Taiana no sabe medir las palabras

La poco feliz comparación entre la cuestión de los fondos de CABA y el femicidio que realizó el ex canciller deja en claro que algunos no pueden ver las cosas en su justa medida y armoniosamente.

Por Javier Boher
[email protected]

Es bien sabido que a Taiana cada pueblo, ciudad o país le gusta ser reconocido por algo. Todos quieren estar en el mapa de los datos poco importantes, así sea por ser la capital nacional de la sandía, la capital nacional del chancho asado con pelo o la capital nacional del karting a rulemanes. Todos esperan ser tenidos en cuenta por alguna cuestión que no siempre destaca por ser especialmente una virtud.

Argentina debe ser, probablemente, la capital mundial de la desproporción. Quizás por décadas de pelear con una inflación que destruye el sistema de precios relativos y de referencia, hemos llegado al punto de indignarnos por nimiedades y dejar pasar barbaridades.

Seguramente la pertenencia política o ideológica a uno u otro bando de la sociedad contribuye a que las indulgencias y relativizaciones lleguen con más premura, pero eso no quita que hay gente que cada vez corre un poco más allá los límites de lo posible.

Casi como si estuviesen en competencia por ver quién dice la mayor exageración o pone el ejemplo más desmedido nuestros políticos siguen hablando de una manera que parece no registrar los condicionantes sociales. Eso es, al fin y al cabo, una de las consecuencias de hablarle al nicho y no al colectivo.

Ayer le llegó el turno al senador nacional y ex Canciller, Jorge Taiana (¡qué puntería con los ministros de relaciones exteriores!). El señor comparó la situación de las quejas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la nueva quita de recursos con la del femicida que pretende hacerse pasar por víctima.

Seguramente el punto se entendió, pero ¿qué habrá pasado por la cabeza de Taiana para pensar que se pueden comparar los pataleos por recursos escasos en un contexto de crisis con un homicidio?¿No habrá notado la exageración?.

En todo caso, elevar las quejas a la autoridad competente -tal como planteó el gobierno de CABA- para que defina la cuestión sería el equivalente a pedir la intervención de la dependencia judicial que trata los problemas de relaciones domésticas conflictivas. Para pensar a Larreta como el equivalente al femicida, quizás debería haber convocado a la rebelión armada o a una autonomía siguiendo la tradición mitrista. Habiéndose mantenido dentro de las reglas, no parece haber salido a apuñalar la constitución por su locura.

En los dichos de Taiana la desproporción es absoluta. Podría haber pensado en el chico que se queja con la directora porque le hicieron devolver la billetera que se encontró en el patio, pero no. Le pareció más pertinente hablar de víctima y victimario como si las quejas de CABA fuesen equivalentes a las de un asesino que está tratando de dar vuelta las simpatías de los que pueden juzgarlo públicamente.

Seguramente Larreta está tratando de llevar agua para su molino jugando la carta del que resiste estoicamente los embates del centralismo kirchnerista -que seguramente le dará algún resultado- pero poco parece tener que ver con la retorcida psiquis de alguien capaz de quitarle la vida a su pareja.

La desproporción en los dichos de los políticos no parece tener límites; son incapaces de entender las implicancias de lo que dicen o de qué manera puede llegar a afectar a otras personas. Es casi un rasgo identitario del que no quieren desprenderse.

En una semana en la que se ha hablado hasta el hartazgo de no herir con las palabras, del racismo, la xenofobia y demás yerbas asociadas a ciertos usos del lenguaje, salir a poner un ejemplo poco feliz con un tema que es uno de los caballitos de batalla del gobierno está lejos de ser acertado.

Aunque algunos se puedan ofender o lloriquear por comparaciones tan poco felices como la de Taiana, también es cierto que está en todo su derecho de decir lo que quiera (salvo que sea una apología del femicidio, por supuesto).

Sabemos que este ejemplo está lejos de ser el peor caso de desproporción visto hasta ahora y seguramente veremos otros aún peores en el futuro. De hecho, probablemente haya pasado inadvertido para muchos y caiga rápidamente en el olvido, arrastrado por la vorágine política diaria. Pese a ello, nunca está de más señalar cuando exageran en sus comparaciones.