraron que jamás se había perdido la cadena de frío, el episodio contribuyó a cimentar la sensación de que todo está siendo improvisado sobre la marcha. Y conste que, al menos sobre este particular, es harto probable que jamás este lote hubiera estado en riesgo, pero esta es una época extraña, en donde las redes sociales tienen a establecer patrones de verdad allí en donde no hay nada más que percepciones desinformadas.

A partir de hoy la vacunación se transformará en un ritual cotidiano, con la sola condición de que sigan fluyendo las dosis, desde Rusia o dondequiera se consigan y, si es posible, que estén mejor de papeles que estas primeras, fletadas desde Moscú por Aerolíneas Argentinas.