De los Apeninos a la Docta (Primera Parte)

Aventura juvenil inscripta en el melodrama italiano de fines del siglo XIX, el relato de Edmundo De Amicis “De los Apeninos a los Andes” -del libro “Corazón”- conduce al protagonista, el preadolescente Marco, de Génova a la ciudad de Córdoba en busca de su madre.

Por Víctor Ramés
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Ilustración de tapa de una de las ediciones italianas de “Corazón” de Edmundo De Amicis.

Edmundo De Amicis había sido oficial en la guerra de Independencia que expulsó a los austríacos y contribuyó a la anhelada Italia unida. En seguida obtuvo reconocimiento también como periodista y escritor. Realizó diversos viajes por el mundo y todas sus experiencias se convirtieron en libros.

Era el Risorgimento italiano, el país estrenaba una nueva época. El libro Cuore, concebido para lectores escolares, calzó en ella como un guante: abriéndose paso en los lectores de un modo inédito. Aparecido en librerías de toda Italia a mediados de octubre de 1886, a solo quince días alcanzó la decimoctava edición. Dos meses después las reediciones alcanzaban a cuarenta. La Italia Unida también se revelaba como un mercado enorme para la gran industria editorial. Y diez años después el libro llegaría a contar con traducciones en cuarenta idiomas.

El texto consiste en un relato central, el diario personal de Enrico, un niño de once años, alumno interno en una escuela de Turín. También incluye las cartas que le llegan a Enrico de su familia, y además, reproduce relatos mensuales para leer en clase, dirigidos a ennoblecer las virtudes morales y el amor a la patria de los estudiantes. Estas historias tenían como protagonistas a niños de diversas regiones de Italia, que representaban el ideal del heroísmo, la resolución, el espíritu, dándolo todo -incluso sus vidas- por patriotismo y devoción familiar. El ejemplo moral entraba a través del sentimiento. Era imposible contener las lágrimas -e invito a que lo intenten, incluso hoy- leyendo historias como El pequeño vigía lombardo, El escribiente florentino o El tamborcillo sardo, absorbidas, hasta al menos los años cincuenta del siglo XX, por millones y millones de ojos infantiles a lo largo y ancho del mundo.

Entre esos relatos se destaca uno por su mayor extensión, casi una novela pequeña dentro del libro, titulado De los Apeninos a los Andes. Trata sobre un niño genovés, Marco, de trece años, quien decide embarcar solo hacia Sudamérica, en busca de su madre. Ella simboliza a los millones de emigrantes italianos que dejaron su tierra natal, sea el Veneto, el Friuli, el Piemonte, la Lombardía o la Liguria, acuciados por la miseria, en busca de una nueva vida en la Argentina, entre varios otros países del mundo.

La aventura de Marco, su viaje, su llegada a Buenos Aires, venciendo obstáculos para ir tras el abrazo de su madre a quien no ve hace dos años, recorre un camino que lo trae a la ciudad de Córdoba, donde le han dicho que podría encontrarla. El trayecto del niño genovés no fue totalmente imaginado por De Amicis quien, invitado en 1884 por el gobierno argentino, también partió de Génova hacia Buenos Aires, y luego realizó una gira por las provincias que incluyó a las ciudades de Rosario, Santa Fe, Córdoba y Tucumán, prácticamente el mismo itinerario que su personaje.

Solo los insoslayables rasgos del paisaje se descubren en el relato, sin un gran rango de detalle, y lo mismo vale para las descripciones de los pueblos y ciudades por las que pasa el joven protagonista. Todo está subordinado a la acción y a los sentimientos de Marco quien, tierno aún para las experiencias de la vida, encara ese viaje iniciático:
“¡Pobre Marco! Era esforzado y estaba preparado para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre el gran buque abarrotado de campesinos emigrantes, sin ningún conocido a bordo, con la bolsa que contenía toda su fortuna, le sobrevino un repentino desaliento. Durante dos días permaneció acurrucado en la proa, como un perrito, sin casi probar bocado, con muchas ganas de llorar. Por su mente pasaban toda clase de pensamientos, pero el más triste y terrible era el que más le atormentaba: la posibilidad de que su madre hubiese muerto.”

Esos sentimientos de niño contrastan con su resolución inicial, cuando tras dos años sin noticias de la madre que se había ido a Buenos Aires a trabajar de sirvienta en una casa de ricos, le dijo a su padre una noche:
“—Yo iré a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza, entristecido, y no respondió. Era algo loable, pero imposible de realizar. ¿Cómo iba a ir solo a América un chico de trece años, si hacía falta un mes para llegar? Pero el muchacho insistió en su idea aquel día y en los sucesivos, sin ninguna vacilación y razonando como un hombre.
—Otros han ido —decía— y aun menores que yo. Una vez en el barco, llegaré allá como cualquier otro, y cuando esté en Buenos Aires no tengo más que buscar el comercio del tío. Hay tantos italianos por aquellas tierras, que alguno me dirá por dónde he de ir. Una vez que encuentre al tío, encontraré a mamá, y si no la encuentro, acudiré al Cónsul y buscaré a la familia argentina. Ocurra lo que ocurra, allí hay trabajo para todos, y alguno encontraré para ganar lo suficiente con que pagar el pasaje de vuelta.”

Tras una travesía de veintiséis días sobre el Océano, donde tuvo la suerte de encontrar a un emigrante lombardo que le transmitió mucho ánimo, el buque “echó anclas cerca de la orilla del inmenso río de la Plata”. Pero en Buenos Aires su decepción será mayúscula, al enterarse de que la familia para la que trabajaba su madre se ha trasladado a Córdoba. “—¡Córdoba! —exclamó Marco—. ¿Y dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre; la criada era mi madre. ¿Se la llevaron consigo?”. Su interlocutor le pregunta, a su vez:
“—¿Tu madre es genovesa? Marco respondió afirmativamente. —Pues mira, la criada genovesa se marchó con ellos. Estoy seguro.
—¿A dónde?
—A Córdoba, que es una ciudad. El chico dio un suspiro y luego dijo con resignación: —Bueno, no tengo más remedio que ir a Córdoba.
—¡Pobre pibe! —exclamó el señor, mirándole con cierta compasión—. ¡Pobre criatura! Córdoba dista de aquí cientos de kilómetros. Marco palideció como un muerto y, para no caerse, se apoyó con una mano en la cancela.”