Ídolos y violencia en política argentina

Los desbordes en la despedida a Diego Armando Maradona dejan en evidencia que el oportunismo de la foto no pudo esconder la violencia que suele rodear a este tipo de aglomeraciones.

Por Javier Boher
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Nadie puede negar el sentimiento del pueblo por Maradona, ante el que era imposible ser indiferente. En un mundo en el que las certezas se van esfumando, probablemente un jugador de fútbol haya sido la última persona que trajo felicidad a este suelo, que desde aquel mundial de México 1986 vivió dos grandes crisis y más de la mitad de los años en recesión.

Tal vez por eso, por su condición de ídolo popular, la gente decidió que era una obligación pasar a despedirse por la Casa Rosada. El oportunismo necrofílico del gobierno nacional, que pretendió sumarse algunos puntos para su causa, terminó derivando en bochornosos episodios de violencia. Corridas, empujones y forcejeos contra las vallas -esas que tanto anunciaron que se retiraban- le dieron el marco más argentino posible.

Es imposible saber si esto no hubiese ocurrido de haber previsto más tiempo de velatorio, espacios más abiertos o mayores controles para hacer cumplir el distanciamiento. En el país del culto al barrabravismo, la violencia en las aglomeraciones suele ser una constante. Si pasan en cada “misa ricotera” o en cada Día del hincha de Boca, ¿por qué no habría de suceder en la última presentación del mayor ídolo de los últimos 50 años?.

La situación de desborde remite invariablemente a otras experiencias similares que han acompañado a la Argentina desde siempre. La relación patológica de los argentinos con la muerte nos ha dejado demasiados ejemplos en los que la barbarie se impuso a la civilización.

Desde principios del siglo XX -marcado por la antinomia entre izquierda y derecha- cada velorio sirvió para reivindicar las ideas propias y denostar las ajenas. Durante los ‘70 las bombas y los tiros eran habituales en cada despedida de figuras políticas que pretendían erigirse como únicos intérpretes del sentir popular, llevando destrucción y muerte a un momento que debía servir para llevar paz a los que perdían a un ser querido.

Las imágenes de ayer en las que se veía al Presidente y al Jefe de Gabinete pedir calma a los asistentes remitían directamente a las del Leonardo Favio que bregaba por lo mismo cuando el peronismo se organizó para recibir al líder que volvía del exilio. La sociedad argentina no puede abandonar la pulsión de muerte ni siquiera cuando debería estar celebrando la felicidad.

Esa voluntad pendenciera brota repentinamente cuando la relación con el ídolo hace que la impulsividad le gane a la racionalidad. No son tan lejanas las imágenes del traslado de los restos de Juan Domingo Perón a la quinta de San Vicente, cuando facciones sindicales se enfrentaron a los tiros por una interna que no encontró mejor momento para dirimirse que en un acto tan simbólico como ese.

La única política de estado para los hechos de violencia que se repiten en estas grandes convocatorias siempre ha sido la suspensión del resto de la vida, como muestra la larga prohibición de que los hinchas puedan ver a sus equipos en persona en condición de visitantes o la eterna cuarentena que prefirió encerrar que esperar a que la gente se comporte adecuadamente.

Aunque se podía intuir que la concurrencia iba a ser multitudinaria, variada y emocionalmente inestable, el gobierno sólo buscó una foto, como aquella que empujó a Cristina Fernández de Kirchner a la reelección, con la gran puesta en escena para velar a su difunto esposo. Ayer no hubo mayor interés en detener el contagio del virus o de demostrar que la ley es la misma para todos, sino solamente una foto. Al final habrá muchas instantáneas, en las que se verán palos, gases, llanto y dolor de parte de los que están en ese lugar compartiendo el mismo sentimiento de vacío.

Las últimas imágenes serán las más preocupantes, con la gente casi tomando por asalto la casa de gobierno, vandalizando la que debería ser uno de los hogares de la democracia, por la miseria de un puñado de personas que luego no se hizo cargo de su responsabilidad.
Desde el balcón de la Casa Rosada, Diego le ofrendó al pueblo la copa del mundo que la selección ganó en 1986. 34 años después, en ese mismo lugar, los que conducen fueron incapaces de devolverle la gentileza organizando una despedida en paz. Si lo primero fue el reflejo de todo lo que podemos lograr como sociedad, lo segundo demuestra la razón por la cual no lo vemos tan seguido.