Apología del desacato

Más allá de su instrumentación poco rockera, hace 50 años “La marcha de la bronca”, del dúo Pedro y Pablo, se impuso como canción de protesta, con una letra de altísimo impacto que repartía feroces reproches a la dictadura de la Revolución Argentina, por entonces en el poder.

Por J.C. Maraddón

En la efervescencia musical que se vivió en la Argentina durante los años sesenta, la tendencia a copiar lo que pasaba en Estados Unidos e Inglaterra estaba mediada por el tiempo que demoraban las modas en llegar a estas latitudes demasiado sureñas. Esa lejanía y la dificultad de acceder al material discográfico que se producía en aquellos países, obró como un impensado incentivo para que se gestaran ecos locales del estallido rockero, con características propias que, en algunos casos, tan sólo se plegaban al espíritu de la rebelión juvenil, aunque su sonido tuviese tintes autóctonos que le daban un toque diferente.

Sólo unos pocos, los que podían escuchar de primera mano lo que estaban haciendo sus colegas del norte, consiguieron acercarse con mayor fidelidad a las cadencias bluseras, a la psicodelia o al hard rock. Para el resto quedaba el camino de la hibridez entre la furia del rocanrol original y la pasteurización de ese ímpetu que imponían los programas televisivos para jóvenes, donde la llamada “nueva ola” apenas si representaba un conato (consentido) de rebeldía. Hasta que el rock nacional tomó forma, fueron muchos los intérpretes que navegaron entre una y otra orilla sin la necesidad de definirse.

Por eso es que, entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, floreció un estilo tributario de aquellas bandas surgidas en Inglaterra a la par del fenómeno beatle y que, por su simpleza y contundencia, tuvieron un enorme éxito, hasta que los propios Beatles complejizaron sus canciones y aquellas elementales piezas quedaron obsoletas. Tarde pero seguro, ese movimiento desembarcó en la Argentina y replicó el nombre que le daban en Gran Bretaña: música beat. Bajo ese paraguas, un sinnúmero de formaciones poblaron las bateas con sus singles y soñaron con estampar un hit que las sacara del anonimato.

Como esa moda coincidió con los albores del rock criollo, hubo una etapa en que ambas vertientes se confundían y amalgamaban, porque compartían escenarios, sellos y aspecto, además de que abundaban los músicos que tocaban en grupos de una y otra procedencia. A esa época corresponden, por ejemplo, La Joven Guardia y La Barra de Chocolate, que resultan muy difíciles de clasificar en alguna de las dos categorías. Y Los Gatos, si bien se han ganado una enorme reputación como pioneros del rock en español, también tuvieron su coqueteo con el beat, por más que sus piezas expusieran influencias que eran exóticas dentro de ese género.

Pero si de inclasificables hablamos, quizás el colmo de la rareza lo constituía el dúo Pedro y Pablo, que desde 1968 venía desarrollando una carrera promisoria, en un periodo en que proliferaban duplas de música pop como Rómulo y Remo, Juan y Juan y Fedra y Maximiliano. Después de cobrar cierta fama en café concerts de Buenos Aires y en balnearios bonaerenses y uruguayos, en 1970 grabaron su primer single, “Yo vivo en esta ciudad”, donde cantaban sobre arreglos orquestales con un dejo tanguero. El disco funcionó lo suficientemente bien como para que la compañía CBS les publicara su álbum debut.

Allí figuraba “La marcha de la bronca”, una canción de protesta que, más allá de la instrumentación poco rockera, reproducía una letra de altísimo impacto, con feroces reproches a la dictadura de la Revolución Argentina que por entonces ostentaba el poder. Hace cincuenta años, en un país escindido entre la represión y el desacato, ese verdadero himno contestatario empujaba a Miguel Cantilo y Jorge Durietz de una vez y para siempre hacia el bando rockero, donde se les otorgó un espacio que honró ese atrevimiento y que los honró poco después como representantes de una estirpe fundacional.