La dictadura de la corrección política maradoniana

Ahora parece que no puede haber muchas formas de recordar o llorar al ídolo. Los custodios de la memoria maradoniana saldrán a perseguir a los que no se sumen al culto.

Por Javier Boher
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¡Cuidado, amigo lector! No se distraiga y busque pisar en firme. Un mal movimiento y aparecen: son los guardianes de la tradición maradoniana, una horda de fanáticos que no permiten que se violente la memoria de su ídolo.

Como en este país la cosa siempre es más bien llevadera -las bondades de vivir en el primer mundo, con salud, educación, trabajo, pobreza y demás cuestiones resueltas hace rato- la gente decide detenerse a pelear por temas más bien banales. No me mate: entiendo que la muerte del mayor ídolo deportivo de todos los tiempos es trascendental, pero tampoco fue que se murió el presidente y armó un lío institucional. Más allá del culto, el tipo era un ciudadano más.

La cosa es que el fin de semana los gloriosos Pumas de la eterna derrota digna cayeron -de manera poco digna- ante un rival que los superó por todos lados. Aunque eso no sea noticia, la cosa fue por el homenaje que el 15 de negro (no los 15 negros, ojo) le rindió a
Maradona. Gente que del rugby sólo conoce a los que trabajan de guardias en los boliches empezó a perorar por el elitismo de nuestros jugadores.

No me voy a poner a hacer una defensa de los michifuces del rugby, pero sí de lo que se nos va a venir desde ahora, un hostigamiento a los que no sientan la obligación de rendir tributo ni culto a un tipo que la rompió jugando al fútbol y que además siempre se puso del lado de los pobres (y de los políticos que hicieron mérito para que no salgan de ahí).

Decidí ponerme a pensar en cómo sería un futuro en el que los maradonianos ortodoxos impongan su credo. Permítame decirle que me asusté un poco.

Hace unos años apareció un grupo de colifas que decía rendirle culto a un señor que aún no estaba muerto, pero al que ya habían ascendido al olimpo. Como si el ídolo futbolero fuese una divinidad, empezaron con sus ritos paganos de celebrar la navidad el día del nacimiento de Maradona o de bautizar a sus hijos con el nombre “Diego”. Algunos
incluso se casaron bajo este rito, aunque no sabemos si se pusieron los sombreritos tipo piano que usó el 10 cuando celebró su matrimonio.

Pensemos que de acá a un tiempo esta gente, como los cristianos que alguna vez se escondieron en las catacumbas romanas, se hiciera con el poder. Como con el Imperio Romano, pasarían de perseguidos (en realidad, burlados) a ser custodios del credo oficial, imponiendo sus prácticas.

Con esto de que el luto que presentaron Los Pumas fue -para algunos- insuficiente, pensemos en qué dejaría satisfechos a los guardianes de la tradición maradoniana. Es que, en definitiva, nada sería para agradar a su supuesto dios, sino a ellos, los custodios del dogma.

Quizás los equipos deportivos deberían empezar a coser un crespón negro en el pecho de las camisetas. O mejor: todos deberían cambiar su escudo al de Boca Juniors, club de los amores del 10. Sólo así podrían calmar su ira para que no nos rocíe a balinazos desde el cielo, como aquella vez.

Los equipos deberían abandonar esos bautismos zonzos de rapar a los debutantes de los seleccionados. A partir de ahora, se impone la franja desteñida con agua oxigenada como la que usó en los tiempos de la vuelta al equipo xeneize.

Se me ocurre más: tal vez se debería abandonar la tradición de otorgar medallas a los ganadores. Sería muchísimo más elegante que a cada uno de los que ocupe la cima del podio se les de un tapado de piel. Los segundos deberían conformarse con un tradicional aro con brillantes, mientras que los terceros podrían usar esas sungas que tan bien le
quedaban.

Nada de esto es contra Maradona, estimado. Quizás para los que no vivimos -o no recordamos- el mundial ‘86 el Diego no represente lo mismo. Lo verdaderamente problemático es que se intente obligar a todo el mundo a sentir pena por su partida o a recordarlo de alguna manera única y oficial.

¿Es justo que ahora salgan los cultores del progresismo lacrimógeno a ser más maradonianos que Maradona? ¿Tenemos que aguantarnos que nos digan cómo hay que recordarlo? ¿Hay que aceptar su única visión del ídolo?. Este es un estado laico y libre: se puede incluso no extrañarlo, estimado.

Me voy a ir yendo, pero permítame decirle qué es lo que más me molesta de esta dictadura de corrección política maradoniana. Lo verdaderamente indignante es que mucha de esta gentuza que hoy señala con el dedo al que no le rinde culto, hasta no hace mucho lo apuntaba contra el Diez. Igual, no sé qué me sorprende: así es vivir en
Argentina.