La literatura, ese objeto fantástico

Dos novelas editadas por el sello Añosluz, de Buenos Aires, ensayan fantasías en las que lo literario se desencadena por otras vías, en busca de nuevas fuentes y procedimientos.

Por Gabriel Abalos
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Fabricar y envasar emociones

Debut del escritor y traductor Santiago Farrell con la novela “János”.

Dos novelas se sumaron este año al catálogo de la editorial porteña Añosluz, que apuesta a la narración con riesgo y a intentos literarios alternativos, un índice favorable en un mapa editorial con más tendencia a las confirmaciones que a los descubrimientos.

Una de las novedades es el debut del traductor y escritor Santiago Farrell, con János; la otra, El punto olivina y los cordones de zapatos, de Carlos Martín Eguía. Ambos libros tienen en común, además del sello editorial, su entrega a lo fantástico, con afinidad por la intertextualidad, por las subtramas, por el armado artesanal de la estructura. Los personajes de ambas experimentan impulsos iniciáticos hasta allí desconocidos, que los conducen al descubrimiento de la literatura como principio fundante, sea de la revelación o de la evasión. El nombre de Borges campea en las dos novelas, y en ambas se mueven personajes que son seres literarios de pies a cabeza.

El libro de Santiago Farrell, János, se autodefine por la idea del artefacto literario, y es un buen hallazgo: la existencia de una máquina que absorbe textos de libros y los reduce a su esencia emotiva encerrada en unas cajas mínimas. Su formato tiende un parangón con el de una sustancia que se trafica, se compra y se consume, siendo el protagonista el encargado de su distribución. Naturalmente, como en toda adicción, existe la sobredosis, pero esto es solo un aspecto del asunto.
“Prensando” páginas de libros, el aparato que opera János -casi un enano de Tolkien con sangre magiar- en la trastienda de un taller de modista, extrae de las emociones literarias un concentrado con efectos estupefacientes. Este prodigio resuelve la urgencia laboral de Antón, un joven que no se despide aún de la
play station, que dejó ingeniería y se convierte en encargado de hacer llegar las ansiadas cajitas con títulos de grandes obras literarias a una serie de consumidores. El recorrido -el tráfico- le hace atravesar tipologías, personajes, clases sociales, ambientes. Antón, él mismo refractario a la lectura, va por su parte iniciándose en el culto de ciertos autores de libros que le sugieren leer diversas personas, a la vez que se estrena en la sexualidad. Mientras él se interna en la lectura, el producto que vende, creado por János, tiende a sustituir ese paciente placer por el consumo de sus efectos instantáneos. Lo que entrega la sustancia es, presumiblemente, tiempo, aunque también evasión, excitación, adormecimiento. Casi lo mismo que demanda a sus consumidores. Y esa mercancía despierta, por otra parte, la ambición de poder y dinero.
El libro todo está lleno de pistas literarias, tiene una trama efectiva, una estructura formulada con precisión, hay vida en los personajes y, lo que no es menos, se lee con placer.

La otra novedad, el libro del poeta y prosista Carlos Martín Eguía El punto olivina y los cordones de zapato, produce diversos niveles de realidad, mediante saltos delirantes o por la contigüidad de capas de cebolla literarias, y tiende varias tramas. El primer salto de su protagonista -luego narrador-, el Zequi, un pibe villero, se produce luego de que este asesina a su padrastro como quien elimina una amenaza, y huye. Su próximo paso lo lleva fuera de la realidad rabiosa de su condición social, al interior de lo que resulta ser una fábrica de literatura, como si se reencarnase en otro mundo, a salvo del peligro. Los hermanos Iparralde son una caricatura: gemelos univitelinos (dos personas, una misma carga genética), obesos, inventores, cuya ascendencia llegaría a un ilustre abuelo: Jorge Luis Borges. En lo de los Iparralde, Zequi se transforma en otra cosa. Debido a su proximidad con los procesos que comandan sus anfitriones -o adoptantes-, bajo la incidencia de una escultura que contiene como una gema el Punto Olivina, y que representa “el antecesor inmediato del Aleph borgeano”, el Zequi es conducido a la producción literaria. Al hacerlo, irá revelando otros relatos, uno de los cuales brota como una posesión, ya que otro narrador sustituye al ex pibe villero para contar su historia. La licencia otorgada por el delirio y la alucinación le sienta bien a este libro que explora mundos y se contrae al armado de una unidad narrativa de antemano justificada. Lo orgánico, la acción del mundo real donde se escriben novelas, el amor, la pasión por la literatura, la sinceridad del intento, los juegos de la ficción, la atracción de los contrarios, el humor y la agilidad son nota que coexisten en el imaginario de El punto olivina.

Del arte a las canciones
La Agencia Córdoba Cultura presenta, a las 17, Relatos de Bolsillo, a través de las redes sociales del Museo Evita – Palacio Ferreyra. Los capítulos de este ciclo fueron concebidos por Ensamble Creativo, grupo de personas mayores que genera actividades destinadas al público del museo. Este jueves acerca los inicios de las artes plásticas en Córdoba, destacando a precursores de la pintura como Luis Gonzaga Cony (Lisboa, 1797-Córdoba, 1894), maestro que formó a varias generaciones de jóvenes y de cuyas clases surgieron otros grandes pintores cordobeses: Emilio Caraffa, nacido en Catamarca y radicado en las sierras de Córdoba; y Honorio Mossi, italiano que enseñó varios años en Córdoba y falleció en Tucumán.
La otra propuesta se verá a las 21: un mini recital del músico Mauri Córdoba, cantautor de Alta Gracia inspirado de niño por el cancionero de la Nueva Trova Cubana, en particular por Silvio Rodríguez. Su perfil se vio enriquecido gracias a otros autores como Jorge Fanderole y Raúl Carnota.