Un autor de enciclopedias viene al campo (Segunda Parte)

La vida en el interior apenas entrevista por el viajero británico, le sugirió a Hammerton una mentalidad y una sencillez que no encontraba en Buenos Aires. En aquella capital sintió frustrarse sus expectativas de participar en la vida social.

Por Víctor Ramés
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John A. Hammerton fuma frente a su biblioteca, en 1941.

Al exponer los contrastes entre la vida en la capital porteña y las provincias, tema que vuelve a tocar cada tanto, el visitante escocés John Alexander Hammerton llega a asignarle a una ciudad como Córdoba una identidad distintiva en el conjunto argentino. Buenos Aires no sale bien parada en la comparación. Es más, se percibe la poca empatía que tuvo el periodista británico con la capital argentina.
“Las condiciones de vida en la capital difieren, naturalmente, en varios sentidos, de aquellas de las ciudades más grandes de provincia como Rosario, Córdoba y Mendoza y, por ende, aún más de la vida de las pequeñas comunidades rurales. Pero siempre debemos considerar, al hablar de la Argentina que, una quinta parte, aproximadamente, de la población -el quinto más importante- se concentra en la capital, de manera que, mientras no puede decirse que Londres encarna a Inglaterra, ni que Nueva York corporiza a los Estados Unidos, Buenos Aires sí es la representación de la Argentina. En capítulos previos expresé mis sentimientos de sorpresa y decepción por la inesperada apatía de la llamada ‘París sudamericana’. No olvidaré nunca nuestras primeras noches en Buenos Aires, la monotonía mortal que nos golpeó como un viento cortante, enfriando hasta los huesos toda esperanza de noches brillantes y entretenidas. Fue una dura impresión que en los meses siguientes no se modificó, ni sació nuestra hambre de interés social, patético a esa altura. Tal vez todo se debía, en alguna medida, a la forma exagerada y falsa de pintar la ciudad por parte de escritores más apegados al halago y al apoyo oficial que a una simple narración de la verdad. De los muchos que han escrito sobre la vida de Buenos Aires, creo que el único que se atrevió a señalar el espantoso sopor de la vida social y la falta de estímulos, especialmente en las generaciones más jóvenes, fue Jules Huret.”

No es que Córdoba se ubicara en el otro polo de esta comparación. Sin embargo, Hammerton encuentra incluso en las debilidades cordobesas -especialmente en el lado mágico de su devoción religiosa- un carácter definido que la mantiene a salvo de la ambición y el interés especulativo que desdeña en Buenos Aires.
“Un viaje a Córdoba, que toma otro día de andar en dirección noroeste, desde Rosario, ofrece un cambio de escenario bastante apreciable. Aquí nos hallamos en una ciudad que ha captado muy poco del nuevo espíritu de la Argentina y que más bien se enorgullece de ser el santuario del viejo espíritu. Por primera vez, también, podemos apreciar algo parecido a un paisaje, a medida que el campo en la proximidad de Córdoba, cansado de ser tan poco interesante y tan plano durante cientos de millas, va tomando formas y a no gran distancia detrás de la antigua ciudad las sierras de Córdoba, boscosas y pintorescas, aparecen gratamente ante los ojos. La ciudad es esencialmente española, con sus calles angostas, sus casas coloniales y sus numerosas iglesias y sacerdotes de negro. En ella se encuentra la menor mezcla cosmopolita de humanidad, en relación a las otras ciudades argentinas; aquí las viejas costumbres han luchado de manera más persistente contra las más recientes innovaciones.”

Para abonar su retrato a mano alzada de la mentalidad cordobesa, acude Hammerton a un comentario recogido por Jules Huret, viajero que lo precedió en su visita:
“El Sr. Huret menciona un divertido ejemplo de esto. Dice que en Córdoba ‘hace solo quince años, no era decente que una mujer levantase un poco la falda mientras caminaba por la calle. Debía barrer la acera con el ruedo de su vestido. Regresaron de París dos chicas de la sociedad, y produjeron un escándalo al mostrar sus tobillos. Pero siguieron haciéndolo y acabaron por conquistar a la opinión pública. Ahora las cordobesas ya no temen levantar sus vestidos, sino que han llegado incluso al punto de usarlos cortos.’
(…) Su vieja universidad hizo mucho por mantener el espíritu de los tiempos antiguos, en el umbral mismo de la modernidad más persistente. Con lo poco que admiro a la Iglesia Católica, lo que veo en Sud América es que la Argentina es la mejor, debido a su Córdoba. Es bueno que en esta joven república, cuando el comercio y la especulación monetaria se han convertido de manera inevitable en la gran ambición del pueblo, el espíritu de veneración por el pasado, incluso hasta el grado de una estrechez de conciencia en las relaciones sociales, sobrevivirá en alguna medida como una levadura para la masa. Intensamente provinciana, hasta parroquial, la vida cordobesa tiene algo del aroma de un lugar gris, antiguo e histórico, y esto ¿no es tan valioso como poseer grandes puertos y elevadores de granos, y bancos recién construidos, repletos de dinero?”

Aunque no ha conocido en profundidad la Argentina provinciana debido a que durante el año de su estadía residió permanente en Buenos Aires, Hammerton proyectaba en el interior una versión diferente del país que incluso le atraía más que la gran ciudad del puerto.
“Cuando se viene a los grandes centros provincianos como Rosario, La Plata, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Santa Fe y otros de importancia creciente, no se contempla algo que atraviesa sus estadios iniciales de existencia, sino algo que ha ‘llegado’ a ser. Entre los pequeños y desolados pueblecitos o incluso ciudades de alguna importancia tales como Dolores en la provincia de Buenos Aires, o Mercedes en la de San Luis, y las ciudades principales que acabo de nombrar, hay una diferencia mayor incluso que las que vemos entre los centros comerciales familiares del viejo mundo y estos emporios sureños de lo nuevo. Aunque es muy difícil ser justos al comparar ciudades que se han visto brevemente, al ir de paso, con otras en las que uno ha residido sea voluntaria o involuntariamente, me aventuro a afirmar que, por lo que he visto en las ciudades principales de provincia, podía proyectarme viviendo en un lugar como Rosario, o como La Plata, al menos tan felizmente como cuando permanecí en Buenos Aires.”