Alberto, subordinación y valor para servir a Moyano

La cumbre con Moyano dejó, asimismo, algunas gestualidades interesantes, que también sirven como explicación de algunos acontecimientos recientes. La más llamativa -no obstante que fugaz- resultó el saludo que se prodigaron mutuamente tan pronto se encontraron en la explanada del sindicato.

Por Pablo Esteban Dávila

Alberto Fernández se reencontró ayer con Hugo Moyano, el histórico jefe de Camioneros y actual presidente del Club Independiente de Avellaneda, para festejar el día de los trabajadores del volante. Al cabo de la reunión, el presidente afirmó que “Gracias a Dios pudimos contar con los Moyano”, destacando el aporte del gremio durante la pandemia. Es un elogio que prorroga otro anterior, vertido a principios de abril. En oportunidad de reinaugurar el sanatorio Antártida Argentina, Fernández dijo del sindicalista que era “un dirigente ejemplar”.

Esta exaltación hacia Moyano es sincera. Fernández supo, tan pronto Cristina lo ungió como su candidato, que debería construir una red de poder alternativa a la que le ofrecía por defecto la actual vicepresidente. Lo verbalizó todas las veces que pudo: gobernaría con los gobernadores y con la CGT. Pero la pandemia desbarató aquel sistema tan paternalmente peronista. Urgido por la crisis económica, debilitado por falta de prioridades claras y jaqueado por su propia vulnerabilidad institucional, el presidente apenas que ha podido, en realidad, comentar las iniciativas políticas que se le imponen desde la presidencia del Senado de forma artera e inconsulta.

Esto no significa que haya renunciado a sus iniciales propósitos aunque, claramente, los convidados a la urdimbre presidencial no están tan entusiasmados de sumarse a ella como podrían haberlo estado en los primeros meses de su gestión. Sin embargo, Moyano parece estar siempre dispuesto a concederle una foto, a modo de un leal compañero y a despecho de las desventuras del primer mandatario.

¿A que se debe esta magnanimidad? No todos los líderes de la CGT se muestran tan entusiastas como él. Puede que la explicación resida en dos grandes causales. La primera, que Moyano está preocupado por su propia suerte judicial y la de sus hijos. Hay cinco causas en tribunales que los tienen como acusados de lavado de dinero, enriquecimiento sin causa y asociación ilícita. Es una amenaza que exige maximizar las relaciones personales. Siempre es bueno llevarse bien con el presidente, si bien este no parece estar particularmente dotado para manejar a ningún juez ni torcer sus decisiones.

El segundo motivo es más práctico. Desde que el Frente de Todos asumió gobierno, Camioneros se ha dado costosos lujos que la administración Fernández hubo de avalar con su silencio. Uno de los más connotados fue el bloqueo de siete centros de distribución logística de la firma Mercado Libre a mediados de julio. El sindicato reclamaba la afiliación de los empleados de la empresa afectados a tareas de carga y descarga, encuadrados en un convenio colectivo especial. Durante 48 horas los envíos del mayor unicornio nacional estuvieron sitiados por los conducidos de Moyano ante la pasividad de la Casa Rosada. El hecho fue tanto más grave debido a que, por imperio de la pandemia, la actividad de compras on line (y el consiguiente tráfico de paquetería) se había incrementado a niveles insospechados. El valor de Mercado Libre duplica en la actualidad las reservas del Banco Central, por lo que el recurso a la figura literaria del asesinato de la gallina de los huevos de oro se antoja como inevitable.

Debe recordarse que aquel embate de Camioneros motivó a que Marcos Galperín, fundador y CEO de Mercado Libre, decidiera radicarse en Uruguay, un país mucho más amistoso para con los emprendedores de lo que es la Argentina. Tampoco el gobierno lamentó su partida, ni movió un dedo para hacer que aquel cambiara de parecer. Su ejemplo, de más está decirlo, fue seguido por muchos otros que, quizá con menos fama, coinciden en que mudarse a la otra ribera del Río de la Plata es mucho más beneficioso que permanecer en un país anómico.

La cumbre con Moyano dejó, asimismo, algunas gestualidades interesantes, que también sirven como explicación de algunos acontecimientos recientes. La más llamativa -no obstante que fugaz- resultó el saludo que se prodigaron mutuamente tan pronto se encontraron en la explanada del sindicato. Las imágenes muestran a Moyano cuadrarse frente al presidente y hacerle la venia militar, una impostura que es devuelta de igual manera por Fernández. Tal pintoresquismo no debería sorprender, pese a provenir de nominales izquierdistas. El peronismo es un partido que nació de un golpe militar y su líder fue siempre invocado por su grado castrense: “el general”. Hasta los montoneros, repudiados tardíamente por Perón, hicieron suyos el argot del Ejército y se consideraron a sí mismos como una organización armada, privilegiando las jerarquías y escalafones cuarteleros antes que la estética libertaria de, por ejemplo, los anarquistas de Mijaíl Bakunin.

Pero lo interesante no es tanto el saludo en sí sino en preguntarse quién es el superior y quién el subordinado en esta alteridad. Todo hace suponer que Fernández es el general de Moyano (y, a través de su persona, del resto de los sindicalistas), aunque el adjetivo posesivo “su” es ambiguo considerando el contexto. Porque alguien puede ser el general de otro y resultar, no obstante, el que debe obedecer. Muchos generales son instrumentos de otras personas más poderosas, no necesariamente militares. ¿Es este el caso del presidente?

Si se observa el panorama, esta pregunta debería resultar casi en una certeza. No solo Moyano y sus camioneros han hecho lo que han querido desde que Mauricio Macri se fue del poder, sino que otras áreas sensibles de la vida económica del país parecen estar regidas por sindicatos y no por las políticas del gobierno.

Tómese el caso de Aerolíneas Argentinas. La empresa está virtualmente concesionada a sus sindicatos, los que no solo no responden por su déficit sino que, además, se dan el lujo de estructurar la política aerocomercial del país. El cierre del Aeropuerto de El Palomar, hogar de las empresas Low Cost, es un ejemplo de ello. Cada vez hay menos opciones para volar por la Argentina y Aerolíneas va en camino a convertirse en un auténtico monopolio de facto gracias a los generosos dineros que, sin chistar, el Ministerio de Economía regala religiosamente todos los meses a la compañía estatal.

Otra consecuencia de esta virtual tercerización sindical es la decisión de Mercado Libre de montar una flota propia de aeronaves de carga en Brasil y México sin intentar hacer lo propio en el país. La explicación, nuevamente, es simple: la compañía no está dispuesta a sacrificar ni tiempo ni dinero en obtener autorizaciones burocráticas que nunca llegan, ni padecer boicots de sindicalistas K por los motivos más pueriles. ¿Para que sufrir aquí cuando en otros lugares hacen lo indecible para seducir a las inversiones de este gigante, paradójicamente argentino?

Como estos hay muchos ejemplos y no hay señales de que este proceso vaya a detenerse en los próximos meses. Todo indica que el país corporativo y prebendario continuará impartiendo órdenes al general – presidente para que las cosas se hagan de la manera que vienen realizándose. ¡Subordinación y valor! -aunque para servir a los Moyano y sus colegas y no justamente a la patria.