El penoso culto a los muertos del populismo argentino

El fútbol es una pasión popular, pero no es parte del gobierno, aunque algunas veces la división no resulte del todo clara.

Por Pablo Esteban Dávila

No hablemos de Maradona. Mucho se ha escrito sobre él en las últimas horas. Y es deber de toda alma noble respetar a los muertos, independientemente de sus logros o de sus miserias en vida. Su categoría de mito, asimismo, anula eficazmente reflexiones de estirpe más racional, desapasionadas. Que descanse en paz.

Pero abstenernos de hablar sobre Maradona no supone callar sobre el manejo que el gobierno ha hecho de su muerte. Y, en este sentido, ha sido todo lo lamentable que podría imaginarse.

Alberto Fernández se autodefine como un futbolero, para peor, hincha de Argentino Juniors, el club desde el cual Maradona se hizo famoso. Casi que es un requisito para todos los mandatarios argentinos confesarse así. Menem hizo alarde de su pasión por River Plate, Kirchner de su fanatismo por Racing y Macri, que duda cabe, de su devoción por Boca Juniors. Sólo Raúl Alfonsín y Cristina Fernández mostraron algún sosiego en la materia. Puede entenderse que el presidente haya llorado genuinamente la muerte del 10.

No obstante, esto no da derecho a confundir las cosas. El fútbol es una pasión popular, pero no es parte del gobierno, aunque algunas veces la división no resulte del todo clara. Esto implica reflexionar sobre el velatorio del ídolo en la Casa Rosada, a modo de un funeral de Estado. ¿Es esto correcto, más allá de su fama mundial? ¿No correspondería haberlo hecho en la AFA, o en la cancha de Boca, dada su condición de futbolista ecuménico, de líder indiscutido de la selección nacional?

Tampoco parece adecuado que el presidente haya suspendido sus actividades oficiales por su fallecimiento. El jefe de Estado debe sobreponerse a sus sentimientos personales o a su condición de fanático del deporte. La partida de Maradona ha sobrecogido al mundo, pero no debería ser un motivo para dejar de trabajar para el país, que bien lo necesita en estos momentos tan difíciles. Con haber declarado el duelo nacional por tres días era suficiente.

Pero, por sobre todo, es absolutamente increíble que el presidente haya organizado un funeral abierto a decenas de miles de personas cuando, en los últimos meses, el gobierno que él mismo encabeza prohibió a los argentinos del común despedir a sus seres queridos en velatorios dignos bajo el pretexto de la pandemia y de la propagación de los contagios.

Muchos de quienes han debido resignarse a tributar a sus deudos funerales celosamente custodiados por las autoridades deben de haber seguido con indignación las imágenes que devolvían ayer las pantallas de las exequias de Maradona. Se supone que todos somos iguales ante la ley, y que los méritos en vida del difunto no implican una excepción a las normas cuyo cumplimiento se exige al resto de los ciudadanos. ¿Es que el Covid-19 no infecta a los partícipes del velatorio masivo de un ídolo deportivo y sí lo hace con quienes asisten al de un oficinista o al de un jubilado con la mínima? La respuesta exime de cualquier otro comentario.

¿Qué Maradona se merecía esta despedida? Seguramente sí, pero en momentos normales. El gobierno nacional y muchas administraciones provinciales han dejado muy en claro, desde el 20 de marzo, que las presentes circunstancias no lo son. Pretextando los peligros de la Pandemia han restringido actividades económicas, limitado al absurdo la movilidad de las personas y violado sistemáticamente indudables garantías constitucionales, todo en nombre del cuidado de la vida de los argentinos. Hasta el fútbol, ese ecosistema mágico que hizo de Maradona quién fue, debe resignarse a partidos con tribunas vacías, donde los únicos gritos que se escuchan son los que provienen del banco de suplentes.

Ahora resulta que aquel andamiaje legal que provocó el sufrimiento de ciento de miles de familias, el quebranto de millares de empresas privadas y la pauperización de gran parte de la sociedad se ha puesto en pausa por el fallecimiento de un famoso, previsibles desmanes incluidos. ¿Y los miles que han muerto en soledad, sin poder abrazar a los suyos en los últimos momentos de vida por las restricciones en vigencia? ¿Sus historias personales no cuentan para quienes deben velar por la igualdad ante la ley? Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago, es el mensaje proferido por la Casa Rosada. Lejos han quedado los días en donde Fernández se mostraba indignado por las manifestaciones opositoras en las principales ciudades del país, las que -según sus lamentos- propagaban el virus y ponían en riesgo el sistema sanitario nacional. El coronavirus se vuelve inerte cuando se trata de la idolatría propiciada desde el poder y que, al final, sólo resulta en un caos tan vacío como innecesario frente a la sede misma del Poder Ejecutivo.

Quizá lo más triste del caso, es que, en el fondo, todo se circunscribe a una especie de culto a los muertos que parece practicar el populismo argentino desde las épocas de Juan Perón. Apropiarse de restos mortales con fines políticos, aunque parezcan justicieros, no es correcto ni ético. Para los que gustan de la historia, el asunto remite al fetichismo de las reliquias de los santos a la que se había hecho tan afecta la devoción cristiana en la Edad Media. Honrar a los muertos va mucho más allá de las exequias, especialmente cuando estas son organizadas desde el poder con fines evidentes en sí mismos.

Para muchos, duele que Maradona se haya ido de esta forma, prematuramente. Para tantos otros, que exista en la Argentina un doble rasero, cínico y rastrero, en quienes mandan. Quizá la mejor síntesis de esta contradicción la haya proporcionado un anónimo posteo en WhatsApp, de los tantos que ayer se propagaron, que se reproduce a modo de cierre: “A vos que te gustaba sacarle la careta a todo Diego, hoy le sacaste la careta a la cuarentena y al gobierno que apoyabas”.

Genio y figura. Hasta el final.