De los Apeninos a la Docta (Segunda Parte)

El relato de Edmundo De Amicis que conduce a una literaria Córdoba, hace sobreponerse siempre de sus tribulaciones al joven protagonista Marco, quien consigue ir de Buenos Aires a Rosario, ayudado con golpes de suerte y, más tarde, gracias a compatriotas inmigrantes.

Por Víctor Ramés
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El artista Lorini pintó al personaje de Marco para una edición de “De los Apeninos a los Andes”.

Edmundo De Amicis escribe De los Apeninos a los Andes con una sencillez que roza la simplificación. Cuenta con los recursos que brinda el melodrama, donde la acción sigue los designios de una suerte que solo se halla en la literatura, y atraviesa peligros que se disipan con solo un golpe de pluma. No le debe al realismo más que unas someras descripciones, las mínimas indispensables, para que no decaiga -por causa del exceso de detalles- la lectura de un niño o adolescente.

Apenas llegado a Buenos Aires, Marco se entera de que su madre se ha trasladado a Córdoba con la familia rica para la que trabaja, los Mequínez. El desaliento del niño es rápidamente aventado por la ayuda del hombre que le da la noticia, un vecino de los Mequínez. No se detiene a describir De Amicis la ciudad a orillas del Río de la Plata. Tampoco pintará Rosario, ni Córdoba, ni Tucumán. Los lugares son poco más que sus nombres.

Marco, con las monedas que le proveyó el amable vecino, aborda una embarcación que lo llevará a Rosario:
“Al día siguiente, al anochecer, se encontraba en la popa de un gran velero, cargado de frutas, que salía hacia la ciudad de Rosario, conducido por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuya voz, y el querido dialecto que hablaban, le dieron algo de consuelo a su corazón. Partieron y el viaje duró tres días y cuatro noches, y fue un asombro tras asombro para el pequeño viajero. Tres días y cuatro noches navegaron por el maravilloso río Paraná. Frente a este río, nuestro gran río Po es solo un conjunto de gotitas. La longitud de Italia, cuadruplicada, no alcanza a ser suficiente para describir el largo del gran río Paraná.”

Durante ese viaje, Marco se entregará al fluir de todo lo niño que hay en él, pensando en su madre:
“Por la noche, dormía en cubierta y se despertaba de vez en cuando, abruptamente, asombrado por la clara luz de la luna que blanqueaba las inmensas aguas y las orillas distantes; entonces se le apretaba el corazón. ‘¡Córdoba!’ —repetía ese nombre— ‘¡Córdoba!’, como si fuese el nombre de una de esas ciudades misteriosas de las cuales había oído hablar en leyendas. Pero después pensaba: ‘Mi madre ha pasado por aquí, ha visto estas islas y estas costas’ y así no le parecían tan extraños y solitarios esos lugares, porque la mirada de su mamá también se había posado en ellas.”

Llegado a Rosario, “al amanecer de una rosada y fría mañana”, Marco se deja ganar otra vez por el desamparo y se encierra en sí mismo:
“¿Dónde ir? De Rosario a Córdoba había un día de viaje en tren y no tenía suficiente dinero. Después de gastar lo que necesitaba para ese día, no le quedaría casi nada. ¿De dónde sacaría plata para pagar el viaje? Podía trabajar, ¿pero a quién le pediría trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no!, prefería ser rechazado, insultado o humillado antes que eso, no, nunca, nunca, ¡antes sería mejor morir! Y con esa idea, y al ver nuevamente el inmenso camino que se perdía a lo lejos en la llanura sin límites, sintió que perdía una vez más el coraje, tiró su bolsa en la vereda, se sentó con la espalda apoyada en la pared e inclinó su rostro sobre sus manos, sin llorar, en una actitud desolada. La gente lo golpeaba con los pies; los carros llenaban la calle con su ruido; algunos niños se detuvieron para mirarlo. Él seguía sin moverse, como una estatua.”

Reaparece aquí el hada de lo improbable y hace que se detenga frente al niño el mismo viejo campesino lombardo que había viajado con él desde Génova. Esto le permite al autor abreviar la estadía en Rosario, que acaso resultara tediosa para el plan narrativo de De Amicis. Arregla las cosas para que breves párrafos después ya Marco se encuentre montado en un tren, rumbo a Córdoba. Antes, puede insertar una escena de inmigrantes italianos solidarios y fraternos, en una taberna rosarina a la que lo conduce su amigo lombardo con el fin de ayudarle.
“Caminaron un buen tramo juntos, sin hablar. El hombre se detuvo en la puerta de una taberna que tenía una estrella y escrito bajo ella: ‘La estrella de Italia’. Se asomó adentro y le dijo al muchacho alegremente:
—Llegamos en un buen momento.
Entraron en una habitación grande, donde había varias mesas y bastantes hombres sentados, que bebían y hablaban fuerte. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa y, por la forma en que saludó a los seis clientes que estaban a su alrededor, quedaba claro que había estado con ellos hace poco. Tenían las caras enrojecidas y hacían sonar los vasos, gritando y riendo.
—Camaradas —dijo sin dudar el lombardo, levantándose y presentando a Marco— aquí hay un niño pobre, compatriota nuestro que vino solo desde Génova a Buenos Aires para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: ‘No está aquí, está en Córdoba’. Luego siguió en bote hasta Rosario, tres días y tres noches, con una carta de recomendación que al entregar le han rechazado. No tiene ni un peso. Esta aquí desesperado. Es un pequeño con un corazón enorme. Veamos un poco. No tiene lo suficiente para pagar el boleto para ir a Córdoba a buscar a su madre. ¿Vamos a dejarlo aquí como un perro?
—¡Nunca en el mundo, por Dios! ¡Nunca se dirá esto! — gritaron todos juntos golpeando sus puños sobre la mesa—.
—¡Un compatriota nuestro! ¡Ven aquí, pequeño! ¡Aquí estamos los emigrantes! ¡Mira ese lindo mocoso! ¡Fuera el dinero, camaradas! ¡Impresionante, vino solo! ¡Tiene agallas! Toma una copa compatriota. No te preocupes, te enviaremos con tu madre. Y uno le pellizcó la mejilla, otro le dio una palmada en el hombro, un tercero le sostenía la bolsa. Otros inmigrantes se levantaron de las mesas cercanas y se acercaron; la historia del niño dio la vuelta a la taberna. Tres clientes argentinos acudieron en masa desde la habitación contigua. En menos de diez minutos el campesino lombardo, que había tendido el sombrero para recolectar el dinero, ya tenía cuarenta y dos liras.
—¿Ya viste —dijo entonces volviéndose hacia el chico— que rápido se consigue esto en América?”