De los Apeninos a la Docta (Tercera Parte)

Probablemente Marco, el niño protagonista, nunca subió a los Apeninos y, sin duda, no llegó al pie de los Andes. Su itinerario, facilitado por inmigrantes italianos -y envilecido por gauchos-, lo llevará a Córdoba y finalmente a Tucumán, donde le han dicho que hallará a su madre.

Por Víctor Ramés
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apeninos a la docta
El italiano P. Lorini ilustró una edición del libro de Edmundo De Amicis.

El niño genovés en busca de reencontrarse con su madre debía internarse cada vez más en las provincias argentinas, ya que a cada etapa se le revelaba que la mujer se hallaba más lejos. Él seguiría siempre adelante, guiado por su devoción filial. El paso por Córdoba, próxima estación de su derrotero, traería una nueva frustración.

“El tiempo estaba nublado y gris. El tren, semivacío, cruzaba la inmensa llanura sin signos de vida. Estaba solo, en un vagón muy largo parecido a los que se usaban para transportar heridos. Miró hacia la derecha y hacia la izquierda y no vio más que una soledad interminable, salpicada de pequeños árboles deformados, con troncos y ramas tristes que parecían evocar gestos de ira y angustia. Una vegetación oscura, escasa y triste, que daba a la llanura la apariencia de un cementerio sin fin. Durmió durante media hora y volvió a mirar: siempre era el mismo espectáculo. Las estaciones del ferrocarril eran solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se detenía, no se escuchaba una sola voz. Sintió que estaba solo en un tren perdido, abandonado en medio del desierto. Le parecía que cada estación tenía que ser la última y sentía que se internaba en las misteriosas y aterradoras tierras de indios salvajes. Una brisa fría le mordió la cara. Al embarcarse en Génova a fines de abril, su padre no había pensado que en América encontraría el invierno, por lo que iba vestido de verano. Después de unas horas, comenzó a sufrir el frío y, con el frío, el cansancio de los últimos días, llenos de emociones violentas y de noches sin dormir y con problemas. Se durmió, durmió mucho tiempo y se despertó entumecido, sintiéndose enfermo. Entonces tuvo el vago temor de enfermarse y morir a mitad del viaje, arrojado allí en medio de esa llanura desolada, donde su cadáver sería destrozado por perros y aves rapaces, como ciertos cuerpos de caballos y vacas que veía tirados al lado del camino y de los que había desviado sus ojos con disgusto. Con aquel terrible malestar y en medio de ese sombrío silencio de la naturaleza, su imaginación se excitó y oscureció. ¿Estaba seguro de que iba a encontrar a su mamá en Córdoba? ¿Y si ella no estaba allí? ¿Y si el señor de la calle de Las Artes se había equivocado? ¿Y si estaba muerta?”

Su llegada, la visión superficial y veloz de una ciudad nocturna indiferenciada de las que ya conocía Marco, es todo lo que el lector puede extraer sobre Córdoba del relato que aquí citamos. Lo único en que se adivina la identidad de la capital mediterránea argentina sea la mención a las torres de las iglesias.

“Cuando lo despertaron, estaban en Córdoba. ¡Ah! ¡Con qué alivio respiró y, con esa fuerza, salió del vagón! Le preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez, a lo que le respondió el nombre de una iglesia junto a la cual hallaría la casa. El niño se fue corriendo hacia allá.

Era de noche. Entró en la ciudad. Y le pareció que estaba entrando en Rosario otra vez al ver esas calles rectas bordeadas de casitas blancas, y cortadas por otras calles rectas y muy largas. Pero había poca gente. Estaba iluminado solo por unos pocos faroles. Se encontró con caras extrañas, de un color desconocido entre negruzco y verdoso. Levantando la vista cada cierto tiempo, veía iglesias de una arquitectura desconocida que se dibujaban enormes y negras en el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa, pero después de haber cruzado ese inmenso desierto, le pareció alegre. Interrogó a un sacerdote y pronto halló la iglesia y la casa. Tocó la campana con una mano temblorosa y presionó la otra en su pecho para tranquilizar los latidos de su corazón, que se le subían por la garganta. Una anciana vino a abrir con una lámpara en la mano. El niño no pudo hablar durante unos segundos.

—¿A quién buscas? —preguntó ella en español.

—Al ingeniero Mequinez —dijo Marco. La anciana cruzó los brazos sobre el pecho y respondió moviendo la cabeza.

—¡Tú también entonces vienes por el ingeniero Mequinez! Ya me parece que es hora de que termine. Hace tres meses que nos están molestando. No les basta con que lo hayamos dicho a los periódicos. ¡Tendremos que poner carteles en cada esquina diciendo que el señor Mequinez se ha ido para quedarse en Tucumán!

El niño hizo un gesto de desesperación. Luego estalló en ira.

—¡Es una maldición entonces! ¡Tendré que morir en la calle sin encontrar a mi madre! ¡Me vuelvo loco, me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama esa ciudad? ¿Dónde está? ¿A qué distancia queda?

—Ah, pobre muchacho —respondió la vieja con pena—¡Casi nada! Serán por lo menos unos novecientos o mil kilómetros. El niño se cubrió la cara con las manos y preguntó entre sollozos.

—Y ahora, ¿cómo lo hago?

—¿Qué quieres que diga pobre hijo? —respondió la señora— no lo sé. Pero en el momento se le ocurrió una idea y agregó rápidamente: —Escucha, ahora que lo pienso. Haz una cosa: sigue calle abajo y gira a la derecha, en la tercera casa encontrarás una puerta que da a un patio, allí hay un comerciante que sale por la mañana a Tucumán con sus carretas y sus animales. Ve si quiere llevarte ofreciéndole tus servicios, quizás te dé un lugar en algún carro. Ve de inmediato.”

Allí la historia se sale de nuestro foco localista, pero lo cierto es que Marco conseguirá, tras mucho insistir, un lugar para viajar en carreta durante más de dos semanas hasta Santiago del Estero, desde donde seguiría a pie hasta Tucumán. Los peones criollos de la tropa de carretas, que no eran tan solidarios como los personajes italianos, atormentaron al niño burlándose de él sin piedad, a lo largo del viaje. Luego Marco caminará hasta llagársele los pies, mientras en Tucumán su madre se halla gravemente enferma. El inevitable encuentro final salvará su vida, y la de ambos. Ahorremos las lágrimas inherentes al melodrama, yendo a las palabras finales del médico, cuyos pies abraza Marco, al saber que su madre está fuera de peligro:

“—¡Levántate!… ¡Tú eres, niño heroico, quien salvó a tu madre!”