El toque personal

La semana pasada, el director francés Jean-Luc Godard fue objeto de homenajes varios al cumplir noventa años, y se subrayó la importancia de su legado para la cinematografía occidental del siglo veinte. Pero el valor de su carrera no sólo se asienta en latas de celuloide.

Por J.C. Maraddón

Justo cuando Hollywood consolidaba su imperio, cuando su casta de figuras mitológicas alimentaba las fantasías de la humanidad y cuando sus historias (y la manera de contarlas) colonizaban el planeta, vino a aparecer una troupe de locos que osó desafiar ese predominio. Y lo hizo con escasísimos recursos, porque más que nada su propuesta se basaba en parámetros éticos y estéticos, además de los condicionamientos técnicos derivados de la precariedad con que encaraban los proyectos. A estos cineastas que derrochaban entusiasmo y audacia, en Francia se los agrupó bajo el calificativo de “nouvelle vague” y se los consideró una vanguardia digna de ser atendida.

Como además de dirigir filmes, eran autores de críticas y ensayos sobre cine, su aporte estuvo respaldado por un sólido marco teórico, que avanzados los años sesenta tomó un giro ideológico muy acorde a la época. A la par de los sucesos de mayo de 1968 en París, estos realizadores se solidarizaron desde su labor con las luchas de obreros y estudiantes, al punto que algunas de sus producciones tomaron la forma de un panfleto destinado a la tarea militante. Fue en ese periodo que este movimiento artístico consolidó su prestigio y desparramó su influencia.

Los jóvenes que en ese tiempo comenzaban a estudiar cine en Estados Unidos, seguían con atención esto que estaba sucediendo en Europa, sobre todo en cuanto a los cambios que los representantes de la nouvelle vague aplicaban en el lenguaje cinematográfico. Muchas de esas nuevas maneras de relatar una historia resultaban tan originales como atractivas y, como también recibían premios en festivales internacionales y contaban en su elenco con estrellas de gran renombre, su trascendencia universal hizo que proliferaran los intentos de trasladar algunos de esos arrestos vanguardistas a los largometrajes producidos en serie que tenían como objetivo insertarse dentro del circuito comercial.

De esta manera, se cerró el círculo abierto cuando se inició la rebelión. Aunque algunos de ellos aceptaron requerimientos industriales, en general no fueron aquellos iconoclastas franceses los que adaptaron sus ínfulas nuevaoleras a las exigencias del mercado. En realidad, fueron las nuevas camadas de directores que asumieron posiciones de privilegio en la fábrica de sueños, las que se encargaron de aplicar ciertas ideas provenientes de la disidencia, para mejorar los productos taquilleros y dotarlos de una perspectiva novedosa, que saliera un poco de los patrones instaurados durante los años de oro, entre las décadas del treinta y el cuarenta.

Como uno de los exponentes conspicuos de esa generación que se propuso poner al cine patas para arriba, Jean-Luc Godard se ha transformado en un personaje controvertido al que se identifica por sus extravagancias pero del que pocos conocen las virtudes de su obra. Sin embargo, no es difícil encontrar en varios de los tanques hollywoodenses del último medio siglo muchas de las innovaciones que él planteó en su filmografía y que implicaron un quiebre conceptual en el séptimo arte, porque cuestionaron y desafiaron normas que hasta ese momento eran respetadas al pie de la letra por todos.

La semana pasada, Godard fue objeto de homenajes varios al cumplir noventa años, y se subrayó la importancia de su legado para la cinematografía occidental del siglo veinte. Pero el valor de su carrera no sólo se asienta en latas de celuloide. También ha sido su postura vital, su caprichosa conducta, su rebeldía eterna, la que ha dejado su marca en muchos que luego se animaron a vender cara su derrota cuando tuvieron que entregar el alma del diablo. Y que, a pesar de todos los controles, consiguieron imprimirle un toque personal a esos títulos que estaban destinados al gran público.