Avisen si el culto a Maradona es obligatorio

Por estos días se multiplican los homenajes al astro del fútbol mundial. Bienvenidos sean. Quienes lo hayan amado en vida pueden hacerlo también ahora, quizá con mayor intensidad que antes. Honrar la memoria de quienes nos han hecho felices es digno y sanador. Conmueve ver a gentes de todo el planeta y de diversas culturas rendir sus respetos a un auténtico mito argentino.

Por Pablo Esteban Dávila

Por favor, se ruega avisar si el culto a Maradona es obligatorio u optativo, y que sanciones se aplican por no respetarlo.

Por estos días se multiplican los homenajes al astro del fútbol mundial. Bienvenidos sean. Quienes lo hayan amado en vida pueden hacerlo también ahora, quizá con mayor intensidad que antes. Honrar la memoria de quienes nos han hecho felices es digno y sanador. Conmueve ver a gentes de todo el planeta y de diversas culturas rendir sus respetos a un auténtico mito argentino.

Ahora bien, puede haber casos de personas -y, entre ellas, algunos deportistas- cuyos sentimientos no vayan más allá de la tristeza que generalmente embarga a la gente de buen corazón cuando se anotician de la partida de un ser humano, sea famoso o desconocido. Para ellas, tal vez Maradona merezca un recuerdo personal, pero no una manifestación pública, mucho menos si se trata de algo forzado por la presión del contexto.

¿Pasó algo de esto con los Pumas? Probablemente. ¿Fue tan grave que sus contendientes, los All Blacks, lo homenajearan de forma tan emotiva cuando sus propios connacionales no lo habían hecho? Depende. Para un fanático del fútbol puede que sea todo un agravio, pero no se puede generar una condena social sobre esta omisión.

Que se sepa, la Argentina es un país libre, o intenta parecerlo. Esto incluye la libertad para rendir tributos, honrar la memoria de tal o cual difunto o, incluso, disentir con las mayorías, sin importar cuan nutridas o ruidosas estas sean. El único límite es la ofensa, la injuria o, por supuesto, el delito. Esta sola certeza debería proteger la tibieza que mostró la selección argentina de rugby. En teoría, Los Pumas no estaban obligados, se entiende que jurídicamente, a hacer nada de lo que no quisieran hacer.

Sin embargo, una ola de criticismo se desató en contra de los que, algo más de quince días atrás, habían logrado la supuesta proeza de vencer a los imbatibles neozelandeses. Los Pumas fueron aporreados desde el deporte, los medios de comunicación y la política por el pecado de no rendir culto al ídolo caído o, cuanto menos, de no hacerlo con la intensidad que prescribe la liturgia de la iglesia maradoniana (Miguel Clariá dixit).

Y es aquí donde estriba la cuestión. Si a Maradona sólo se lo puede honrar a través de los rituales que prescriben sus fieles, sin dar mayores explicaciones que las que ellos mismos sostienen, el asunto se convierte en una cuestión de fe y, por lo tanto, ajeno a la razón. Que se sepa, no todos tienen la obligación de profesar un mismo credo ni, mucho menos, de imponérselos a los demás. Ya bastante tuvo la humanidad con la Inquisición, la caza de brujas y la persecución de minorías religiosas. En un país libre, el único límite es la ley. Esto debería relevar a cualquiera de dar explicaciones de sus actos y también de sus omisiones.

Esto no significa que no pueda criticarse a los Pumas o a quien fuere. La libertad también vale para esto. Se lo puede hacer desde la prensa, las redes sociales o con un megáfono en una plaza; son todos medios perfectamente lícitos, a condición de que se respeten el disenso.

Es este punto, precisamente, lo que distorsiona todo lo acontecido a raíz de la muerte de Maradona. De repente, es como si todos tuvieran que someterse a los mismos estándares de idolatría que se prescriben por doquier, como si efectivamente aquel fuera un Dios de verdad y no una metáfora deportiva de la divinidad. De repente la sentencia apócrifa, falsamente atribuida al negro Fontanarrosa, sobre que “no me importa lo que hiciste con tu vida, me importa lo que hiciste con la mía” se ha vuelto una verdad irrefutable, que dar por sentado que el impacto de Diego sobre cada persona es absolutamente equivalente y de máxima intensidad.

Se dice que las teocracias son los peores totalitarismos porque la ley es la fe y porque no existen palabras por fuera de los textos sagrados. Si bien la Argentina dista de ser una, respecto a Maradona parece funcionar como tal, al menos comunicacionalmente. Si hubiera un clima de libertad, de respeto, tal vez los Pumas podría haber dicho algo tan simple como que “no sentimos que debíamos homenajearlo” o que “pensábamos hacerlo después” o lo que fuera, y no tener que dar explicaciones como ladrones pillados in fraganti ni, mucho menos, disculparse por lo que, en el fondo, también era su derecho, aunque a muchos no les guste.

Lo sucedido también con tres de sus referentes merece una reflexión. Debido al pecado de no recordar al ídolo como corresponde, se viralizaron viejos tuits de Pablo Matera, Guido Petti y Santiago Socino con el objetivo de castigarlos por su iconoclastia. Sus mensajes son, en efecto, espantosos, cargados de racismo, xenofobia e intolerancia. Verdaderas porquerías. A efectos prácticos, sirvieron para que las autoridades de la Unión Argentina de Rugby (UAR) se apresuraran a sancionarlos, agravando el estigma social. Bien merecido lo tienen.

Sin embargo, subyace un hecho que también merece una reflexión: todos estos son tuits antiguos, escritos entre 2011 y 2013. Durante 8 años permanecieron en la tuitósfera, disponibles para el gran público. Siempre estuvieron allí, haciendo obscena ostentación de estupidez y mal gusto, pero a nadie pareció importarle sus agravios ni, lo que es peor, los agraviados. Hasta que se metieron con Maradona o, mejor dicho, hasta que lo ignoraron. El mensaje es que la Mano de Dios vino ahora a castigar a estos misóginos y racistas con la intermediación de sus fanáticos, tan intolerantes como ellos. Justicia celestial, que le dicen. No la de los tribunales ordinarios.

Los más sorprendente del caso es que es casi seguro que los señores Matera, Petti y Socino seguirían siendo amados, respetados y señalados como dignos representantes del deporte argentino si, junto con sus compañeros, hubieran rendido los respetos que, al parecer, se les exigían como mandatorios. Que, de haberlo hecho, jamás se habrían difundido aquellos tuits tan lamentables. Que seguirían impunes. Que los Pumas continuarían siendo reputados de patriotas, héroes y mártires o vaya a saber uno que otra exageración. Pero faltaron a misa. No lloraron lo suficiente. Desafiaron a la religión oficial y a la protección de lo políticamente correcto. Anatema para ellos y publicación gratuita, segura y universal de sus miserias.

Volvamos al principio. Por favor, avisen si el culto al Diez es el oficial y cuáles son las penas por no practicarlo. Informen además si es posible mantener opiniones diferentes a las que trasiegan periodistas, fanáticos o nostálgicos por estos días, no vaya a ser cosa de recibir represalias impensadas. Háganlo, por el bien de todos; mejor es tomar las precauciones del caso antes que confiar, inocentemente, en el poder de la libertad.