Solá se cortó solo

El Canciller no pudo con su genio de político localista y se fue de boca. Sus declaraciones se probaron falsas y trajeron problemas para una diplomacia que no sabe por dónde moverse.

Por Javier Boher
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Los periodistas, novelistas, guionistas y demás personas que trabajan con la palabra se pueden dar -nos podemos dar- ciertas licencias artísticas a la hora de agrupar palabras. Algo parecido sucede con los actores y actrices que improvisan sobre la marcha o los humoristas que le agarran el pulso al público para meter un chiste que no estaba en el repertorio.

También muchos políticos suelen ser hábiles oradores, con un uso de la palabra que seduce o cautiva a sus interlocutores. Otros políticos, claro está, tienen el poder de la labia para el diálogo tras bambalinas, lejos de los flashes y las cámaras. Estos últimos, los operadores o armadores, tienen algo que juega muy a su favor: sus diálogos o promesas no suelen tomar estado público, por lo que es difícil avalar o desmentir los rumores que los vinculan a ciertos trascendidos.

Cuando se vuelve a la arena de los flashes,después de haber estado rosqueando en la cámara de diputados, la cosa se puede poner un poco dura. Eso es lo que le pasó a nuestro canciller, Felipe Solá.

Solá pasó por numerosos cargos a lo largo de su carrera política, siendo particularmente recordado por dos. Primero, cuando fue secretario en el gobierno de Menem y expidió licencias de pesca de merluza que pusieron en riesgo la sustentabilidad de la especie. Después, como gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Ahora todo indicaría que ser el titular del Ministerio de Relaciones Exteriores también lo va a dejar grabado en los archivos de los diarios que deban cronicar su actuación al frente del mismo.

Ayer se conoció que, por hacer un uso irresponsable de la palabra, Solá generó un entredicho diplomático con el gobierno norteamericano. Básicamente, apostó por la Doctrina Guzmán: sin saber la respuesta a una pregunta que le formularon algunos periodistas, respondió con un poco de sarasa.

Tal vez el Canciller pensó que nadie se iba a dar cuenta. Es que ocupa un cargo trascendental, pero no habla una segunda lengua. No habla inglés, que es la lengua más usada para los negocios, pero tampoco francés, la lengua tradicional de la diplomacia. Conociendo el pasado de su partido, bien podría hablar alemán, pero no lo pudo aprender porque veía de qué manera podía no aprender portugués.

Quizás su osadía declarativa pasó por ahí. Ya que él no entiende lo que dicen los otros, se tiró el lance a ver si los otros no entendían lo que él estaba diciendo. Lógica pura. La cosa fue escalando poco a poco, como suele pasar con esas pequeñas mentirijillas que sirven de elemento central para todo el desarrollo de algunas películas de comedia.

Todo terminó, como era de esperar, con un pedido de disculpas formal ante la protesta del funcionario norteamericano aludido, esperando conservar la buena relación que se viene cultivando desde que el gobierno de Alberto Fernández decidió hacer copy-paste del plan del FMI para poner en marcha un ajuste bastante ortodoxo (que empieza por congelar jubilaciones, el punto uno de cualquier programa).

Los papelones del gobierno nacional en el plano internacional se siguen acumulando. Pasó con la no condena (y la posterior condena) al régimen de Maduro y las violaciones de los derechos humanos, con los datos manipulados que mostraba el presidente en sus filminas (que se le volvieron en contra y le valieron quejas desde el exterior) o por su idea de abandonar las negociaciones del Mercosur en bloque para negociar acuerdos comerciales bilaterales con socios mucho más grandes.

Solá no puede hacer más que lo que sabe, y sabe poco. Entiende al mundo desde sus botas de carpincho clavadas en el suelo de la provincia de Buenos Aires, no desde los cambios globales que demandan más cooperación e interdependencia global.

Solá no puede hacer más que lo que le permiten los Fernández y su visión internacional propia de mediados del siglo XX, donde no se concibe la posibilidad de negociaciones que resulten positivas para todas las partes, en donde las impresiones y relaciones personales puedan pesar más que los intereses estratégicos del Estado.

Solá demuestra la fragmentación anárquica de la política exterior, en la que cada librepensador es capaz de pensar el rumbo de la Argentina. Eso sí, lo hacen desde los gestos y las palabras, que en diplomacia valen mucho más que ante un electorado predominantemente amnésico.