El destino sobre ruedas

“Las motitos”, el largometraje ambientado durante el motín policial de 2013 que dirigieron Inés Barrionuevo y Gabriela Vidal, formó parte de la Competencia Argentina del reciente Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde se acreditó un par de distinciones.

Por J.C. Maraddón
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las motitosDesde los años cincuenta, cuando se estableció en Córdoba la planta de fabricación de las motocicletas de bajo costo marca Puma, producidas bajo la órbita estatal, esos vehículos surcaron las calles de la ciudad transportando sobre todo a los obreros de las fábricas asentadas en los suburbios. Así como el emblema de la argentinidad fue durante más de un siglo el gaucho que iba montado sobre su infaltable potro, el símbolo cordobés durante el periodo de industrialización fue el operario fabril desplazándose en una Puma, como paso previo al supuesto ascenso social que le posibilitaría luego con sus ahorros llegar a comprarse un autito.

Después, las condiciones de la economía fueron empeorando y las automotrices dejaron de representar el sueño de un futuro mejor para la clase obrera, por lo que las motos Puma, ya bastante traqueteadas, pasaron a ser utilizadas por cuentapropistas (albañiles, plomeros, canillitas). A la transición entre estas dos etapas corresponde la saga de Negrazón y Chaveta, ese dúo de amigos surgido de la imaginación de Alberto Cognigni, que saltó a la popularidad desde las páginas de la revista Hortensia y cuyos diálogos más jugosos se desarrollaban mientras iban hacia el bar Rinconcito’s en esa motocicleta cordobesa tan emblemática.

Las sucesivas crisis, que situaban a la clase media baja cada vez más lejos de la chance de adquirir un auto propio, además de los aumentos del boleto de los colectivos urbanos y las frecuencias imprevisibles de este servicio, incentivaron el uso de las motos más pequeñas como medio de transporte, sobre todo entre los jóvenes. Los planes en muchas cuotas para comprarlas y la escasa inversión que requerían en combustible y mantenimiento, las potenció hasta transformarlas en indispensables para quienes vivían en zonas periféricas de la ciudad y debían desplazarse hacia el centro o hacia otro barrio por razones laborales.

Ni qué hablar del auge del sistema de delivery, que consagró a la motocicleta como la vía más rápida y efectiva para llevar la mercadería hasta la puerta del domicilio de los clientes. El tronar de esos motores de escasa cilindrada y el llamado de atención de sus bocinas se ha tornado un lugar común del paisaje sonoro urbano, que en las noches de los fines de semana se intensifica hasta el infinito. Durante las largas jornadas de la cuarentena más estricta, cuando la circulación se había restringido al mínimo, ese era prácticamente el único sonido que se escuchaba proveniente del exterior.

Esa genealogía de la motocicleta en La Docta es evocada por “Las motitos”, el largometraje de ficción que dirigieron Inés Barrionuevo y Gabriela Vidal, cuya participación en la Competencia Argentina del reciente Festival Internacional de Cine de Mar del Plata ameritó un par de distinciones. Ambientada durante el motín policial de 2013, cuando aquellas motos fueron utilizadas para los saqueos (aunque también se vieron autos de alta gama en los que sus propietarios cargaban mercadería robada), la película se centra en una historia de amor adolescente en un barrio de clase trabajadora, pero no se priva de pintar ese contexto para nada alentador.

En secuencias que remiten a la iconografía de todos aquellos clásicos del cine donde aparecen  parejas desplazándose en una moto a través de una ciudad, el filme se vale del manejo de ese vehículo para registrar la evolución en el empoderamiento de la protagonista y para metaforizar ese viaje a ninguna parte que es la vida misma. “Las motitos” exhibe sin disimulo las huellas de esa cordobesidad que, tanto para bien como para mal, afecta el proceso de producción de la mayoría de las aventuras cinematográficas locales. Un sector en crecimiento donde se espera que la cantidad empiece a traducirse en calidad.