Espere su turno de pagar el Pato

Por Javier Boher
¡Qué pedazo de finde XXL, amigo lector! Cómo se nota que la gente extrañaba salir a pasear, porque a cualquier hora en las rutas había más autos que en día de partido en el Kempes. ¡Mamita, que el encierro le ha generado abstinencia de sierras y río a la gente!.
No sé si usted se habrá puesto a pensar (los fines de semana largos son para poner la mente más en blanco que canal de noticias si le sacan los virales de las redes sociales) pero estamos cumpliendo casi nueve meses de cuarentena.
Si, usted me va a decir que la cuarentena no existe y es un estado mental, pero la realidad es que hasta ahora no podíamos salir a pasear, no hay clases presenciales, no podes ir al teatro, a la cancha o a bailar. Tampoco a laburar si sos empleado público, ojo.
La cosa es que los compañeros del gobierno van perdiendo la noción de la realidad y se siguen largando con protocolos y discursos más desubicados que chupete… De la Rúa en Videomatch. No sé si será por los técnicos que se pasan de rosca o por los ñoquis que llegaron por la rosca, pero las decisiones son cada vez más absurdas.
La gente está más cansada que El Puchas cada vez que tiene que explicar que él es presidente y que la Viuda del Nestornauta es la vice. Eso de que no se puede entrar de a más de dos personas, que hay que estar a dos metros, que hay que sacar un permiso para salir a pasear, que los negocios cierran temprano o que hay que ver qué opina el burócrata de turno sobre el tipo-color-y-calce de barbijo que tenés puesto.
A esta altura ya no podemos saber muy bien con qué nueva genialidad van a salir, pero hay algo sobre lo que hay menos dudas que sobre la ineficacia de los funcionarios de turno: la gente va a aceptar con más mansedumbre que Lassie dopado en Navidad. Es asombroso. En un momento sólo faltaba que te metieran preso por abrir la puerta de tu casa para ver un poco de luz del sol y la gente pataleó menos que Gaby Michelin tratando de flotar en la pileta del club.
Descongelamiento
De a poquito la cosa se empieza a mover -con la gente haciendo una vida un tanto más normal- y los números se quieren acomodar. Sube un poco la carne, otro poco la verdura y cuando te querés acordar los precios ya te ganaron la carrerita porque fueron por el ascensor.
Lejos de hacer algo de todo lo que le reconocieron al recientemente difunto Tabaré Vázquez, acá creen que el capitalismo está herido de muerte y que hay que darle el último empujoncito para que finalmente colapse, como ha hecho el compañero Maduro.
Por eso, ante una inflación que va creciendo (y a la que se le van a sumar las tarifas que van a liberar dentro de poco) las respuestas del gobierno son las que cabe esperar de los que gestionaron con tan poco tino el sistema de salud durante la pandemia. La culpa es del otro.
A esto ya lo hemos visto, amigo lector. Así como en lo económico la culpa es de los empresarios -malos, malos, malos- e incluso de los pequeños comerciantes (que a fin de mes terminan cobrando menos que el maestranza que cuida la puerta del baño en la muni, aunque tenga dos empleados, labure 12 horas por día y se le esté por explotar la aorta porque está más endeudado que los hinchas de boca con Belgrano por haber mandado a River a la B) en todo lo otro también siempre encontraron a quién culpar.
Se lo digo, estimado. No espere que con las aperturas la cosa sea mucho mejor para todos. Con solo salir de su casa usted ya es culpable de algo, sólo que aún no lo sabe. Es más, ni siquiera el gobierno está enterado. Eso sí, con tal de esconder su inoperancia, ya le va a encontrar la vuelta para que sea su turno de pagar el pato.