La novedad ya no es ventaja

No es menor el dato de que, para llegar al puesto número uno del chart de ventas británico, el nuevo disco del casi octogenario Paul McCartney debió desbancar a “Evermore”, la última obra de la cantante estadounidense Taylor Swift, una de las máximas estrellas del pop moderno.

Por J.C. Maraddón

Antes de que el rock destruyera muchas de las estructuras que sostuvieron la industria musical durante la primera mitad del siglo veinte, no era en absoluto imprescindible que un artista fuese joven para que su ascenso a la fama estuviese garantizado. Recién después de la Segunda Guerra Mundial comenzó a crecer la presencia de astros juveniles, en tanto que en el periodo anterior muchos de los nombres que concitaban el favoritismo de las masas ya habían ingresado en la edad adulta y, en no pocos casos, hasta podían encontrarse en los umbrales de la vejez, sin que eso fuera un obstáculo para su consagración.

Ejemplos sobran pero tal vez baste con citar dos muestras emblemáticas. Al momento de alcanzar su fama internacional, Carlos Gardel ya había superado los 45 años y, pese a no transitar la juventud, fue protagonista de numerosas películas donde su imagen se volvió icónica. Más cerca en el tiempo, el primer intérprete exitoso del rocanrol, Bill Haley, rondaba los 30 años cuando con “Rock Around The Clock” enloqueció a las nuevas generaciones y desató una efervescencia que muy pronto envolvería al planeta entero. Al mismo tiempo, un ídolo veinteañero iniciaba su carrera al estrellato y sentaba las bases de lo que estaba por venir: Elvis Presley.

Desde ese entonces, se tornó habitual que fueran los músicos emergentes los que ocuparan los puestos de vanguardia en los charts de ventas, en desmedro de los veteranos que apenas si cosechaban las preferencias de ese segmento de la población que los consideraba contemporáneos. La cultura rock desató una especie de “guerra del cerdo” que, en general, desestimó los aportes de los artistas más experimentados y privilegió las obras de las camadas que empezaban a sumarse al circuito y que arrastraban el entusiasmo de las audiencias que se identificaban con sus propuestas.

Esa tendencia se hizo cada vez más pronunciada, al punto que además de los jóvenes fueron incorporándose los adolescentes como los consumidores determinantes de las modas. Y más recientemente también el mercado infantil tomó importancia en las estrategias de marketing, dentro de un negocio musical que trata de sobrevivir al terremoto de las nuevas tecnologías. Sin embargo, la pirámide poblacional parece ir en la dirección contraria, con un aumento pronunciado de la expectativa de vida y con una segmentación que amplía el número de abuelos y reduce el de los nietos, en consonancia con el descenso de la tasa de natalidad.

Quizás este desfasaje empieza a mostrar sus consecuencias en los rankings musicales, con el arribo al primer puesto del chart inglés de «McCartney III», el flamante disco del ex Beatle que, a sus 78 años, se ha dado con el gusto de publicar un álbum a la altura de los mayores logros de su discografía. No es menor el dato de que, para llegar a la cima, Paul debió desbancar a “Evermore”, la última obra de la estadounidense Taylor Swift, una de las máximas estrellas del pop moderno, cuyo caudal de adeptos se cuenta entre los menores de 25 años.

Así como medio siglo atrás era el estrato juvenil el que inclinaba la balanza y otorgaba preeminencia a quienes estaban más cerca de sus intereses, es probable que ahora sean los adultos mayores los que ejerzan idéntica presión, hasta promover a un artista casi octogenario a lo más alto del podio. Aunque la calidad de «McCartney III» sea sorprendente y ratifique la vigencia de uno de los más grandes talentos del siglo veinte, llama la atención que su álbum supere en ventas a los de las figuras actuales, que hasta ahora corrían con la ventaja de la novedad.